CARTA DE UN ANIMAL MALTRATADO

CARTA DE UN ANIMAL MALTRATADO

Querido amigo humano.

Soy un animal maltratado y como no sé expresarme como tú, una amiga se ha ofrecido para escribir esta carta en mi nombre y en el de todos los animales maltratados o abandonados, porque a todos nos une el dolor que un día sentimos y el agradecimiento hacia los que hoy nos protegéis y nos ofrecéis una nueva oportunidad.

Somos muchos los mutilados, maltratados o abandonados que vagamos de aquí para allá sin un cobijo donde guarecernos y sin apenas nada para comer; solo nos queda esperar que llegue nuestro fin, sin llegar a comprender qué razón mueve a un ser humano para hacer cosas así.

¿Podéis imaginar un mundo sin animales?

¿Os habéis parado a pensar que los animales poblamos la Tierra desde mucho antes que el hombre?

Podemos entender que hayáis evolucionado más que nosotros y que, por tanto, pertenezcamos a un reino inferior, pero siempre y cuando vosotros os comportéis como “animales racionales”, porque cuando no utilizáis la razón, cuando provocáis guerras, cuando apaleáis, maltratáis o abandonáis a un ser vivo os convertís en el animal más devastador que existe sobre la Tierra.

Cierto es que nosotros también nos peleamos, casi siempre por defender la comida o el territorio, pero no debéis olvidar que a los animales solo nos mueven nuestros instintos y no sabemos hacer más, pero nunca presumimos de lo contrario.

Si vosotros os comportárais como lo que realmente sois, tal vez nosotros también iríamos cambiando, porque ya sabéis que: “el batir de las alas de una mariposa puede provocar un huracán en la otra parte del mundo” o dicho de otra forma: las pequeñas acciones pueden generar grandes cambios.

Hay quien dice que, cuando se abandona a un animal, éste nunca olvida a los primeros dueños y, en algún caso, puede que  sea así, pero ¿acaso vosotros olvidáis a los familiares o amigos que se van? Recordarlos no significa que, con el tiempo, no se pueda amar a otros.

El agradecimiento que sentimos cuando unos ojos nos miran con ternura, cuando una mano nos acaricia o simplemente cuando sentimos que alguien nos acepta como lo que realmente somos, genera en nuestro interior un huracán de amor que, sin lugar a dudas, ha de provocar algo bueno.

¡Qué hermoso sería que dejarais de vernos como cosas o como objetos desechables y nos vierais como seres vivos que sentimos emociones y que os necesitamos, como vosotros nos necesitáis a nosotros.

Gracias amigo por aceptarme como soy, por no buscar presumir de tener un animal de raza o con pedigrí, gracias porque pese a que presento un aspecto desaliñado e incluso puedo sufrir algún defecto provocado por las torturas recibidas, me has abierto la puerta de tu corazón, de tu familia y de tu casa.

Ten paciencia conmigo, no es que no me fíe de ti, es que tras las experiencias vividas, no me fío de nadie, comprende que razones no me faltan; pero si te conformas con lo que hoy te puedo dar, seguro que con el tiempo compensaré tu esfuerzo y podremos compartir juntos nuestra vida y nuestro sueño, el de aspirar a que el hombre se comporte como un “animal racional”, que en el mundo desaparezca el odio y la sinrazón y en su lugar nos envuelva la comprensión y el amor.

Por favor, si lo consideras oportuno, comparte este escrito para que llegue a todas esas personas que nos protegen y nos cuidan, porque a todas ellas va dirigida mi carta.

Te da las gracias,

 

Un animal maltratado

ANIMALES CON CORAZÓN (IV)

CAPÍTULO CUARTO: NUESTRO NUEVO HOGAR

En la “casa-cuna” de acogida estábamos como en el cielo. Nos trataban con mucho cariño y nos lo pasábamos “pipa” subiendo y bajando por una estructura especial que había para gatos, eso sí, cuando los gatos grandes no nos veían.

