LA PLAZA DE INVIERNO

LA PLAZA DE INVIERNO

Un día más se encontraban en la plaza de invierno, como ellos la llamaban, aunque su nombre fuera otro.

Era un lugar resguardado del posible viento, donde el sol caldeaba el frío que se dejaba sentir en sus deteriorados cuerpos.

Él se llamaba… ¿qué importa como se llamara? él era uno más de los ancianos que llenaban la plaza de recuerdos, de vivencias pasadas y sin duda de añoranzas.

El griterío, la alegría, las risas, los juegos, los correteos estaban a cargo de los niños, no podía ser de otro modo.

Tras quedarse viudo y ser consciente de la realidad, decidió retirarse a una residencia, la que ahora era su casa; sus actuales amigos algún residente y sus compañeros de plaza y su familia… su familia seguía siendo la que era, aunque apenas la viera.

Pero él no estaba triste, siempre tenía una sonrisa, un inocente chiste, una frase para decir en el momento oportuno; apenas veía, pero se las arreglaba bien para orientarse desde la cercana residencia hasta la plaza, cuando no había algún ángel sin alas que le acompañara.

En compañía de los ancianos o te deprimes o aprendes a disfrutar de las cosas pequeñas, las cosas grandes pocas veces llegan y menos a esa edad, pero hay un gran abanico de pequeñas cosas que pueden alegrar el día.

En la plaza se encontraba con un compañero centenario: excelente persona, gran caminante mientras sus piernas lo permitieron y buen narrador de chistes y de historias de su infancia y su juventud.

Tanto la mente como el cuerpo del compañero centenario, pese a estar muy bien cuidado por la familia, acusaban ya los años, pero allí estaba, tomando unos ratos el sol y otros la sombra, pues de todo se cansaba.

Todos hacen lo mismo, como su futuro anda escaso, recuerdan su pasado, por si encuentran vivencias desubicadas y estuvieran a tiempo de recolocarlas.

Aquel día comería en la residencia la comida que tan poco le gustaba pese a ser su cumpleaños. ¿Por qué si tenía familia? porque el destino, o vaya usted a saber qué, lo había dispuesto así, pero todos sabemos que cuando el destino cierra unas puertas abre otras, porque por algún sitio hemos de pasar, aunque sea a tientas como él.

Cuando ya era hora de regresar a su actual hogar, una de las hijas del amigo centenario, se presentó con una tarta de queso de las que a él tanto le gustaban.

Le emocionó el detalle, aunque intentó disimular; prometió repartir el delicioso postre entre sus compañeros, pues todos ellos padecían, quien más, quien menos, de la misma enfermedad: la soledad.

Desde hacía un tiempo una compañera nueva de residencia le acompañaba a la plaza, ambos se hacían compañía durante el camino.

La compañera, tenía una insignificante planta que, aunque no recordaba quien se la había regalado, para ella era su jardín botánico; pero la planta crecía y arrastraba ya en el suelo; no sabía qué hacer, lo comentó en la plaza y alguien le acercó un bote de plástico con el que poderla elevar; algo insignificante, pero para ella y para la planta fue como un hermoso pedestal.

¿Qué haría cuando la plantita creciera y volviera a rozar el suelo? Aquel día seguro que llegaría otra solución, ¿por qué preocuparse hoy de lo que todavía estaba por llegar?

Y así, recordando tiempos de atrás, pasan los día los ancianos que con la mirada un tanto perdida, proporcionan los tonos cálidos y cierto aire de realidad a las plazas; de los colores vivos y alegres se encargan los niños y los jóvenes, que no piensan que un día la vejez también les llegará.

Este sencillo escrito es mi pequeño homenaje a todos los abuelos que ahuyentan su soledad en las plazas y en concreto a unos abuelos muy especiales a los que, desde aquí, les envío un fuerte abrazo.

18 Replies to “LA PLAZA DE INVIERNO”

  1. Ana : muchas gracias por el escrito lleno de cariño y aunque estos abuelos que comentas para mi tienen nombre y lo mejor de todo un gran corazon , bueno como el tuyo que sabe dictar tan bonitas palabras para descubrir una gran verdad.
    La soledad de los ancianos!

  2. Qué bonito y entrañable relato, Ana María. Es cierto que los ancianos “colonizan” muchas plazas de nuestro entorno y que sin ellos, ya no serían lo mismo. Forman parte de un paisaje emocional que a todos nos recuerda a seres queridos y que debería hacernos pensar en el futuro. A todos nos llegará ese tiempo de tomar el sol en las plazas acompañados de otros ancianos 🙂 Muy tierno, me ha encantado.

    ¡Un beso grande!

    • Totalmente de acuerdo, Julia. Yo siempre recuerdo a mi padre cuando paso por esa misma plaza y veo los bancos que se sentaba.
      Gracias por pasarte y comentar.
      Un fuerte abrazo.

  3. ¡Hola, Ana! Precioso homenaje a nuestros mayores, digo nuestros porque su experiencia, la sabiduría de toda una vida es un tesoro para todos. La plaza y los ancianos me evoca a lo que en tiempos de Grecia se llamaba ágora, el lugar público donde se compartía el saber. Delicioso texto. Un abrazo!!

    • David, me alegra mucho tu visita y agradezco tus palabras.
      Está bien la comparación con el Ágora de la antigua Grecia, porque de experiencia los abuelos andan sobrados.
      Un abrazo

  4. Hola,
    Un hermoso y tierno homenaje a todos los abuelitos de esas plazas. Un texto narrado con mucha sensibilidad y elegancia.
    Hace años hice voluntario en una residencia para ancianos, aprendi mucho con sus consejos, y tengo memorias imborrables. La mejor experiencia de mi vida.
    Un placer leerte.
    Saludo!

    • ¡Hola, Yessy!
      Me alegra mucho tu visita y tu comentario.
      Curiosamente, en la blogosfera nos vamos encontrando personas a las que nos gusta escribir, pero que además tenemos una sensibilidad parecida y eso es muy gratifcante.
      Un fuerte abrazo

  5. Hola, me acordé que no me pasaba por tu espacio, y me he encontrado con una historia tierna sobre los abuelos, que platican en la plaza para olvidar su soledad y contar sus recuerdos. Me gusta escuchar a los ancianos porque de ellos se aprende muchísimo. Valoro mucho tu tesón en el mundo de las letras. Un abrazo.

    • Buenos días Lola, agradezco mucho tu visita y tu comentario.
      Es un sencillo reconocimiento hacia los abuelos que pueblan nuestras plazas y que un día también fueron jóvenes.
      Un abrazo

  6. Muchas gracias Ana por rendir homenaje a éstos nuestros abuelos y ancianitos. Se merecen todos los respetos y reconocimiento. Un abrazo enorme.

  7. Me ha gustado este relato tiernísimo acerca de nuestros mayores, las personas más frágiles de nuestra sociedad y las más sabias. Y el gran problema que se acrecienta con la edad: la soledad. Cuando pasas habitualmente por una de estas plazas y acostumbras a verlos, el dia que falta alguno de forma permanente lo echas mucho de menos. Y es el espejo en el que debemos mirarnos porque algún dia nosotros ocuparemos su lugar, y peor si no lo hacemos.

    • Buenas noches, Rosa. Gracias por pasarte por el blog y dejar tu comentario.
      Así es,la soledad de algunos mayores ha de ser muy dura de llevar.
      Un abrazo muy fuerte.

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