EL AGUA Y LA ORILLA

EL AGUA Y LA ORILLA

Un día más, discurría el agua, un tanto perdida, cuando por fin preguntó a la orilla:

—¿Qué puedo hacer para ser tu amiga? Te siento tan cerca y a la vez tan distante…

La orilla le respondió:

—Si deseas ser mi amiga, no te detengas y sigue adelante.

—No te comprendo —dijo el agua, extrañada—. Yo desearía quedarme siempre contigo.

La orilla le advirtió:

—Si te detienes, impedirás que las aguas que vienen detrás puedan hacer su camino; inundarán las tierras y ahogarán las plantas que crecen en ellas.

Sin embargo, si sigues tu curso, darás vida a los campos; miles de florecillas saldrán a tu encuentro, las mariposas podrán revolotear sobre ellas y todos disfrutaremos de la placidez que produce el sonido de tus aguas.

Pero, además, no has de temer, porque yo estaré siempre contigo, no te abandonaré hasta que llegues al mar y, allí, ya no me necesitarás.

El agua, emocionada, acarició a la orilla suavemente y prosiguió su camino. Había comprendido el mensaje. Se sentía feliz, no estaba sola y, además, había descubierto que el discurrir de sus aguas tenía un sentido.

Desde aquel día el agua y la orilla permanecen unidas de tal forma que, aún siendo dos entes diferentes, se perciben como si de uno solo se tratase, porque cuando hay amor, las diferencias desaparecen.

¡Feliz reflexión!

UN PROPÓSITO PARA EL NUEVO AÑO

Tras dos días de permanecer en casa aquejada de una fuerte jaqueca y utilizando la mejor medicina para superar el dolor: oscuridad, silencio y calma, decidió salir a la calle, pese a que ya anochecía.

Quedó impactada ante las luces que adornaban la gran avenida donde vivía. No esperaba que hubiera empezado tan pronto la campaña navideña.

Por un lado sintió alegría y por otro una gran añoranza.

¡Hacía tanto tiempo que no disfrutaba del espíritu de la Navidad…!

Por razones que no vienen al caso, hacía un tiempo que la “soledad” compartía piso con ella y desde que esto ocurrió estaba un tanto “adormecida”.

Sabía que necesitaba avivar el interés que le permitiera llenar de actividades su vida, en vez de matar el tiempo, vagando.

El interés que proviene de dentro, produce satisfacción y alegría y es más duradero que el interés efímero por las cosas externas.

Sabía que debía despertar de su adormecimiento, pero no lo conseguía.

Sí, — se prometió, al iniciar el nuevo año, llenaría su soledad mediante la creatividad y actividades con sentido.

Recordó que su “adormecimiento” se originó un día que estaba colapsada y gritó para sus adentros:

—¿Quién eres?

—Soy yo —le respondió una voz.

—Y ¿quién es ese yo? ¿No tienes nombre? —Insistió ella

—Me llaman “identificación”

—¿Qué quieres de mí?

—Poseerte —le contestó la voz.

Y ella, ilusionada, se dejó.

A partir de aquel día, necesitaba identificarse con alguien o con algo, para llenar su vacío y, de esa forma, olvidarse de si misma.

¡Qué soledad sentía, si no se identificaba!.

Tenía suerte —pensaba. La sociedad en la que vivía ofrecía muchas oportunidades: noticias impactantes, programas de cotilleo, ofertas de viajes, ropa de diseño, comidas adictivas, vinos de marca…

Sí, lo sabía. Tendría que pagar un precio por la felicidad que le proporcionaba sentirse “identificada” pero, en estos momentos, lo necesitaba y estaba dispuesta a pagar el tributo que le pidieran.

Se dirigió hacia un centro comercial bellamente decorado: bullicio, luces, tumulto, objetos de regalo de todos los tamaños.

Era época de Navidad y su actitud parecía estar justificada, pero ya lo había decidido: con el nuevo año, eliminaría la soledad que sentía fomentando capacidades y dejaría de utilizar a los demás para llenar su vacío.

Una cierta dosis de esperanza e ilusión, entró en su corazón y aligeró su camino.

¡Feliz reflexión!

LA RECAPITULACIÓN

LA RECAPITULACIÓN

 

Sus manos, temblorosas, se deslizaban suavemente por las ruedas, en unos movimientos torpes y sin impulso, que apenas le permitían desplazar la silla y disfrutar de un mínimo grado de movilidad y autonomía.