Pasaron los días y de nuevo vinieron aquellas personas que para nosotros eran especiales y que hablaban de cosas que no entendíamos. Tras saludarse,  salieron a vernos y se asombraron de lo mucho que habíamos crecido. Todos fueron muy cariñosos y especialmente la que nos había adoptado, que estaba deseosa de llevarnos con ella.

Cuando llegó el momento de marcharse, se acercaron con algo parecido a una caja con ruedas y con mucho cuidado nos metieron dentro a mi hermana Luna y a mí. Nunca habíamos ido en una cosa así, no nos gustó mucho pero echaron un líquido dentro de la caja que nos fue relajando y marchamos los dos con nuestra nueva “amita” y otra compañera del grupo, que también le gustaban los gatos, pero que por razones de espacio no podía adoptar ninguno. Por el camino, aunque un poco adormilados, recordábamos a la pareja de ángeles que nos había cuidado tan bien y a Blanquita, nuestra hermana pequeña, que había quedado sola, pero que como ya sabéis también la habían adoptado. Nos despedimos de ella, como lo hacemos los gatos y emprendimos nuestro camino en la vida. No olvidéis que hay que adaptarse a las nuevas circunstancias y eso los animales lo sabemos muy bien.

La singular caja en la que íbamos, ahora se que se llama transportín, rodaba por la calles impulsada por el brazo de nuestra nueva “amita”, que iba tan inquieta o más que nosotros.

-¡Ay, señor. He adoptado dos gatos. -Se repetía en silencio.

Finalmente llegamos a la casa, pero no vimos nada, porque directamente nos llevó a una habitación, abrió el transportín y nos dejó en libertad. Allí no había estructuras, como en la otra casa, pero había cojines, bolsas para escondernos y bonitas cajas de cartón para dormir; no nos pusimos a descansar hasta que no tuvimos todo bien olisqueado e impregnado con nuestro olor.

De vez en cuando se abría un poquito la puerta y asomaba la cabeza de nuestra nueva “amita” y al momento volvía a cerrarse al ver que estábamos bien, Creo que durmió ella menos que nosotros. Desde entonces esa habitación es nuestro refugio.

A la mañana siguiente, nuestra “amita” abrió la puerta de la habitación y nos invitó a salir. Estábamos un poco temerosos ¡todo era nuevo! Allí no había tantos juguetes, pero vimos a dos personas que nos miraban con mucho cariño y enseguida supimos que tanto ellas como nosotros íbamos a estar muy bien.

En esta foto estamos dentro de una bolsa muy bonita que nos preparó, pero un día a Luna le dio por rascar con sus uñas y la destrozó; buenos he de decir que yo también colaboré un poco.

Una noche, decidimos ponerles un nombre para distinguirlas cuando nos referíamos a ellas y aunque no sea muy original decidimos llamarlas “Osa mayor” y “Osa menor”, porque las dos tienen el cabello blanco y más o menos la misma altura, pero una tiene más edad que la otra, porque es su mamá. ¡tiene suerte de poderla disfrutar todavía!

Mi hermana Luna os contará más cosas sobre ellas, pues ya me está diciendo que si cuento todo, ella no tendrá cosas para contar, así que aquí termino este capítulo, que trata del inicio de nuestra vida en adopción, de la suerte que hemos tenido con estas dos almas con cabello blanco que nos han adoptado y de lo agradecidos que estamos con todos los que, anteriormente, nos protegieron y nos cuidaron.

Hola a todos, soy Luna. Algunos os preguntaréis la razón por la que no escribo yo; bien, pues no lo hago porque mi hermano siempre ha ejercido de hermano mayor y algún privilegio debía tener, así que él se expresa antes y yo me expresaré después.

Será una visión algo distinta, pues cada animal tenemos nuestra propia personalidad. Es como si mi hermano contase “el qué” y yo el “por qué”, más o menos, porque no hay que olvidar que somos gatos. 

A Sol le gusta comer de todo y con tal de que lo acaricien y pueda hacer sus escapadas a casa de los vecinos ya está contento. Yo también soy feliz, pero soy un poco más rarita con la comida y me gusta mucho observar, ya podéis ver en la foto que mi mirada es penetrante, bueno, todo lo que puede ser la mirada de una gata.

