AMARRADA  EN LA OSCURIDAD

AMARRADA EN LA OSCURIDAD

septiembre 30, 2018 20 Por Ana Palacios

 

No consideraba justo vivir toda una vida oculta y amarrada en el interior de una gruta oscura, que rezumaba humedad. Me rebelaba contra mi suerte porque todo hacía presagiar que aquel pequeño habitáculo en el que, con un pequeño movimiento podía tocar paredes y techo, me cobijaría durante el resto de mi existencia.

Aquel lúgubre entorno era la única realidad que conocía. Es cierto que la entrada de la cueva se abría con frecuencia, permitiendo que llegara algo de aire y luz al interior, pero, aquel hecho, lejos de reconfortarme, justo provocaba en mí el efecto contrario.

Ligera en movimientos, pese al amarre, cuando veía algo de claridad, unas veces me precipitaba hacia la entrada y otras permanecía expectante y cautelosa, pero, en cualquier caso, no podía disfrutar viendo el exterior, porque con frecuencia era sorprendida por un aluvión de grandes partículas y líquidos con los que me veía obligada a realizar una compleja actividad y la verja me producía heridas, si no iba con el adecuado tacto.

Como ya he dicho, no estaba conforme con mi existencia y constantemente me preguntaba cómo sería la realidad allá donde brillaba la luz.

Hace unos días, debí despistarme, ya que un saliente de la reja me produjo una herida considerable. No pude compartir mi dolor con nadie, tan solo intenté mantenerme menos activa y, sobre todo, permanecer alejada de los extremos cortantes.

De pronto ocurrió algo inesperado: la entrada de la cueva se abrió como nunca antes lo había hecho, una luz de origen desconocido alumbró todos los rincones, desvaneciendo la oscuridad envolvente y unas delicadas manos me cogieron y voltearon.

¿Qué estaba ocurriendo? Permanecí quieta y expectante, hasta que un artilugio que producía un ruido extraño terminó de paralizarme. A las heridas que dificultaban mi movilidad, se añadió el miedo a que aquella pequeña herramienta pudiera lesionarme más.

Mi sorpresa fue grande, cuando descubrí que estaban limando el saliente de la verja que me produjo el corte.

Tardé un tiempo en ser consciente de lo que sucedía, pero hoy, finalmente reconozco que aquel momento marcó en mi vida un antes y un después.

¡No lo podía creer…! Me sentía agradecida y no lloré porque carecía de lagrimal y porque ya había bastante humedad a mi alrededor, pero me emocionó pensar que todo aquello lo estaban haciendo por mí.

Con estupor descubrí que tan solo era prisionera de mis propias creencias y esclava de mis miedos. Pero no solo eso, también comprendí que formaba parte de un todo mayor, que era una parte vital del entorno que me rodeaba y que mi movimiento se necesitaba para que el resto de los órganos funcionaran bien.

…..

—Ya hemos terminado. Te has portado muy bien, Raúl. Ahora puedes aclararte la boca con el agua del vasito.

—Gracias, doctor.

—¡Mamá! No me ha dolido nada y cuando cierro la boca ya no me muerdo la lengua con el puntiagudo colmillo.