Los noventa y cuatro años pesaban y, aunque su mente todavía estaba lúcida, pequeños pero repetidos ictus habían dejado secuelas físicas irrecuperables.

Aquella mañana, tras realizar, con una minuciosidad casi solemne, sus habituales actos matutinos, se dirigió hacia la ventana, su lugar favorito.

Estos grandes ventanales le mantenían unido al mundo exterior, cuando su precaria salud o las inclemencias del tiempo le impedían disfrutar de su acostumbrado y corto paseo matutino.

En un gesto casi reflejo la abrió. Los cálidos rayos del sol y la suave brisa de la mañana acariciaron su rostro. El latir de su corazón se aceleró. Será que la primavera se deja sentir aún en mi viejo y cansado corazón se dijo en voz baja, esbozando una débil sonrisa.

Con la maestría que el tiempo le había otorgado, se colocó en la posición adecuada para contemplar su particular y reducido mundo. En la actualidad ya estaba habituado a la silla; no fue así al comienzo, cuando su mera visión ponía de manifiesto su dependencia.

En esta época del año, los campos de trigo formaban una hermosa alfombra verde estampada de amapolas y pequeñas flores silvestres. Era imposible sentir tristeza ante tanta vida, ante tanta belleza…

Con el dulce sabor del éxtasis, se dispuso a recapitular una pequeña parte de su vida; era la manera de mantenerse vivo, de volver a sentir y, a su vez, era el medio de liberarse de trabas.

Quería estar preparado para la última cita; el equipaje debía ser liviano; no podía llevar disfraces ni máscaras; todo debía ser trasparente como el agua, ligero como el aire y claro como la luz del sol.

Sí, sin duda alguna, la recapitulación diaria le ayudaba a desprenderse de las corazas que le pesaban y le oprimían.

¿Qué parte reviviría hoy? Era una incógnita; tenía la sensación de que las vivencias decidían por si mismas cuándo deseaban manifestarse y cuándo preferían seguir ocultas.

Era como un juego de magia en el que los recuerdos emergentes perdían la parte emocional que los oscurecía, quedando reducidos a meros acontecimientos; él sanaba su corazón y vaciaba la mente de contenido superfluo; el perdón y la comprensión, hacían posible el milagro.

A estas alturas ya había comprendido que no debía identificarse con sus emociones ni con sus pensamientos; sabía que su “verdadero yo”, tenía otra dimensión y todo lo demás debía quedar en un segundo plano; solo así su pequeña llama se avivaría y, llegado el momento, estaría pronta para ser absorbida, por la gran Luz de la que procedía.

Ya había hecho el repaso vivencial de la infancia y la primera y difícil juventud; ya las lágrimas habían aclarado sus ojos, recordando los miedos y las angustias de aquel adolescente envuelto en soledad.

La evocación de las trincheras, el sonido de los devastadores bombardeos, el derrumbe de dos puentes de su querida tierra…

Pero este capítulo ya estaba sanado y, aunque cierta sombra se obstinara en permanecer, la esperanza del idealista había triunfado: algún día la humanidad se vería libre de las cadenas impuestas por los demás y por uno mismo.

De pronto los últimos años tomaron protagonismo y revivió lo mucho que disfrutaron, su esposa y él, con un grupo de amigos que hicieron en el barrio. Él tenía buena memoria en la que almacenaba gran repertorio de chistes; disfrutaba haciéndolos reír y él también reía.

Entre las mujeres que iban a la plaza había una que lo piropeaba diciéndo que era “un hombre de pata negra”; a él le gustaba la expresión, pues imaginaba un buen jamón; otra de ellas parecía llevar siembre un manojo de besos para repartir; la otra, por el contrario, era más retraída y menos besucona.

Recordaba el día en que lo comentaron en el grupo y a él se le ocurrió decir que la que besaba menos, lo hacía con más pasión; les debió de gustar la broma porque rieron tanto que hasta el esfinter urinario de alguna cedió. Todavía sonreía al recordarlo.

Fue una etapa bonita mientras duró, sin preocupaciones, bien cuidados y con amigos con quien reír y compartir.

Finalmente los últimos amigos que la vida le había ofrecido se fueron marchando, en dos años los bancos quedaron casi vacíos; las plazas, sin ellos, no parecían las mismas.

