LA BLOGOSFERA

LA BLOGOSFERA

Según dice “San Google” el término blogosfera se utiliza para describir el mundo de los weblogs como comunidad o red social.

Como ya he dicho otras veces, soy muy nueva en las redes y frecuento alguna desde que tengo el blog, es decir, desde hace menos de un año.

Empezaré por dar las gracias a todas las personas que leen mis escritos, a las que utilizan parte de su tiempo en hacer algún comentario, así como a los que le dan al “me gusta” o al “G+”.

Algunas veces me gustaría poder darles las gracias mirándoles a los ojos, cosa imposible en un mundo virtual, pero quiero que sepan que agradezco su dedicación. Yo no puedo corresponder tanto como me gustaría, pero de vez en cuando también les voy visitando.

Quiero decir que he conocido personas fantásticas, que me animan, me sugieren retos o incluso me han enseñado a dar los primeros pasos en un mundo en el que iba más perdida que una gamba en el desierto.

Éste es el caso de mi “maestro particular”, Pedro Fabelo; no lo busqué, porque como ya sabéis: “Cuando el alumno está preparado aparece el maestro”; aunque también hay quien dice que es justo lo contrario, es decir que “cuando el maestro está preparado aparecen los alumnos”. En cualquier caso, mi amigo Pedro apareció por sorpresa y es gracias a él que el fondo de mi blog se ha llenado de margaritas. ¡Me encantan las margaritas!

Un día recibí un mensaje que más o menos decía:

—Vilma ¿te gustaría cambiar un poco el aspecto de tu blog?

—Claro que me gustaría, Pedro, pero no sé como hacerlo.

—No te preocupes que para esto están los amigos —me respondió.

Dicho y hecho, a los pocos días recibí otro mensaje con un corto y sencillo “manual de instrucciones”.

Me puse frente al ordenador y empecé a ejecutar sus directrices. No salió a la primera, he de reconocerlo, pero al final lo conseguí.

—Pedroooo! Ya se ha llenado de flores mi blog.

—Vilmaaaa! ¡Qué bonito te ha quedado!

Y así andamos los dos, a gritos desde la distancia, imitando a los dibujos animados  Los Picapiedra.

Alguien puede preguntarse si se puede hacer amistad en la blogosfera, incluso yo hubiera dudado hace apenas un año, pero hoy presumo de tener amigos que no conozco, pero que se prestan a orientarme en labores que para mi son irrealizables. ¡Perdón! Eran irrealizables.

Le compré a Pedro los dos tomos de humor absurdo que ha publicado, cuyas fotos ilustran esta portada, y me propuso, como a todos los que se los compran y tienen un blog, que si le daba mi opinión sobre su obra y le mandaba una foto me dedicaría una entrada. Así que, aunque no soy mucho de fotos, le mandé dos composiciones. Os invito a que entréis en Absurdamente, de Pedro Fabelo y allí nos veréis.

Y ya no voy a decir más, salvo enviaros su enlace y esperar que le visitéis, para ver lo guapos que estamos, pero sobre todo para leer sus escritos de un humor que tiene tanto de absurdo como de inteligente.

Éste es el enlace de un maestro de las letras cuyo corazón rebosa generosidad.

Absurdamente, Pedro Fabelo

https://pedrofabelo.blogspot.com.es/

¡Gracias a todos por estar ahí!

No hay personas desconocidas, sino amigos que aún te quedan por conocer. -William Butler Yeats.

LA PLAZA DE INVIERNO

LA PLAZA DE INVIERNO

Un día más se encontraban en la plaza de invierno, como ellos la llamaban, aunque su nombre fuera otro.

Era un lugar resguardado del posible viento, donde el sol caldeaba el frío que se dejaba sentir en sus deteriorados cuerpos.

Él se llamaba… ¿qué importa como se llamara? él era uno más de los ancianos que llenaban la plaza de recuerdos, de vivencias pasadas y sin duda de añoranzas.

El griterío, la alegría, las risas, los juegos, los correteos estaban a cargo de los niños, no podía ser de otro modo.

Tras quedarse viudo y ser consciente de la realidad, decidió retirarse a una residencia, la que ahora era su casa; sus actuales amigos algún residente y sus compañeros de plaza y su familia… su familia seguía siendo la que era, aunque apenas la viera.

