AÑORANZA

marzo 18, 2018 56 Por Ana Palacios

AÑORANZA

No dejen que mi imagen les engañe, hoy solo soy un banco, pero ayer fui un ser vivo y todavía conservo cierta sensibilidad.

Ocupo un lugar privilegiado dentro de un tranquilo parque; a mi lado un esbelto árbol proporciona la sombra necesaria y una papelera ofrece la oportunidad de mantener limpio el espacio.

Recibo múltiples visitas y soy testigo de promesas, confesiones y silencios, pero añoro a un amigo que llegaba casi a diario, apoyándose en el bastón y arrastrando sus pies por el sinuoso camino que conduce hasta mí.

El último día, acudió a la cita a la hora acostumbrada y, cuando le vi, intuí que aquello era una despedida.

Apenas llegó, se dejó caer como si llevara una pesada carga sobre su espalda; hacía tiempo que no hablaba con nadie, tal vez, porque lo impedía el nudo que anidaba en su garganta.

Antes, me visitaba junto a su esposa y en mi presencia se cogían de la mano y hablaban con los amigos, pero de aquel entonces solo quedan los recuerdos, los pajarillos y un servidor. Yo siempre le esperaba en el mismo lugar, forzado por las circunstancias; las aves se acercaban al verle llegar emitiendo gorjeos, mientras él las obsequiaba con algunas miguitas de pan.

Mi amigo era poeta, aunque él no lo supiera y, cuando la ocasión era propicia y controlaba la emoción, dejaba salir sus versos engarzados en nostalgia: “Si te dijera que no te olvido y que en sueños te visito / si te dijera que añoro tus campos y tu río, tus aromas, tus colores, tus sonidos / Si te dijera que en mi recuerdo conservo el calor de la casa familiar / las reuniones junto al fuego /el inconfundible sonido del cierzo y las frías noches de invierno…”

Aquel día, antes de partir, unas lágrimas rebeldes cayeron por sus mejillas. No pude hacer nada salvo ofrecerle mi apoyo, remedando el gesto de un amigo. Se levantó con la ayuda del bastón y el temblor de su mano sobre mi respaldo hizo que me emocionara.

Al verle marchar, con la espalda encorvada, tuve claro que no le vería más. Así fue, días más tarde me enteré que una noche mientras dormía, en el asilo al que lo llevaron, había hecho el tránsito para reunirse con su amada.

Cuando el relente y la oscuridad de la noche proporcionan el ambiente adecuado, desde mi fija posición, observo el firmamento e imagino a mi amigo deleitando a las estrellas con sus versos.

Ana Palacios (2018)

Este sencillo relato está inspirado en la fotografía que lo ilustra y, además, debía contener tres palabras: relente, remedar y nudo.

Deseo que os haya gustado.