En su repaso vivencial, algunas veces sonreía, otras las lágrimas se deslizaban por las curtidas mejillas, pero al terminar siempre se sentía mejor, como si llevase menos carga, como si se reconfortara su corazón.

El tiempo fue pasando lentamente y en silencio. El canto del ángelus, entonado por las celestiales voces de una cercana abadía, llegó a sus oídos haciéndole recordar que eran las doce de un día festivo.

Dando un profundo suspiro, y no sin esfuerzo, cerró la ventana. Su inseparable silla y él, volvieron a la realidad.

Era la hora de comer y no podía permitir que se enfriase la sabrosa y humeante sopa que le estaría esperando.

Mañana, volvería a sentarse junto a la ventana. Mañana, volvería a revivir y a sentirse libre durante un tiempo. Mañana, sería otro día.

EL LIBRO DE SU VIDA

EL LIBRO DE SU VIDA

¡Conscientemente!

De este libro podía decirse que no era grande, tampoco pequeño; que no era hermoso ni feo; que no era atractivo, aunque podía resultar atrayente; que su lectura, a veces, tenía tintes graciosos, otras veces serios y que desprendía cierto aroma reflexivo.

Todo ésto y mucho más podía decirse de este curioso libro, pero él se sentía solo y olvidado entre otros libros de una ordenada y pulcra estantería.

A su dueña, una enamorada de la lectura y de los libros, le gustaba estar en su pequeña pero cuidada biblioteca, su santuario, su lugar preferido.

Mantenía los libros impolutos, a veces, hasta les acariciaba el lomo a unos cuantos privilegiados, pero, pese a ser el libro más antiguo de los que poseía, él no era visto ni tampoco acariciado.

Cuando la veía entrar, el libro emocionado se decía:

— Tal vez ha llegado el momento.

Pero el momento se hacía esperar, de nuevo la soledad lo envolvía y en silencio se decía.

—Si tuviera voz o pudiera moverme, me acercaría a ella y le diría, estoy aquí, tómame entre tus manos y escribe «conscientemente» las páginas que tengo en blanco. Pero no puedo hacerlo, ha de ser ella la que me descubra, la que por mí se interese.

Un día, el libro estaba algo despistado, cuando sintió que alguien lo cogía. Su corazón se aceleró, ¡estaba tan acostumbrado a permanecer olvidado…!

El contacto de las manos lo estremeció.

— ¡Me ha encontrado! —se dijo.

La joven lo descubrió por casualidad, pero ¿acaso existe la casualidad?

Quedó sorprendida al verlo; no recordaba haberlo comprado; quizás, alguien se lo había regalado.

—¿Qué haces aquí ? —le preguntó

—Te estaba esperando —respondió el protagonista del relato.

—Perdona, no sabía que existías y tampoco que me estabas esperando.

—Quedas disculpada, solo era cuestión de tiempo, más tarde o más temprano sabía que me encontrarías.

La joven lo acarició.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

—Desde que naciste voy donde tu vas. Cada día de tu vida queda grabado en mis páginas —dijo el libro, con voz entrecortada.

Ella sorprendida lo abrió y empezó a leer; poco tiempo después lo acercó a su corazón.

Pequeñas gotas de sabor salado cayeron sobre las hojas del libro; él disfrutó del regalo, ¡por fin se habían encontrado!.

—A partir de ahora caminaremos juntos y yo «conscientemente» escribiré las páginas que quedan en blanco —dijo la joven, ya con voz firme y sosegada.

El libro se sintió feliz, ya servía para algo.

 

¡Feliz reflexión!

 

EL CARTERO

EL CARTERO

Corrían los años cincuenta y el cartero, con la puntualidad de un buen reloj, hacía su aparición en la entrada del pueblo, haciendo su recorrido por la única calle que había, con su bicicleta y su gran cartera cruzada al pecho.

¿Alguien guarda un recuerdo similar de su infancia?

En aquellos años carecíamos de móviles, televisión, Internet o tecnologías sofisticadas, pero para comunicarnos teníamos la mejor herramienta de todas: el cara a cara.

—Mamá, voy a casa de Teresa.

—No tardes que pronto vamos a comer.

—¡Hola Teresa! ¿Qué hacemos esta tarde? ¿Te apetece que vayamos al río a comer mengranas de tu campo?

—Sí, ¡qué buena idea! Vamos a decirlo a las otras.