Pero él no estaba triste, siempre tenía una sonrisa, un inocente chiste, una frase para decir en el momento oportuno; apenas veía, pero se las arreglaba bien para orientarse desde la cercana residencia hasta la plaza, cuando no había algún ángel sin alas que le acompañara.

En compañía de los ancianos o te deprimes o aprendes a disfrutar de las cosas pequeñas, las cosas grandes pocas veces llegan y menos a esa edad, pero hay un gran abanico de pequeñas cosas que pueden alegrar el día.

En la plaza se encontraba con un compañero centenario: excelente persona, gran caminante mientras sus piernas lo permitieron y buen narrador de chistes y de historias de su infancia y su juventud.

Tanto la mente como el cuerpo del compañero centenario, pese a estar muy bien cuidado por la familia, acusaban ya los años, pero allí estaba, tomando unos ratos el sol y otros la sombra, pues de todo se cansaba.

Todos hacen lo mismo, como su futuro anda escaso, recuerdan su pasado, por si encuentran vivencias desubicadas y estuvieran a tiempo de recolocarlas.

Aquel día comería en la residencia la comida que tan poco le gustaba pese a ser su cumpleaños. ¿Por qué si tenía familia? porque el destino, o vaya usted a saber qué, lo había dispuesto así, pero todos sabemos que cuando el destino cierra unas puertas abre otras, porque por algún sitio hemos de pasar, aunque sea a tientas como él.

Cuando ya era hora de regresar a su actual hogar, una de las hijas del amigo centenario, se presentó con una tarta de queso de las que a él tanto le gustaban.

Le emocionó el detalle, aunque intentó disimular; prometió repartir el delicioso postre entre sus compañeros, pues todos ellos padecían, quien más, quien menos, de la misma enfermedad: la soledad.

Desde hacía un tiempo una compañera nueva de residencia le acompañaba a la plaza, ambos se hacían compañía durante el camino.

La compañera, tenía una insignificante planta que, aunque no recordaba quien se la había regalado, para ella era su jardín botánico; pero la planta crecía y arrastraba ya en el suelo; no sabía qué hacer, lo comentó en la plaza y alguien le acercó un bote de plástico con el que poderla elevar; algo insignificante, pero para ella y para la planta fue como un hermoso pedestal.

¿Qué haría cuando la plantita creciera y volviera a rozar el suelo? Aquel día seguro que llegaría otra solución, ¿por qué preocuparse hoy de lo que todavía estaba por llegar?

Y así, recordando tiempos de atrás, pasan los día los ancianos que con la mirada un tanto perdida, proporcionan los tonos cálidos y cierto aire de realidad a las plazas; de los colores vivos y alegres se encargan los niños y los jóvenes, que no piensan que un día la vejez también les llegará.

Este sencillo escrito es mi pequeño homenaje a todos los abuelos que ahuyentan su soledad en las plazas y en concreto a unos abuelos muy especiales a los que, desde aquí, les envío un fuerte abrazo.

LA RECAPITULACIÓN

LA RECAPITULACIÓN

 

Sus manos, temblorosas, se deslizaban suavemente por las ruedas, en unos movimientos torpes y sin impulso, que apenas le permitían desplazar la silla y disfrutar de un mínimo grado de movilidad y autonomía.

Los noventa y cuatro años pesaban y, aunque su mente todavía estaba lúcida, pequeños pero repetidos ictus habían dejado secuelas físicas irrecuperables.

Aquella mañana, tras realizar, con una minuciosidad casi solemne, sus habituales actos matutinos, se dirigió hacia la ventana, su lugar favorito.

Estos grandes ventanales le mantenían unido al mundo exterior, cuando su precaria salud o las inclemencias del tiempo le impedían disfrutar de su acostumbrado y corto paseo matutino.

En un gesto casi reflejo la abrió. Los cálidos rayos del sol y la suave brisa de la mañana acariciaron su rostro. El latir de su corazón se aceleró. Será que la primavera se deja sentir aún en mi viejo y cansado corazón se dijo en voz baja, esbozando una débil sonrisa.