Ahora, mi aspecto ha cambiado un poco, el pelo del lomo se ha oscurecido y parece que se me cae menos, todos estaban preocupados  y no se daban cuenta de que lo estaba cambiando.

El próximo capítulo tratará sobre “La llamada de la naturaleza” y estoy segura que os gustará. Contamos con vuestras visitas y comentarios. Os esperamos.

 

ANIMALES CON CORAZÓN (III)

CAPÍTULO TERCERO: LAS ADOPCIONES

Un día, nuestros ángeles protectores tuvieron visita, primero solo escuchamos sus voces, luego vinieron a vernos y, tras un rato de observarnos y de conversaciones entre ellos, decidieron adoptar a mi hermano. He de reconocer que mi hermano era tan guapo o más que yo. Nos quedamos tranquilos, parecían buenas personas.

Aún así, aquella noche, nos costó un poco conciliar el sueño; el momento de separarnos estaba próximo a llegar y aunque somos animales, pese a lo que algunos piensan, os puedo asegurar que echamos a faltar la compañía y el cariño e incluso podemos enfermar de soledad.

Otro día, vinieron más personas a la casa, pero no parecían estar interesados en nosotros. Hablaban de otras cosas que yo no entendía, aunque más tarde comprobé que a todos les gustaban los animales.

Cuando estas personas llevaba allí un buen rato, sentimos pasos y la cortina que nos cubría se levantó. Yo estaba cerca de la puerta de nuestro cobijo, pues, como sabéis, ejercía de hermano mayor. Cuando quedamos al descubierto, pese a tener los ojos todavía medio cerrados, vi una mano que se acercaba, una cabeza con cabello blanco, casi como el de mi hermana y un corazón sobrado de ternura; bueno, eso no lo vi, solo lo percibí y entonces busqué los ojos de aquella cabeza y le lancé una mirada llena de encanto. No podía ser de otra manera, cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí que su corazón se aceleraba.

-Ay! Qué gatitos -dijo, y me tomó entre sus manos.

Yo empecé a gatear sobre su brazo, quería impresionarla y demostrarle que ella a mí también me gustaba.

-Llévate el gatito -le decían.

Ella se resistía, no por falta de ganas, sino porque no entraba dentro de sus planes tener un gato. Yo me subí hasta su hombro para que se pudiera admirar mi pelaje anaranjado. Ella me acarició.

-Estoy perdida -dijo al momento y fue cuando supe que la había conquistado.

-¿Qué pasará con mis hermanitas? -pensaba yo. Entonces alguien del grupo, que entendía de gatos, dijo:

-¿Por qué no te llevas dos?

Y la que me llevaba en brazos contestó:

-¿Quéeee? pero si yo nunca pensé adoptar un gato ¿cómo voy a adoptar dos?

El grupo la animaba; ella se debatía entre la duda; por ganas se hubiera llevado a los cuatro pero, al parecer, damos trabajo y gasto.

Me dejó junto a mis hermanos y ellos volvieron a su trabajo. Al acabar la tarde volvió a mirarnos y finalmente se decidió: nos adoptaba a los dos, a mi con el nombre de Sol y a mi hermana siamesa, le puso el nombre de Luna.

Como todavía éramos muy pequeños no nos pudo llevar con ella, pues al parecer, necesitaba una autorización, así que seguimos los cuatro en aquella casa en la que con tanto mimo nos cuidaban.

¿Qué pasará conmigo? -Decía temblorosa mi hermana blanquita.

La duda pronto se disipó, pues unos días más tarde, llegó otra visita y la adoptó. Salvo mi hermana siamesa y yo, los demás iban a estar solos, pero las personas que vinieron a adoptarlos nos gustaron y sabemos que los dos están bien.

……………………………

Si te ha gustado, por favor pásalo a los “amigos de los gatos” y no dejes de visitarnos la próxima semana que ya estaremos en nuestra casa de adopción. Gracias!!!

