“COSAS INNECESARIAS”

abril 1, 2018 24 Por Ana Palacios

 

Ana Palacios

COSAS INNECESARIAS

Ya es primavera según el calendario y el Corte Inglés, pese a ello, el frío invierno se resiste a marchar y se aferra como puede en forma de viento, lluvia, hielo o nieve; no obstante, todos sabemos que pronto terminará rendido ante el  encanto de la colorida primavera.

Yo, que siempre presumo de ser puntual, he querido aprovechar estos días de la fiesta para hacer el cambio de ropa de los armarios, pero cuál ha sido mi sorpresa al comprobar que el viejo baúl donde pensaba guardar los nórdicos estaba lleno a rebosar.

—¿Qué ha pasado aquí? —me pregunté asombrada.

—Abre la ventana y ponte las gafas —dijo una voz que parecía salir del interior del baúl.

Decidí hacerlo porque quería ver bien lo que había dentro, más que por la misteriosa indicación.

—¡Santo cielo! —exclamé al ver el montón de cosas innecesarias allí guardadas.

—Por eso dije que abrieras la ventana y te pusieras las gafas.

—Es que no entiendo por qué guardé todas estas cosas aquí.

—Porque es muy fácil sucumbir a la tentación —susurró de nuevo la voz.

—Tal vez tengas razón pero te advierto que, después de ver esto, no tengo el ánimo para sermones.

—¡Disculpa que insista! pero mira con detalle porque soporto mucho más peso del que parece.

Sin saber por qué seguía respondiendo a aquella suave, insistente y diáfana voz.

He de decir que al viejo baúl, restaurado por las manos expertas de una amiga, le tengo un cariño especial porque perteneció a mi padre desde sus años de juventud.

Lo primero que sentí al acercarme a él fue el perfume de las flores de lavanda que suelo poner para que todo adquiera su fragancia, pero cuando levanté la tapa, aparecieron mantas bien dobladas ¡faltaría más! que, al parecer, había guardado  “por si…” llegaba alguna visita a casa; también un saco de montaña de cuando yo era joven y hasta un colchón hinchable y unas chirucas  “por si…”  alguna vez las necesitaba.

La verdad es que no recordaba que conservaba todas estas cosas, pero ese día, impulsada tal vez por la fuerza primaveral, me levanté con ganas de  remover a fondo la casa.

Mi sorpresa fue mayor cuando, entre las cosas tangibles, encontré otras que a primera vista no se percibían.

—¿Qué es esto que apenas se ve, pero se engancha como el chicle y mancha como el betún?

—A esto me refería, es imperceptible pero ejerce una pesada carga —respondió la voz, pese a que  mi diálogo era interno.

No, no estoy loca ni hablo de brujerías, os hablo de una cruda realidad: allí se encontraban ocultos entre las cosas guardadas:

* Miedos que oprimían mi libertad.

* Patrones mentales heredados y faltos de actualizar.

* Sufrimiento innecesario por esperar de la vida y de los demás cosas que nadie prometió que me iba a dar.

* Más de una crítica hecha sin conocimiento de causa.

* Hasta alguna pequeña expresión de odio había camuflada entre los pliegue de una manta.

—Pero ¿qué haces aquí, si yo pensaba que estas cosas ya no tenían cabida en mi casa? —pregunté un poco mosqueada.

—No te enfades y sigue buscando —dijo de nuevo la voz.

—Pero… ¡si también hay pequeñas partículas de racismo y pensamientos y emociones negativas en mi viejo baúl!

¿Racismo he dicho? ¡Por favor! ¿Cómo voy a tener eso yo?

—Se cuelan con la facilidad del viento o del agua —respondió de nuevo la voz del baúl.

—¿Cómo puedo presumir de limpia y ordenada teniendo tanta porquería en casa?

Esta vez la voz no respondió.

Humildemente reconocí que es mejor no presumir, pues como bien dice el refrán: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces” y, a mi edad, ya he descubierto que acercándome un poco más a la “Luz” siempre puedo encontrar algo de “suciedad” escondida entre los sinuosos pliegues del cerebro.

Dejé el baúl abierto al lado de la ventana para que el sol purificara su interior; llevé al “Punto Verde” cercano las cosas aprovechables para reciclar y después me dirigí a un contenedor. Uf!! Hubo cosas que no querían desprenderse, se enganchaban como lapas.

Libre de cargas o al menos eso creí, me fui a pasear para que también me diera el sol, al tiempo que reflexionaba…

Ya de regreso a casa lo tenía decidido, poco a poco iría revisando las diferentes habitaciones, porque hay emociones y pensamientos que adoptan formas tan sutiles que entran en nuestra casa y, fácilmente, se quedan en ella camufladas.

En esa labor estoy y cada día me siento un poco más ligera y llena de vitalidad ¿Será por la primavera?

¡Feliz reflexión!