EMBUTIDA EN EL PANTALÓN

¡VAMOS DE REBAJAS!

Esta semana, una amiga me propuso ir de rebajas y yo asentí encantada. Quedamos a las once y media, dispuestas a colaborar un poco con los comerciantes, ya que durante la temporada habíamos comprado poco o nada. El día era espléndido y nosotras íbamos más contentas que un niño con zapatos nuevos.

Llegamos a un centro comercial, del que prefiero no decir el nombre porque no necesita publicidad. Comenzamos a mirar, separando las prendas que nos gustaban y cuándo ya llevábamos “el brazo a rebosar”, buscamos el probador más cercano.

-¿Es posible lo que veo? -dije algo asustada.

Sí, era posible. Hasta llegar a los probadores, tuvimos que soportar una fila considerable de personas, cargadas de ropa, como nosotras. ¡Por fin! quedó un probador libre y entramos juntas las dos, por eso de que la una confirma o desmiente la opinión de la otra. Tras un buen rato de “quita y pon”, sin encontrar nada que nos quedara mínimamente aceptable, nos probamos un pantalón que nos gustaba a las dos.

-Me gustaría probarme una talla más -le dije, ante el temor de que el pantalón se fundiera con mi piel y jamás  pudiera desprenderme de él.

-Espera aquí, voy a ver si lo encuentro -respondió mi amiga, que ya llevaba puesta su ropa.

Y yo me quedé en el probador, embutida en el pantalón. Es difícil comprarse hoy unos pantalones. Todos parecen  estar hechos para personas con “patas” de gacela o de galgo. Si nuestras piernas no se asemejan a las patas de estos esbeltos animales, lo tenemos muy, pero que muy mal. En los pantalones que, con esfuerzo, consigues meter las piernas, sobran bastantes centímetros de cintura y cuando buscas una talla menos ¡solo una!, no hay forma que las piernas entren en el estrecho tubo, en el que han convertido las perneras.

¡Señores diseñadores que, también tenemos derecho a ir vestidas monas y cómodas, las que no somos esbeltas cual gacelas!.   

Bien, pues allí estaba yo, con aquellos pantalones que parecían mi segunda piel, mientras esperaba que regresara mi amiga al probador y que tardaba en llegar más de lo que esperaba.

-¿La habrán raptado? -pensaba yo, aunque a nuestra edad, ésto de los raptos ya…, como que no.

Finalmente unos golpecitos en la puerta ¡por fin! quito el pestillo y allí estaba mi amiga, sin el pantalón que salió a buscar, pero con cara de circunstancias y en el brazo un buen moratón.

-¿Qué ha pasado? -le pregunté

-Con las prisas, he chocado con una china o la china ha chocado conmigo y del impacto hemos tirado la ropa de un expositor -me explicó, un tanto compungida.

¿Qué queréis que os diga? me entró un ataque de risa, de esos incontrolables. Como ya sabéis, yo seguía embutida en el pantalón, por eso de no vestirme y desvestirme otra vez. Solo pude cruzar las piernas fuertemente, también los dedos de las manos y pedir que no se produjera el “derrame” (los esfínteres ya no están para soportar fuertes pruebas). Por suerte  y con esfuerzo lo conseguí.

Vámonos pronto de aquí -le dije a mi amiga, una vez mis piernas rescataron su libertad..

Ella aceptó gustosa. Las dos necesitábamos lo mismo, sin necesidad de confirmarlo, así que, procurando no mirarnos por miedo a “gotear”,  nos fuimos hacia la “toilet” y cuando el cuerpo se sintió aliviado, nos marchamos a comer.

Antes de encontrar un restaurante adecuado, pasamos a saludar a una persona conocida de mi amiga, que trabaja en una tienda de bolsos. Mientras ellas hablaban yo me entretuve echando una miradita a las mochilas…Cuando ya la tenía elegida y la fui a pagar, me dice la conocida de mi amiga que me hace un descuento en la mochila, pese a no estar rebajada. Un encanto de persona, no solo por el descuento, sino porque lo decía su mirada. Desde aquí ¡mil gracias por el detalle!.

