NO HAY ATAJOS EN LA EVOLUCIÓN

NO HAY ATAJOS EN LA EVOLUCIÓN

agosto 25, 2018 4 Por Ana Palacios

Si se pudiera presumir de los defectos, yo sería muy presumida. Sobre todo, alardearía de mi disposición a dar consejos. ¡Madre mía, qué arraigada la tengo!

Puedo prometer y prometo que, cuando lo hago, dentro de mí no hay ni un ápice de superioridad. No, no es eso, aunque en ocasiones lo pueda parecer. Son ganas de compartir y de gritar a los cuatro vientos que, en mi lento caminar por la vida, he descubierto algo interesante, tras muchas equivocaciones y tropiezos.

Hace unos días, una persona a la que quiero y conozco desde hace años, me preguntó si podía hablar conmigo un ratito. Le dije que sí y me propuse no darle consejos. En nuestra agradable charla, seguro que alguno se escapó, cual enano saltarín, pero ya no fue como años atrás, que parecía estar yo en posesión de la verdad, cuando en realidad solo conocía una parte de ella, es decir: mi verdad.

La persona mencionada, con toda su inocencia, pese a que ya tiene unos años, me contó que, ante la “crisis existencial” por la que estaba atravesando, visitó varias veces a una “persona cualificada”, quien le propuso hacer una terapia que le permitiría avanzar con más rapidez en la vida.

Cuando escuché aquello, algo se me disparó por dentro, pero creo que conseguí dominar el impulso y la bala no llegó a salir. Si no recuerdo mal, tan solo dije: Si crees que te ayuda, continúa con las visitas, pero si alguien presume de disponer de una energía y una capacidad regalada por el Universo, cobra por cada visita 70 euros y por el precio de 350 ofrece una “presunta solución” para los problemas, estaría bien que, como poco, te cuestionaras su generosidad. No hablo de profesionales, sino de iluminados, aunque he de concretar que en ambos gremios, los hay buenos y los hay aprovechados.

¿Quién no ha tenido “crisis existenciales”? ¿Quién no ha buscado ayuda, ante una encrucijada, para ver más claro el camino a tomar y aliviar el sufrimiento? Confieso que yo fui una de esas personas y algo de beneficio saqué, porque fue entonces cuando empecé a escribir mis primeros cuentos, pero reconozco que los pagué a precio de oro, pese a quedar ocultos en mis cuadernos.

Desde mi humilde opinión, la familia es el punto de partida de nuestro aprendizaje de valores. Más tarde se van fortaleciendo, o eso sería lo deseable, a través de la enseñanza recibida en los centros docentes, al tiempo que recorremos el plan de estudios vigente.

Hoy, con unas cuantas experiencias ya sobre mis espaldas y convencida de que el significado de la vida es la evolución de la conciencia, me atrevo a decir que, sobre los fundamentos adquiridos en la familia y en la escuela o colegio, será la vida la que nos pondrá a prueba y se encargade nuestro verdadero “crecimiento”.

A veces, dudamos del camino que hemos de tomar para salir del laberinto frente al que nos coloca y entonces los miedos, así como otras emociones hacen que veamos monstruosos gigantes donde solo hay molinos de viento…

En esos momentos, es bueno recordar que tenemos derecho a equivocarnos, a tropezar, a levantarnos, a volver a caer. Que hemos de aprender a pescar, a cazar, a cobijarnos, a salir al exterior, a no culpar a los demás de nuestros errores y a ser, en definitiva, patrones de nuestro velero.

Y volviendo a esa “iluminación” de la que algunos presumen, voy a poner un sencillo ejemplo: Imaginad a un niño, de unos ocho o nueve años, con una inteligencia normal, en un aula universitaria, donde se imparte una clase sobre ingeniería aeroespacial, o, por ponerlo más fácil, sobre derecho administrativo o procesal. ¿Pensáis que entendería algo?.

Esto me ha recordado que una de las profesiones que más admiro es la enseñanza (quizás de ahí venga mi deformación…)

¡Qué hermosa labor se puede hacer desde ahí! aunque ahora todo ha cambiado tanto… Derechos, más derechos, ausencia de obligaciones, maltratos, acoso… Uf! Reconozco que antes era mucho más fácil, tanto estudiar, como dedicarse a la enseñanza.

Y para terminar una frase archiconocida: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar…”