LOS GIRASOLES

LOS GIRASOLES

octubre 13, 2018 8 Por Ana Palacios

Como cada mañana, voy hacia la ventana que me mantiene unido al mundo exterior. Los años pesan como losas y, aunque mi mente permanece lúcida, pequeños pero repetidos ictus han dejado en mí secuelas irrecuperables.

Con la maestría que el tiempo me ha otorgado, coloco la silla en la posición adecuada para contemplar mi particular y reducido mundo. En la actualidad ya estoy habituado a ella; no fue así al comienzo, cuando su mera visión ponía de manifiesto mi dependencia.

Con el dulce sabor del éxtasis, comienzo a recapitular una pequeña parte de mi vida. Es la manera de mantenerme vivo, de volver a sentir y, a su vez, es el medio de liberarme de trabas.

Nunca sé qué parte de mi vida aflorará. Tengo la sensación de que las vivencias deciden por si mismas cuándo desean manifestarse y cuándo prefieren seguir ocultas. Es como un juego de magia en el que los recuerdos emergentes pierden la parte emocional que los oscurece y yo sano mi corazón y vacío la mente de contenido superfluo. El perdón hace posible el milagro.

Ya he repasado mi dura infancia, siendo el mayor de seis hermanos, en una familia falta de recursos. Revisar los años de mi difícil juventud es más costoso, pues las lágrimas afloran, recordando los miedos y las angustias de aquella adolescencia perdida entre disparos y envuelta en soledad: La evocación de las trincheras, el sonido de los devastadores bombardeos, el derrumbe de dos puentes de mi querida tierra…

Fui llamado a filas, junto a otros jóvenes, para incorporarme al campo de batalla. Por nuestra corta edad, éramos conocidos con el nombre de la “Quinta del biberón”. En más de una ocasión, pude comprobar como la muerte pasaba por mi lado sin rozarme, pero aquel conflicto bélico, que nunca debió existir, dejó en mi memoria escenas imborrables.

Al cruel escenario había que añadir la añoranza del entorno familiar; la responsabilidad de nuestra propia supervivencia y, más tarde, las consecuencias de pertenecer al bando perdedor.

Desde hace un tiempo, me niego a escuchar noticias, no puedo comprender que nuestro sacrificio haya dado como resultado la realidad política y social que nos rodea. Prefiero refugiarme en mis recuerdos.

Por suerte, todavía conservo un ápice de esperanza gracias a la labor encomiable de un voluntario, de la Asociación “Los Girasoles”, que se ha convertido en mi confidente y amigo. A veces, me pregunta detalles de aquellos difíciles años y le contesto ilusionado esperando que comprenda lo absurdas que son las guerras y los problemas que conlleva una sociedad fragmentada.

En mi recapitulación diaria, muchas veces sonrío al recordar buenos momentos, otras las lágrimas se deslizan por mis curtidas mejillas, pero al terminar siempre me siento mejor, como si llevase menos carga, como si se reconfortara mi corazón.

El viejo reloj de cuco del salón me devuelve a la realidad. Es hora de compartir junto a la familia la humeante y sabrosa comida que habrán preparado.

Mañana, aunque sentado en mi inseparable silla, volveré a sentirme libre durante un tiempo. Mañana, si despierto, será otro día…

***

En este reto se exigía que el relato llevara por título: “Los girasoles” y tratara el tema bélico.

Un compañero de letras me regaló este enlace, cuando leyó el escrito:   https://youtu.be/Jy_7Ufwgv6Y 

Si por alguna razón no podéis acceder a través de él,  podéis escuchar la canción en Youtube poniendo: Rozalén-Justo.

Rozalén le canta a un hermano de su abuela, de la Quinta del biberón. que no volvió. Mi padre, sí volvió y hoy cumpliría 98 años.