ANIMALES CON CORAZÓN (I)

Este sencillo, emotivo y simpático cuento está dedicado, en general, a todo el “mundo mundial” y en especial a los niños y a los protectores y amantes de los animales.

LAS VIVENCIAS DE SOL Y LUNA

 

CAPÍTULO UNO:  PRIMEROS RECUERDOS DE SOL

 

Hola!, me llaman Sol y os voy a contar en este capítulo los primeros recuerdos que tengo de mi vida y cada semana os iré contando cosas nuevas; después será mi hermana Luna la que os contará su punto de vista.

Nacimos en un lugar deshabitado. Nuestra madre era una gata de esas que llaman callejeras, nuestro padre fue un total desconocido para nosotros.

Creo que soy el mayor de los cuatro hermanos, porque siempre fui un poco más desarrollado que ellos.

Nuestra madre se sentía muy orgullosa de nosotros, pues a todos los gatos que venían por donde estábamos les decía que éramos preciosos, claro que eso lo deben pensar todas las madres… Mi único hermano era gris atigrado, muy guapo, con razón fue al primero que adoptaron. También tenía dos hermanas, una casi toda blanca y otra siamesa, con la que, actualmente, comparto mi vida y mis juegos.

Lo único que recuerdo del lugar donde nacimos fue que, pese a estar algo resguardado, desde él se oían muchos ruidos de esas máquinas que los humanos llamáis coches; también había suciedad, pero eso lo sé ahora que puedo comparar con el lugar en el que vivimos, antes pensaba que eso era lo normal.

Nuestra madre era una muy buena madre, aunque fuera callejera, estaba siempre pendiente de nosotros, nos lamía, nos acicalaba, nos daba de mamar leche calentita y nos abrazaba, como solo saben hacerlo los gatos ¡Qué bien se estaba entre las patitas de nuestra madre!

Pero, una noche, salió a cazar para poder tener leche con la que alimentarnos, tras lamernos con cariño y advertirnos como siempre: no salgáis de aquí, la calle es muy peligrosa, volveré pronto y de nuevo estaremos juntos. Nosotros quedamos allí, los cuatro acurrucaditos, hechos un ovillo, dormitando mientras esperábamos su regreso. Pero ese regreso nunca se produjo y de pronto se hizo evidente para los cuatro que nuestra madre tenía razón, la calle era un lugar  muy peligroso.

Al principio, como éramos muy pequeños, no sabíamos qué hacer, así que nos apretábamos bien los cuatro para darnos calor y ésto nos consolaba, pero nuestros estómagos seguía vacíos y reclamaban la dosis de leche de nuestra madre. No solo teníamos hambre, también teníamos frío y nuestras fuerzas iban desapareciendo.

 

Nos encontró un señor que no parecía andar muy sobrado, pero se apiadó de nosotros, nos colocó dentro de una caja y nos llevó a su vieja furgoneta. Nosotros no estábamos acostumbrados a ese movimiento. Todo temblaba y dos de mis hermanos casi vomitaron y digo casi, porque si hubieran tenido algo en el estómago lo habrían sacado, pero de un saquito vacío poco o nada puede sacarse. Como no teníamos a nadie para consolarnos, nos relajaba el contacto de nuestros cuerpos y los gemiditos que salían de nuestras pequeñas gargantas.

Aquel cacharro con ruedas iba y venía, o tal vez solo iba, porque no sabíamos si se dirigía hacía algún lugar determinado o solo circulaba con su vieja furgoneta en busca de hierros torcidos y otros trastos viejos con los que la iba llenando. De vez en cuando nos ponía un poco de leche que sacaba de una botella. El hombre hacía lo que podía y, al menos, sabíamos que alguien se ocupaba de nosotros. No obstante, todos sabéis que la falta de una madre no se compensa con nada.

Si os ha gustado el primer capítulo, no dejéis de leer el siguiente la próxima semana y por favor compártelo con los amantes de los gatos y con las personas sensibilizadas con los animales.

Gracias!!!