CAMAFEOS.COM

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noviembre 17, 2018 10 Por Ana Palacios

Delia caminaba con paso alegre y seductor, moviendo su melena rojiza, cuyo color y textura todavía conservaba gracias a la queratina y al buen hacer de su peluquera.

Aquel día, eligió un vestido a juego con el color verde esmeralda de sus ojos. Después se colocó el amuleto de la buena suerte: un colgante con la silueta de su querida mascota, un gato, al que había puesto el nombre de Sol.

Cuando llegó estaba exultante. Sus amigas la esperaban y, al verlas, pensó que, pese a hacer casi dos décadas que habían atravesado los cincuenta, seguían siendo atractivas y conservaban  cierto toque de elegante seducción.

Fue una buena actriz en su juventud y hoy llevaba aprendido el personaje de un buen agente comercial, pues trataba de convencerlas para realizar un viaje totalmente inesperado.

Dánae no la vio llegar. Era miope y su coquetería no le permitía llevar gafas de forma continuada, pues temía que pudiesen ocultar su lánguida mirada, con la que a más de uno había hecho caer en ensoñación.

Siempre llevaba un colgante que decía significar la rueda de la vida, pero que, en realidad, eran unas sofisticadas gafas, las cuales solo abría en momentos muy determinados y en presencia de personas con un alto grado de confianza.

Aunque sus dos amigas eran viudas y ella nunca se había casado, el estado civil no fue obstáculo para que entre las tres surgiera una compacta y duradera amistad, que ya superaba los diez años.

Su mayor atractivo residía en la simpatía y buen humor que derrochaba. No era escritora, como las otras dos, pero tenía una imaginación prodigiosa que la convertían en una gran narradora de historias. Era soñadora e idealista y, pese a no poder presumir de un cuerpo tan esbelto como el de Delia y Dafne, en sus curvas, acentuadas con el paso de los años, se había perdido más de uno.

Dafne levantó el brazo con discreción, cuando vio entrar a Delia en la cafetería.

De forma inconsciente, vivía algo a la sombra de su amiga, a la que considera la más bella de las tres.

A las dos las pretendía un conquistador argentino, soltero de oro, que cruzaba el charco, casi con la cotidianidad que otros cruzan la calle para ir al supermercado. Era profesor en una academia de baile, a la que acudía Dafne con regularidad para poder disfrutar de la sensualidad del tango, entre los brazos de aquel hombre, que la transportaba a otros tiempos, haciendo que la caída final le saliera muy natural.

Siempre lucía un hermoso camafeo, vacío en su interior, pero en el que ella veía con toda nitidez el rostro de un famoso cantante de tangos y un gánster americano, dos ejemplares amantes de los que jamás habló.

Cuando Delia llegó a la mesa donde se encontraban sus amigas, estas ya notaron que traía alguna novedad bajo el brazo.

Tras los saludos de rigor, dejó bien a la vista un catálogo de viajes, donde podía leerse con grandes letras: HOTEL-BALNEARIO “LA ESPERANZA” y, aunque intuía que les haría ilusión, reaccionaron con más entusiasmo del que esperaba, por lo que no necesitó utilizar sus dotes de persuasión.

Dánae, intrigada, acercó el catálogo a su cara y al instante dijo: ¡Bien! Nos vamos de viaje a un balneario llamado “La Esperanza” y, seguidamente, hizo un comentario que provocó la risa de las tres.

¿Cuándo?, ¿cuándo? Dijo Dafne entusiasmada, porque el dónde le daba igual. Lo importante era pasar unos días juntas, en un lugar desconocido y romper la monotonía.

 

Desde hacía años, las tres amigas se reunían en la misma cafetería. Eran unas clientas fieles y peculiares que se habían ganado la confianza de los jóvenes camareros y la de los dueños, hasta el punto de que, cuando reformaron el local para adaptarlo a las nuevas tecnologías, tuvieron claro cual sería el nuevo nombre.

Descubrirlo supuso para ellas una grata y emotiva sorpresa y, sin ponerse de acuerdo, las tres llevaron su mano al pecho rozando con delicadeza el fetiche que colgaba de sus cuellos. Después lo celebraron por todo lo alto.

A partir de aquel momento a la cafetería “Camafeos.com” la consideraron como su segunda casa y una vez a la semana, disfrutaban de un espacio privilegiado y acogedor donde las dos viudas ironizaban sobre la incomprensión de sus nueras, las cuales no entendían que, a su edad, fueran a bailar tangos y prepararan viajes a países exóticos con la ilusión propia de adolescentes.

Las tres encontraban en aquellas reuniones el combustible necesario para bombear sus corazones hasta que volvían a encontrarse. Compartían secretos de belleza, lecturas, cine, recetas de cocina y cualquier otra vivencia digna de ser mencionada, al tiempo que degustaban exquisitas meriendas acompañadas de un buen capuchino, té o café.

 

Ilusionadas por el viaje, decidieron quedar el lunes en casa de Delia para ultimar los preparativos.

Llegado el día, la anfitriona preparó una exquisita merienda acompañada de yerba mate, traída de Corrientes, por un vecino que, como ella, provenía de Argentina.

Ante el estado de excitación de las tres, decidió añadir al mate unas cucharaditas de hojas de melisa. Bueno, eso es lo que ella pensó, ya que por error cogió un bote equivocado que contenía otra hierba, con la que su hijo debió hacerse más de un porro, aprovechando las ausencias de su madre. Pero de la equivocación fueron conscientes bastante más tarde.