Contentas con la compra,  seguimos caminando y encontramos un restaurante al que decidimos entrar. Seguramente será bueno, pero ese día nosotras no estuvimos muy acertadas en la elección de los platos. La comida, ni buena ni mala, sino todo lo contrario. De segundo plato pedimos arroz negro con chipirones y ali-oli.

-Un día es un día -pensé yo, que cuido algo mi dieta.

Tras esperar media hora o más la llegada del segundo plato, con un aire acondicionado que ponía el vello como escarpias, llegó el  esperado arroz negro, pero los chipirones, al parecer, no se dejaron pescar. Por suerte el “alioli” (ajolio)  le daba un toque de sabor.

Tras solicitarlo con insistencia, pero con educación, apagaron la refrigeración, ¡gracias a dios! -pensamos todos, que ya teníamos la sonrisa  de los besugos congelados. Terminamos la comida bien, pero no os voy a contar cuánto tardó a salir el arroz, éso mejor lo guardo para la intimidad.

Cuando ya nos dirigíamos al metro para regresar a casa, se me ocurrió decir a mi amiga: un día de éstos me acompañarás a comprar gafas y mira por donde estábamos en la puerta de una óptica (supongo que mi cerebro hizo una asociación de ideas).

En relación con esta compra, puedo y debo decir que, al poco de atravesar el portal, salió a nuestro encuentro una joven guapa, simpática y lo más importante, una gran profesional. De esas que, hoy día, parece que ya no existen… El tiempo que estuvimos allí dio para mucho y cuando ya había comprado las gafas de sol que necesitaba, pregunté el nombre a la encantadora persona que nos atendía y le pedí permiso para hablar de ella, discretamente, en mi blog. Como era de esperar, con una sonrisa en los labios, me lo concedió.¡ Gracias Miriam por tu inmejorable atención!

Pero mi amiga también necesitaba gafas y estuvo probándose diferentes modelos durante casi dos horas ¡dos horas! porque ella necesitaba gafas para ver y gafas de sol. Difícil decisión cuando se piensa que: “antes muerta que sencilla”.

Pese a todo, pasamos un buen día y reímos con ganas, porque no hay cosa mejor que tomarse las cosas con humor.

Buenas rebajas y buen fin de semana!!!

¡Gracías Mafalda)

UNA DE BOMBEROS

¡UNA DE BOMBEROS!

Con la velocidad de una Harley, con la fuerza de un tornado, con el ímpetu arrasador de un fuego activado, trascurren nuestras vidas en esta sociedad que “aquél, ése, éste, tú y yo” hemos construido.

Ni la hermosa y potente Harley, ni el destructor tornado, ni el poder arrasador del fuego tienen la menor posibilidad de detenerse a pensar ¿qué estoy haciendo? No, ellos no pueden pensar, ellos hacen bien su trabajo: correr, destruir, quemar. Solo el hombre dispone de esa capacidad, pero se está haciendo todo lo posible para que la perdamos.

Hace unos días, todos pudimos ver un pequeño vídeo, en el que un bombero avanzaba hacia un incendio y al mismo tiempo hacía público lo que pensaba. No estoy segura si el vídeo, en cuestión, era real o era un montaje, pero en cualquier caso, decía “verdades como puños” y daban ganas de correr a su lado a sofocar las llamas diciéndole a gritos: no estás solo, nosotros estamos contigo, porque lo que tú defiendes, exponiendo tu vida, nos pertenece a todos.

Es fácil decir que un incendio es obra de un pirómano o de alguien malintencionado y yo con firmeza pregunto ¿por qué cada día hay en nuestra sociedad más pirómanos, más maltratadores, más acosadores, más drogadictos, más depresivos, más…? ¿Por qué está tan “tarada” nuestra sociedad? ¿Qué hacemos o dejamos de hacer para que ésto ocurra? ¿En qué nos estamos equivocando?.

Bomber@s y otros grupos de rescate, médic@s, enfermer@s, maestr@s, asistent@s sociales, investigadores y similares son profesionales cuyo diario hacer pasa desapercibido para el resto de los mortales, salvo cuando hacen algo “notable” y salen en el telediario. Entonces la noticia vuela, se difunde por las redes sociales, pero con la misma rapidez que se conoce, desaparece del panorama y cae en el olvido.

