MAREA BAJA

MAREA BAJA

enero 13, 2019 26 Por Ana Palacios

Esta entrada está dedicada a todos los cuidadores no profesionales de personas enfermas o dependientes y, especialmente, a Mercé que perdió a su madre la pasada Navidad, así como a Eva, María Luisa, Vicenta, Carmen, Nuria y Conchita, ellas ya conocen la razón.

Ser cuidador no es tarea fácil, lo sé por experiencia. Lo estoy viviendo en mis carnes. Hemos de aprender sin manual de instrucciones. Son muchas las horas, los días, las semanas, los meses, los años de entrega desinteresada, conociendo de antemano que está perdida la batalla.

No voy a explicar todo lo que se ha de abandonar en el camino, porque los cuidadores ya lo saben y los que no lo son, puede que tengan dificultad para comprenderlo. Cuando llega el momento, el vacío que queda se compensa un poco con la tranquilidad sentida por haberle acompañado hasta el final de su camino.

Mi madre en estos momentos está haciendo un puzzle; puede que lo termine o puede que, colocar las 24 fichas de las que está formado, le suponga un esfuerzo insuperable. Si lo consigue se animará y tal vez comience otro, en caso contrario se sentirá derrotada y tendrá que asumir su limitación.

La historia se repite: los mismos juegos, la misma forma de caminar, la misma silla de ruedas, la misma mirada ausente, los inesperados cambios de humor, las limitaciones y dolores para los que sabes que no hay solución.

Cuando le tocó a mi padre, compré una televisión más grande para que viese sus películas preferidas: las del Oeste y las de Paco Martinez Soria, su actor favorito.

Ahora correrán mejor los caballos, —dijo, en un momento de luz, con su sonrisa burlona.

Recuerdo la cara de felicidad que asomaba a su rostro cuando veía aparecer en la pantalla al humorista; pero esto también se fue apagando y, aunque el actor seguía queriendo hacerle reír con sus frases y sus gestos, él permanecía ausente y con los ojos cerrados.

Papá ¿y si te pones las gafas? —le decía yo esperanzada.

Como respuesta, el silencio; ese nuevo huésped que entró a formar parte de nuestra familia sin haber sido invitado.

Compré un cubo rubik, puzzles sencillos y fichas de Lego. Al principio llamaron su atención y se metía tanto en los juegos que incluso olvidaba si había comido o no.

Más tarde no quería ni hablar de ellos y cuando yo insistía su respuesta, en un tono entre triste y enfadado, siempre era la misma: “Me gustaría ver qué haces tú cuando tengas mi edad”. Tajante, conciso, no decía más, era suficiente.

Yo intentaba buscar un rincón donde poder sacar el pañuelo sin que se notara demasiado o bien esperaba para soltar las lágrimas entre las sábanas.

Últimamente ando falta de tiempo para leer y escribir. Los horarios se alteran, el tiempo se reduce, pero aquí estoy haciendo de lazarillo.

No podemos evitar el final, pero tampoco hemos de olvidar que somos luz en el oscuro camino que ha de transitar la persona a la que cuidamos.

La imagen que ilustra la entrada es la fotografía de un cuadro de Kelly Arrontes, (Marea baja) amiga, pintora (con solo un nueve por ciento de visión) y, en su momento, también guía en el camino de su madre.