Tras disfrutar de la merienda, pasaron un buen rato recordando anécdotas de otros viajes, como aquel en el que recibieron un masaje completo y, aunque las piernas de las tres terminaron salpicadas de hematomas, ninguna de ellas protestó, pues consideraron que sentir las vigorosas manos de aquel macizo mulato impregnadas de aceites esenciales, deslizarse por sus cuerpos recorriendo sus formas y sus escondrijos, bien merecía pagar el precio.

Poco a poco las fue envolviendo un sopor difícil de superar.

Con vuestro permiso me voy a recostar en el sofá —les dijo Delia ya un tanto colocada.

Yo también necesito un descansito —dijo Dánae recostándose en el sillón.

Dafne, que hacía Pilates y presumía de su agilidad, optó por una mullida alfombra que ocupaba un lugar ligeramente apartado.

Las tres amigas, aún estando en la misma estancia, disfrutaban de una ubicación que les ofrecía cierta intimidad y pronto pudo escucharse una polifonía de respiraciones entrecortadas que, sin llegar a armonizar, envolvían la sala.

Cada una pasó un buen rato como pudo, hasta que cayeron en un placentero sueño del que despertaron horas después, no dando crédito a lo ocurrido y despidiéndose tan pronto como les fue posible, reprimiendo las risas entrecortadas para evitar que los vecinos pudieran descubrir su colocón y recreándose en un bienestar al que no estaban acostumbradas.

 

Dánae, algo corta de vista y despistada, dejó todo preparado la noche anterior y puso la alarma para levantarse a la hora que habían quedado. Tras una ducha relajante, se tomó una pastilla de melatonina para dormir mejor ¿o tal vez fueron dos?, el caso es que despertó sobresaltada por un sonido que a ella le pareció la sirena de los bomberos, aunque en realidad era el timbre del teléfono que tenía en su mesita de noche. Se levantó de un salto, casi sin respiración y, al descolgar el auricular, escuchó dos voces preocupadas que decían: ¿Todavía estás en casa? nosotras ya estamos en el aeropuerto.

¡Voy! fue las única palabra que pudo articular. Con el corazón a punto de estallar, agradeció tener la maleta preparada y se introdujo dentro del vestido. Solo perdió el tiempo necesario para colocarse el colgante que siempre le acompañaba y que, en realidad, eran sus gafas. Salió a la calle y echó a correr arrastrando la maleta tras ella.

No era la primera vez que se quedaba dormida y sabía que en estos casos lo más rápido era el tren que llevaba directo al aeropuerto y que, por suerte, la estación estaba muy cerca de su casa.

Cuando llegó al andén, el tren anunciaba su salida, pero ella no lo podía perder, así que azorada, pero decidida a conseguir su objetivo comenzó a correr y a levantar el brazo que no llevaba ocupado con la maleta, al tiempo que decía en voz alta: ¡espere, espere!

El maquinista no pudo resistirse ante la visión que le ofrecía el espejo retrovisor: una señora madura, aunque muy bien conservada, corría por el andén con cara desencajada y gritando, mientras sus pechos parecían dos campanas repicando.

No se pudo resistir, temiendo lo peor, disminuyó la marcha del tren, que acababa de iniciar y la increpó con educación.

Señora, ¿cómo se le ocurre hacer esa temeridad?

Disculpe, pero no podía perder el tren —respondió, Dánae, sin apenas respiración, pese a no llevar ropa interior que la oprimiera y, tras darle las gracias, subió al tren tan rápida como pudo. Ya sentada, sonrió aliviada, aunque roja cual amapola.

Al poco tiempo, el monitor que tenía frente a ella, tomó vida, anunciando la película programada: Misión imposible, de Tom Cruise. No se molestó en ponerse los auriculares, el aeropuerto estaba relativamente cerca y consideró que, para misión imposible, la que acababa de vivir.

Sin más incidentes llegó a tiempo para ver las caras preocupadas de sus amigas y, sobre todo, para facturar el equipaje y recoger la tarjeta de embarque.

Cuando entraron en el vestíbulo del balneario, una brisa fresca las envolvió, al tiempo que un elegante señor, les daba la bienvenida y se ofreció para acompañarlas a sus respectivas habitaciones. Más tarde supieron que era el gerente del balneario.

El primer día decidieron dedicarlo a visitar los alrededores y cuando ya llevaban un rato paseando se sentaron en un banco frente al mar.

Los ojos miopes de Dánae, no se apartaban de un hermoso joven que se interponía entre la orilla y el banco en el que se encontraban, ya que, aunque no lo distinguía con nitidez, le hacía gracia que permaneciera tanto rato sentado frente a ellas.

De pronto, el brazo de Dafne golpeó el suyo y la hizo salir del ensimismamiento.

¿Qué pasa —le preguntó sorprendida.

¿No ves lo que lleva entre manos? —Le dijo Delia, con una amplia sonrisa en su cara.

Pues no, solo veo que está muy entretenido con algo.

Dafne y Délia soltaron una sonora carcajada y Dánae captó el mensaje.

Armaron tal algarabía que el joven “flautista”, poniéndose una toalla alrededor de la cintura, marchó sin decir palabra, tal vez, en busca de otro público más afín a su virtuosismo.

La semana prometía, habían reservado un pack completo…

Una amiga de las letras me pidió si podía escribir algo gracioso sobre tres amigas llamadas, Delia, Dafne y Dánae, que se reunían semanalmente y preparaban un viaje. Mi primera reacción fue negarme porque no me sentía preparada, pero me dijo que Marta, una de ellas había fallecido y eso me conmovió. Cuando se lo hice llegar le gustó y curiosamente recibí el agradecimiento de Delia y de otra amiga. ¡Qué poder tiene Internet!

Deseo que os arranque una sonrisa.