DESDE LA OTRA ORILLA

DESDE LA OTRA ORILLA

agosto 8, 2018 26 Por Ana Palacios

 

—¡Papá! ¡Qué sorpresa tan agradable! No esperaba encontrarte.

—Me dijeron que hoy pasarías por aquí.

—¡Qué relajado te veo!

—Estoy bien, no puedo quejarme…

—Cuéntame cosas, papá ¿Qué sueles hacer diariamente?

Observo todo, pero procuro no implicarme en nada.

—Eso me sorprende, sobre todo conociéndote.

Poco a poco las emociones y los apegos pierden fuerza y se pueden soltar amarres.

—¿Y cómo te sientes?

Me siento ligero porque fluyo a través del movimiento de la vida, eternamente dinámico.

—¿Cómo se consigue eso?

—No es fácil, siempre buscamos perpetuarnos asiéndonos a algo, hasta descubrir que, cuando se fluye, la vida acaricia, no inunda ni destruye.

—¡Estoy impresionada! hablas casi como un filósofo.

—Es que ahora soy el padre de una escritora.

—¡Papá! Yo no soy escritora, solo formo parte de una legión de personas que va a la zaga de los escritores.

—Pero escribes cada semana en un blog, has ganado algún reto y te publican en revistas.

—Sí, papá, pero un escritor es el que domina el arte de plasmar ideas en palabras y con estas forma oraciones y con pequeños signos de puntuación permite tomar aire, centrarse en lo importante o dejar entrever que, más allá de donde acaban los términos, todavía se extiende su perfume.

Yo, cuando escribo, solo puedo mostrar mi ritmo respiratorio e intentar que llegue a alguien que respire con una frecuencia similar.

—Creo que en alguna vuelta me he perdido…

—Jajaja. Cambiemos de tema, papá. ¡Dime! ¿Vas por el pueblo?

—¿Acaso lo dudas? Ya he visto la última adquisición de tu hermano y los aperos que se ha construido. Siempre ha sido muy ingenioso.

—¡Ay, papá! ¿Has visto como lo ha pintado?

—De rojo, mi color favorito.

—Ya sabes lo que significa…

—Nunca dudé de vuestro amor y creo que vosotros tampoco habréis dudado del mío.

—Perdona que discrepe, papá. Cuando busqué ayuda porque no podía con todo, me insinuaste que me había cansado de cuidarte.

—Se piensan y se dicen muchas cosas, cuando uno se siente viejo y, además, es dependiente…

—A mí me dolió, papá y es un alivio oírte decir esto.

—Me alegra que así sea.

—Papá, ¿has visto qué gatos tenemos?

—Sí, son cariñosos y están bien educados.

—Siempre dijiste que tenía dotes de mando.

—¿Yo te dije eso?

—¡Sí, papá!. Bueno, tú me decías que era como un sargento, pero yo pretendía suavizarlo.

—¡Jejeje!

—Te estás riendo y seguro que acierto la razón.

—Es que no lo puedo evitar. Cuando dices «sí papá» me acuerdo de la canción que cantaba la hija de José Guardiola.

—Siempre me lo decías, aunque la canción se titulaba: “Di papá”.

—Tu madre ha perdido mucho en poco tiempo.

—Sí, cada día me recuerda más a ti.

—Estoy pendiente de todos, pero especialmente de ella, por si en algún momento necesita asirse de mi mano.

—¡Déjalo, papá! Llevo unos días bastante sensiblona. ¿Has visto que he estado en Toulouse con el tío?.

—Sí, pero yo intento no pasar los Pirineos, temo que me pase como a ellos y no sepa volver luego…

—¡Papá! Tu siempre con tus cosas… Ahora te estás acordando de la jota «La palomica» del Pastor de Andorra.

—Nos conocemos bien

—¿Sigues siendo tan cabezota?

—¿Yo?

—Papá, no negarás tu cabezonería.

—Pues, tu hermano y tú vais siguiendo mis pasos. Jeje.

—Algo de razón tienes en eso. Pero ¿recuerdas el día que mediste a palmos una estantería  y la fuiste a encargar al cristalero sin decirme nada. ¡Qué cabreo cogí!

—Todavía cumple su función.

—Sí, pero le falta más de un centímetro por cada lado y no es del mismo grosor que la otra.

—Ya sabes que en los pueblos, los palmos y las zancadas se utilizan para medir.

—Sí, y los prehistóricos cazaban búfalos para comer…

—¡Mira! por allí viene el rey de los sueños. Fue él quien me dijo que hoy pasarías por aquí.

—¡Qué rápido ha pasado el tiempo…! Tengo que irme, papá, me está llamando. Me ha gustado mucho verte. Por cierto, escribí unos versos imaginando que, tal vez, pensarías esto durante los tres días que estuvimos todos juntos antes de partir.

—Como se acerca el día en el que ya hará cuatro años, seguro que los publicarás en el blog y entonces los leeré.

—¡Gracias, papá! Todos te queremos, pero no olvides hacer tu camino.

—No lo olvidaré.

Nos abrazamos y aunque no pude percibír su calor, desperté emocionada y envuelta en una agradable sensación.

TSUNAMI CEREBRAL

Tengo encharcado el cerebro.

Mi cuerpo ya no responde.

No puedo expresar deseos,

tampoco mis emociones

ni agradecer el cariño

y las muchas atenciones.

¿Qué parte hay pues en mi

que inspira estas reflexiones?

Llegado al tramo final,

nada aquí ya me retiene,

salvo el cariño de los míos

y eso siempre se mantiene.

Tengo necesidad de soltar,

de dejarme conducir

y de llenar mi morral

solo de amor, gratitud y paz.

  • La artística fotografía que ilustra hoy la entrada fue realizada  por Elsa Colmenero Tella.