CUENTO DE NAVIDAD

enero 6, 2018 54 Por Ana Palacios

 

 

CUENTO DE NAVIDAD (Una petición especial)

El pequeño Ric, inquieto y vivaracho, había cumplido ya seis primaveras; todo él rebosaba alegría y amor pero, últimamente, en sus ojos asomaban ciertos signos de tristeza y preocupación.

En estas fechas, los niños con los que solía jugar hablaban de cenas familiares, pero él no podía disfrutar de este privilegio. La Nochebuena la pasó solo con su madre, pues su papá trabajaba en una fábrica en turno de noche. La Nochevieja se presentaba igual y luego llegaría la Cabalgata de Reyes, a la que no podría ir, pues su madre llevaba una hermanita dentro y no lo podía llevar en brazos.

Al ver la tristeza en su mirada la madre le preguntó:

—¿Qué te pasa Ric? ¿Por qué estás triste?

—Mamá, necesito hacer una petición a los Reyes y no sé como hacerla —respondió el niño, preocupado.

—Pero si ya escribimos la carta con todo lo que querías ¿qué más quieres pedir?

—Disculpa mamá, pero preferiría que fuera un secreto entre los Reyes y yo. El problema es que no sé como hacerles llegar mi petición.

—Dicen que si se desea algo con mucha fuerza se consigue; además los Reyes Magos tienen emisarios invisibles, así que si lo pides, puede que tu petición les llegue —le dijo abrazando al niño al tiempo que preguntaba.

—¿Quieres que te cuente un cuento? Tal vez te ayude

—Sí mamá —respondió Ric —y se sentó junto a ella dispuesto a disfrutar del cuento y del amor maternal.

La madre sonrió gozosa, al abrazar a su hijo sintió unos leves movimientos en el interior de sus entrañas.

El cuento que te voy a contar —le dijo — ocurrió hace muchos, muchos años, en un país muy remoto en el que reinaban las tinieblas.

—Mamá, ¿qué significa tinieblas?

—Oscuridad

—Y si siempre había oscuridad, siempre sería de noche.

—Así es cariño —respondió —acariciando la cabeza del niño.

—Gracias, mamá, ya puedes empezar.

« Bien, pues los habitantes de aquel país de tinieblas caminaban sin cesar en busca de luz, guiados por Agad, el hombre más anciano y más sabio del lugar.

Pero, en un momento dado, Agad enfermó y estaban tan asustados que no sabían qué hacer; caminaban sin sentido ni dirección, emitían sonidos, hacían gestos, gruñían, pero no conseguían comunicarse, porque todos sabían que Agad era el único que conocía el camino que les permitiría alcanzar su objetivo.

—Mamá ¿por qué no hablaban? —interrumpió el niño.

—Porque los hombres, primero, se comunicaron con gestos y sonidos. El ser humano aprendió a comunicarse con palabras mucho tiempo después.

—¡Cuánto sabes mamá! Algún día me gustaría saber tanto como tú; continúa con el cuento, por favor.

Bueno, pues un poco apartado de aquel desorden, había un niño de una edad parecida a la tuya que observaba preocupado, porque, al igual que tú, quería hacer una petición y no sabía cómo hacerla.

De pronto, recordó las enseñanzas de Agad. Muchas veces le había oído decir que si se pensaba algo con mucha fuerza y se deseaba desde el corazón se cumplía y también decía que para tener derecho a pedir había que aprender a dar.

¡Agad era un hombre sabio! así que el niño, cerró los ojos y se acostó sobre un montón de hojarasca que había cerca, haciendo un ovillo con su cuerpo.

Encontrada la postura adecuada, pidió con todas sus fuerzas que Agad recuperara la salud y que los pudiera conducir al camino de la luz; también prometió que él se prepararía para seguir los pasos de Agad y mantener a su pueblo en el camino correcto.

Tras haber hecho la petición y la promesa, el niño se durmió y, a través del sueño, visitó otros lugares, se comunicó con otros seres y penetró en el camino que le condujo a la luz, la luz de la que hablaba el consejero.

Cuando despertó estaba desorientado, recordaba el sueño con claridad, pero, de nuevo, le envolvían las tinieblas.

  No obstante, algo había cambiado, ahora, reinaba el silencio y todos parecían estar relajados.

El consejero se había recuperado y, con esfuerzo y colaboración, encontraron el camino que les condujo a la luz »

El pequeño Ric, que parecía dormido, abrió los ojos y emocionado abrazó más fuerte a su madre.

—Gracias, mamá —le dijo —esta noche yo haré lo mismo que el niño del cuento.

Cuando la madre fue a darle el beso de buenas noches, Ric estaba dormido, con el cuerpo hecho un ovillo y una lágrima indecisa resbalaba por su cara.

***

Aquella noche, un joven empresario tuvo un sueño un tanto «raro». Al despertar, una idea revoloteaba sobre su cabeza: mañana preguntaría a sus empleados si alguno quería cambiarse al turno de día.

Como ya imagináis, Ric disfrutó de una Nochevieja especial y asistió a la Cabalgata de Reyes subido en los hombros de su padre.

También cumplió lo prometido, llevó el coche de bomberos que tanto le gustaba a un orfanato, porque él pronto podría jugar con su hermana.