EL SUEÑO DE UNA NIÑA DE PUEBLO

EL SUEÑO DE UNA NIÑA DE PUEBLO

noviembre 11, 2018 14 Por Ana Palacios

De haber sido agua, hubiera soñado con ser lluvia y caer suavemente sobre los campos, para que las semillas pudieran germinar. Nací niña en un lugar apartado de la gran ciudad y desde muy temprana edad tuve un sueño, que guardé oculto en mi interior envuelto en papel de celofán, al que daban color: la tierra, el aire, el agua y el sol.

¿Que cuál era mi sueño?

Mi sueño era poder estudiar.

Tal vez esta confesión pueda causar risa o extrañeza a alguien, pero será porque tiene menos años que yo o porque nació en un ambiente diferente al mío.

Cuando solo tienes acceso a una escuela rural, cuando las Maripís (zapatillas) se hacen servir un año más, cortando la puntera para que por ella salgan los dedos, pensar en estudiar era casi una temeridad.

Creo que mi sueño lo despertó una maestra, llamada Raquel, a la que siempre quise y admiré, como a ninguna otra. Era exigente y castigaba, pero se desvivía para que aprendiéramos, se esforzaba en compartir lo que ella sabía y, para mí, eso es enseñar.

Una de sus frases quedó grabada en mi mente: “El aburrimiento es propio de quien tiene el alma vacía y la inteligencia sin recursos”. No sé si era de cosecha propia o no, pero la repetía muchas veces. Os confesaré en la intimidad de mi blog que nunca me he aburrido.

La vida es generosa y llegué a estudiar, aunque a cambio tuve que abandonar todo lo conocido e iniciar sola un camino nuevo.

No pude dedicarme a la noble profesión de la enseñanza, pero, bastantes años más tarde tuve la oportunidad de poder compartir lo que yo había aprendido sobre cierta disciplina. ¡Qué hermosa experiencia y cuánto se aprende enseñando…!

Como nada es para siempre, de aquello queda un regusto dulce y el cariño de mis alumnas y compañeras de viaje.

Todavía mantengo vivo mi sueño y sigo estudiando y compartiendo en este humilde blog lo poco que voy a prendiendo.

Hoy voy a compartir una pequeña parte de mi experiencia en relación con la palabra autoobservación. Como todos sabréis es una palabra compuesta del prefijo de origen griego auto que significa “de o por si mismo” y observación que es la “acción de observar para adquirir conocimiento sobre cierto comportamiento o carácter. El prefijo, en este caso, aporta un valor reflexivo que de otra manera no tendría la palabra observación.

Estamos acostumbrados a observar las palabras, los gestos o el comportamiento de los demás, así como a juzgar sin conocer las causas que los motivaron, pero ¿qué hay de nuestra propia observación?

Hoy todo el mundo habla, escribe, da charlas y vende libros sobre el vocablo inglés Mindfulness. No entraré en su valoración, porque carezco de los elementos de juicio necesarios y porque en Internet se encuentra una extensa información. La traducción más utilizada del término, en este momento es “Atención Plena”.

Antes de que apareciera esta palabra, tan atrayente, ya teníamos el término autoobservación, es decir: estar presente o estar atentos a nuestros pensamientos, emociones y sensaciones, así como al ambiente que nos rodea, sin emitir juicios. Es como ejecer de observador silencioso.

Esto, que aparentemente puede parecer ridículo o simple, es mucho más complicado y complejo de lo que parece y os invito a intentarlo durante un día, para que podáis comprobar que estar presente conlleva una gran dificultad.

Haciendo un acto de humildad, comparto lo que escribí sobre una de mis autoobservaciones:

En el mismo acto de despertar la autoobservación se hace presente. Sonrío agradecida, pero al instante desaparece.

De nuevo noto su presencia, fugaz cual parpadeo y, aunque deseo tomar su mano para que no se ausente, pocos segundos después se desvanece. No es ella quien me abandona, es mi mente la que se entretiene en otros menesteres.

Escribo sin darme cuenta de mi actividad intelectual; deambulo sin percatarme de mi actividad de movimiento; siento emociones que me envuelven sin ser consciente de que yo no las he elegido y tampoco soy conscicente de mis funciones instintivas, como por ejemplo el trabajo interno del organismo, al que pertenece la respiración, aún siendo de tal importancia que fue una inhalación lo primero que hicimos al llegar a este mundo y será mediante una exhalación como nos despediremos de él.

Durante mi tiempo de estudio, el sonido lejano del móvil atrapa mi atención y aunque no voy a ver el mensaje, el flujo se interrumpe.

A lo largo del día, escasos momentos de autoobservación al caminar por la calle o durante las labores cotidianas, pero todos ellos breves.

Antes de acostarme, estoy presente (“me autoobservo”) mientras termino de escribir este informe y lo cierro agradeciendo la oportunidad que me ha ofrecido este día, para ser consciente de lo poco musculada que está mi voluntad”.

Para observarnos hemos de conocer, entre otras cosas, las cuatro funciones básicas del ser humano: movimientos, instintos, emociones y pensamientos, pero de ellos hablaré otro día.

Para terminar diré que la autoobservación, junto con el autorecuerdo, la conciencia de lo justo, la no identificación y la correcta actitud son herramientas que nos ayudan a conocer el inmenso potencial que todos tenemos, pero que no sabemos utilizar.

Deseo que os haya servido, como poco, para recordar lo que ya sabíais.

¡Feliz autoobservación!