Con la maestría que el tiempo le había otorgado, se colocó en la posición adecuada para contemplar su particular y reducido mundo. En la actualidad ya estaba habituado a la silla; no fue así al comienzo, cuando su mera visión ponía de manifiesto su dependencia.

En esta época del año, los campos de trigo formaban una hermosa alfombra verde estampada de amapolas y pequeñas flores silvestres. Era imposible sentir tristeza ante tanta vida, ante tanta belleza…

Con el dulce sabor del éxtasis, se dispuso a recapitular una pequeña parte de su vida; era la manera de mantenerse vivo, de volver a sentir y, a su vez, era el medio de liberarse de trabas.

Quería estar preparado para la última cita; el equipaje debía ser liviano; no podía llevar disfraces ni máscaras; todo debía ser trasparente como el agua, ligero como el aire y claro como la luz del sol.

Sí, sin duda alguna, la recapitulación diaria le ayudaba a desprenderse de las corazas que le pesaban y le oprimían.

¿Qué parte reviviría hoy? Era una incógnita; tenía la sensación de que las vivencias decidían por si mismas cuándo deseaban manifestarse y cuándo preferían seguir ocultas.

Era como un juego de magia en el que los recuerdos emergentes perdían la parte emocional que los oscurecía, quedando reducidos a meros acontecimientos; él sanaba su corazón y vaciaba la mente de contenido superfluo; el perdón y la comprensión, hacían posible el milagro.

A estas alturas ya había comprendido que no debía identificarse con sus emociones ni con sus pensamientos; sabía que su “verdadero yo”, tenía otra dimensión y todo lo demás debía quedar en un segundo plano; solo así su pequeña llama se avivaría y, llegado el momento, estaría pronta para ser absorbida, por la gran Luz de la que procedía.

Ya había hecho el repaso vivencial de la infancia y la primera y difícil juventud; ya las lágrimas habían aclarado sus ojos, recordando los miedos y las angustias de aquel adolescente envuelto en soledad.

La evocación de las trincheras, el sonido de los devastadores bombardeos, el derrumbe de dos puentes de su querida tierra…

Pero este capítulo ya estaba sanado y, aunque cierta sombra se obstinara en permanecer, la esperanza del idealista había triunfado: algún día la humanidad se vería libre de las cadenas impuestas por los demás y por uno mismo.

De pronto los últimos años tomaron protagonismo y revivió lo mucho que disfrutaron, su esposa y él, con un grupo de amigos que hicieron en el barrio. Él tenía buena memoria en la que almacenaba gran repertorio de chistes; disfrutaba haciéndolos reír y él también reía.

Entre las mujeres que iban a la plaza había una que lo piropeaba diciéndo que era “un hombre de pata negra”; a él le gustaba la expresión, pues imaginaba un buen jamón; otra de ellas parecía llevar siembre un manojo de besos para repartir; la otra, por el contrario, era más retraída y menos besucona.

Recordaba el día en que lo comentaron en el grupo y a él se le ocurrió decir que la que besaba menos, lo hacía con más pasión; les debió de gustar la broma porque rieron tanto que hasta el esfinter urinario de alguna cedió. Todavía sonreía al recordarlo.

Fue una etapa bonita mientras duró, sin preocupaciones, bien cuidados y con amigos con quien reír y compartir.

Finalmente los últimos amigos que la vida le había ofrecido se fueron marchando, en dos años los bancos quedaron casi vacíos; las plazas, sin ellos, no parecían las mismas.

En su repaso vivencial, algunas veces sonreía, otras las lágrimas se deslizaban por las curtidas mejillas, pero al terminar siempre se sentía mejor, como si llevase menos carga, como si se reconfortara su corazón.

El tiempo fue pasando lentamente y en silencio. El canto del ángelus, entonado por las celestiales voces de una cercana abadía, llegó a sus oídos haciéndole recordar que eran las doce de un día festivo.

Dando un profundo suspiro, y no sin esfuerzo, cerró la ventana. Su inseparable silla y él, volvieron a la realidad.

Era la hora de comer y no podía permitir que se enfriase la sabrosa y humeante sopa que le estaría esperando.

Mañana, volvería a sentarse junto a la ventana. Mañana, volvería a revivir y a sentirse libre durante un tiempo. Mañana, sería otro día.