Por el contrario, hay otras “profesiones” o “formas de vivir” (de alguna forma hay que llamarlas) que día tras día tienen resonancia en los medios de comunicación. No voy a nombrar ninguna, porque ya las conocéis y porque mi blog no está pensado para atacar a nadie, sino para invitar a la reflexión.

¿A quién llamas cuando tienes un accidente o hay una catástrofe?

¿A quién acudes cuando estás enfermo?

¿Quién mitiga tu dolor?

¿Quién educa a tus hijos?

¿A quién debes todos los avances que nos facilitan la vida?

¿De qué sirven, en estos casos, los “mitos” que cada día son noticia?.

¿Dónde ha quedado ya el impacto que produjo el vídeo del bombero o del médico que hizo una intervención que parecía sacada de un libro de “ciencia-ficción”?

¿Dónde ha quedado el saber hacer de aquel maestro o profesor que te impulsó a ser lo que hoy eres?

Tal vez  haya quedado olvidado en algún recóndito lugar de tu cerebro, eso suponiendo que hubiera llegado hasta allí, porque hoy las noticias y las imágenes avanzan como el fuego, impactan en nuestras entrañas y luego otras las sustituyen y así día tras día, sin que seamos capaces de detenernos a profundizar en lo que leemos, en lo que vemos, en lo que nos cuentan y nosotros, sin reflexionar, creemos.

El verano supone un trabajo extra para los bomberos, a los que dedico este escrito, así como a todos esos profesionales que con su silencioso e innegable esfuerzo, sin buscar ser noticia, contribuyen a fomentar la cultura, mejorar la salud y conseguir un mundo más justo y mejor.

Feliz reflexión!!!

“Compuesta y sin novio”

COMPUESTA Y SIN NOVIO

Nadie ha dicho que reflexionar esté reñido con el sentido del humor, así que hoy aparco la escritura seria y me pongo a describir lo que me ha ocurrido esta tarde, no porque sea nada especial sino porque me apetece compartirlo en el blog.

Bien, pues hacía una semana que tenía reservada esta tarde para hacerme una entrevista y grabarla en vídeo ¡mi primera entrevista y mi primer vídeo!

Me he levantado temprano como habitualmente, para mí es la mejor hora para “jugar con las palabras”. De pronto, he recordado que hoy me iban a grabar un vídeo y he decidido que haría una visita a la peluquería. La ocasión lo merecía.

Mi peluquera ha puesto todo el empeño posible en dejarme favorecida y además, por el mismo precio, me ha regalado un comentario en el blog ¿se puede pedir más?

Llegado el momento, muy bien peinada y arregladita he salido de casa, dispuesta a llevar a cabo mi primera entrevista. No voy a negar que me hacía ilusión, aunque a mi edad las cosas ya se toman con calma…

Cuando he llegado al lugar de la cita mi entrevistadora no estaba. Habrá ido a tomar un café -he pensado, pero no, le había surgido un imprevisto y se había marchado a casa.

¿Qué hago ahora? Había dos opciones: improvisar una entrevista y grabarla con un móvil o posponer la entrevista para otro día. A la primera opción me he apuntado yo para aprovechar el corte de cabello y el bonito peinado; la segunda ha sido defendida por mis consejeras y amigas. No se por qué, pero han ganado ellas.

Tras estar un ratito allí, haciendo bromas y decidiendo la jugada, ha llegado el momento de regresar a casa. Por el camino se debatían en mi mente varias ideas, a saber: dormir sentada el fin de semana para que la almohada no me convirtiera en “Espinete”; marcharme esta noche de parranda, ya que estaba “compuesta” y podría encontrar novio o bien compartir mi “compostura”, en la intimidad, con los dos amores que tengo en casa. Y, por eso de que vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer, he decidido volver a casa y aquí estamos los tres, en el sofá, yo embelesada mirándoles y ellos ofreciéndome sus arrumacos y mostrándome a su manera que les gusta mi peinado.

La entrevista llegará, pero habrá que esperar un poco, y como yo no soy de las que piensan que “antes muerta que sencilla”, cuando llegue el momento espero estar vivita, pero peinada con sencillez. Lo siento María José, con lo bien que te había quedado…

Una sonrisa por favor. Gracias!

Buen fin de semana a tod@s.

Mis dos amores