Y allá que íbamos correteando como “cabras un poco locas” a casa de nuestras amigas para ver si les apetecía el “botellón” que habíamos pensado.

En aquel entonces, nuestro botellón consistía en ir a la orilla del Ebro, sentarnos unas junto a las otras y hablar mientras pelábamos con dificultad unas ricas mengranas, las cuales, tras un laborioso trabajo, nos ofrecían sus exquisitos granos perfectamente colocados; se me olvidaba, también jugábamos, desde aquel lugar privilegiado, a dar nombre a las formas que las nubes iban adoptando.

¡Momentos inolvidables!

¡Qué poco se necesita para ser feliz!

El tiempo fue pasando, nosotras fuimos creciendo y con nosotras crecieron también nuestras ilusiones, despertaron los primeros amores y se hicieron patentes nuestros miedos.

Ya no bajábamos tantas veces a la orilla del río, nuestra ilusión estaba centrada en la figura del cartero.

Recuerdo que, cuando llegaba la hora en la que pasaba por la casa de mis padres, buscaba cualquier pretexto para salir a su encuentro. El corazón palpitaba ¿llegará hoy la carta? -me preguntaba.

No tenía que ser de algún incipiente novio, cualquier carta era portadora de noticias que rompían la monotonía y el cartero, en su cartera, transportaba las novedades, las esperanzas y las ilusiones de todo un pueblo.

—¡Buenos días! ¿Hay algo para mí, señor Ramón?

—No Ana, hoy no tienes nada o

—Sí, hoy tienes una o dos cartas

Y tras coger en las manos el exclusivo tesoro, buscaba un lugar tranquilo para saborearlo.

¡Qué bonitas eran las cartas!

¡Qué importante, me parece ahora, la figura del cartero!

Hoy todo eso se ha perdido y casi cayó ya en el olvido.

Hoy las noticias van rápidas y la mayoría de las veces son impersonales. Te colocan en un grupo y cuando les llega algo que impacta le dan al “enviar”; todos lo recibimos a la vez; solo falta confirmar el recibido con un  OK o algún emoticono y así hasta que se recibe el siguiente.

¡Qué bonitas eran las cartas!

Sí, ya sé que puede parecer que me repito más que el ajo, pero es que me gustaban y me gustan tanto las cartas…

Los jóvenes podéis pensar ¡que horror!. Tener que esperar una carta, cuando en un instante escribes un whatsapp y al momento te llega la respuesta.

Es cierto, pero ¿y el contenido? ¿y el amor que puso quien la escribió? Porque, no solo se recibía el papel lleno de letras, el sobre también contenía la ilusión, el cariño y la parte de su vida que compartía el autor.

Ahora, lo más parecido a las cartas son los “mensajes” mediante el correo electrónico, el cual también está siendo desplazado por otros llamados “medios de comunicación”.

Hace unos días unos amigos, a los que no les gusta el whatsapp me enviaron un mensaje con un adjunto que no voy a copiar por su extensión, ni siquiera voy a hacer un extracto de él, pero sí compartiré un párrafo, solo un párrafo referente a Patánjali, un maestro hindú.

¿Qué quién es Patánjali?

No es una entrada para hablar sobre él, te invito a buscar la información en Internet y sacar tus propias conclusiones.

A lo que iba. Según este “sabio hindú”, para tener paz interna y serenidad debemos cultivar cuatro cualidades, a saber:

  • alegría ante la felicidad de los demás.
  • alegría por sus méritos.
  • compasión ante sus miserias e
  • indiferencia ante sus defectos

Como en estos tiempos que corren, creo que andamos faltos tanto de paz, como de serenidad, he pensado que, ya que estamos en el mes de la Navidad, podríamos abonar un poco estas cualidades y olvidarnos de tanto consumismo y tanta banalidad.

Yo lo comparto con vosotros “en la intimidad de mi blog”, pero por favor no lo divulguéis mucho porque si esto fructificara tendrían que suprimir ciertos programas de la “tele” y quedarían sin contenido determinadas redes sociales.

¡Sed discretos! y si intentáis cultivar estas cualidades y alguien os pregunta la razón, podéis aprovechar que estamos en diciembre y simplemente decir que el espíritu de la Navidad es fomentar el Amor.

“Qué la voluntad al bien florezca entre los hombres”

Feliz reflexión!!!