LA RECAPITULACIÓN

LA RECAPITULACIÓN

 

Sus manos, temblorosas, se deslizaban suavemente por las ruedas, en unos movimientos torpes y sin impulso, que apenas le permitían desplazar la silla y disfrutar de un mínimo grado de movilidad y autonomía.

Los noventa y cuatro años pesaban y, aunque su mente todavía estaba lúcida, pequeños pero repetidos ictus habían dejado secuelas físicas irrecuperables.

Aquella mañana, tras realizar, con una minuciosidad casi solemne, sus habituales actos matutinos, se dirigió hacia la ventana, su lugar favorito.

Estos grandes ventanales le mantenían unido al mundo exterior, cuando su precaria salud o las inclemencias del tiempo le impedían disfrutar de su acostumbrado y corto paseo matutino.

En un gesto casi reflejo la abrió. Los cálidos rayos del sol y la suave brisa de la mañana acariciaron su rostro. El latir de su corazón se aceleró. Será que la primavera se deja sentir aún en mi viejo y cansado corazón se dijo en voz baja, esbozando una débil sonrisa.

Con la maestría que el tiempo le había otorgado, se colocó en la posición adecuada para contemplar su particular y reducido mundo. En la actualidad ya estaba habituado a la silla; no fue así al comienzo, cuando su mera visión ponía de manifiesto su dependencia.

En esta época del año, los campos de trigo formaban una hermosa alfombra verde estampada de amapolas y pequeñas flores silvestres. Era imposible sentir tristeza ante tanta vida, ante tanta belleza…

Con el dulce sabor del éxtasis, se dispuso a recapitular una pequeña parte de su vida; era la manera de mantenerse vivo, de volver a sentir y, a su vez, era el medio de liberarse de trabas.

Quería estar preparado para la última cita; el equipaje debía ser liviano; no podía llevar disfraces ni máscaras; todo debía ser trasparente como el agua, ligero como el aire y claro como la luz del sol.

Sí, sin duda alguna, la recapitulación diaria le ayudaba a desprenderse de las corazas que le pesaban y le oprimían.

¿Qué parte reviviría hoy? Era una incógnita; tenía la sensación de que las vivencias decidían por si mismas cuándo deseaban manifestarse y cuándo preferían seguir ocultas.

Era como un juego de magia en el que los recuerdos emergentes perdían la parte emocional que los oscurecía, quedando reducidos a meros acontecimientos; él sanaba su corazón y vaciaba la mente de contenido superfluo; el perdón y la comprensión, hacían posible el milagro.

A estas alturas ya había comprendido que no debía identificarse con sus emociones ni con sus pensamientos; sabía que su “verdadero yo”, tenía otra dimensión y todo lo demás debía quedar en un segundo plano; solo así su pequeña llama se avivaría y, llegado el momento, estaría pronta para ser absorbida, por la gran Luz de la que procedía.

Ya había hecho el repaso vivencial de la infancia y la primera y difícil juventud; ya las lágrimas habían aclarado sus ojos, recordando los miedos y las angustias de aquel adolescente envuelto en soledad.

La evocación de las trincheras, el sonido de los devastadores bombardeos, el derrumbe de dos puentes de su querida tierra…

Pero este capítulo ya estaba sanado y, aunque cierta sombra se obstinara en permanecer, la esperanza del idealista había triunfado: algún día la humanidad se vería libre de las cadenas impuestas por los demás y por uno mismo.

De pronto los últimos años tomaron protagonismo y revivió lo mucho que disfrutaron, su esposa y él, con un grupo de amigos que hicieron en el barrio. Él tenía buena memoria en la que almacenaba gran repertorio de chistes; disfrutaba haciéndolos reír y él también reía.

Entre las mujeres que iban a la plaza había una que lo piropeaba diciéndo que era “un hombre de pata negra”; a él le gustaba la expresión, pues imaginaba un buen jamón; otra de ellas parecía llevar siembre un manojo de besos para repartir; la otra, por el contrario, era más retraída y menos besucona.

Recordaba el día en que lo comentaron en el grupo y a él se le ocurrió decir que la que besaba menos, lo hacía con más pasión; les debió de gustar la broma porque rieron tanto que hasta el esfinter urinario de alguna cedió. Todavía sonreía al recordarlo.

Fue una etapa bonita mientras duró, sin preocupaciones, bien cuidados y con amigos con quien reír y compartir.

Finalmente los últimos amigos que la vida le había ofrecido se fueron marchando, en dos años los bancos quedaron casi vacíos; las plazas, sin ellos, no parecían las mismas.

En su repaso vivencial, algunas veces sonreía, otras las lágrimas se deslizaban por las curtidas mejillas, pero al terminar siempre se sentía mejor, como si llevase menos carga, como si se reconfortara su corazón.

El tiempo fue pasando lentamente y en silencio. El canto del ángelus, entonado por las celestiales voces de una cercana abadía, llegó a sus oídos haciéndole recordar que eran las doce de un día festivo.

Dando un profundo suspiro, y no sin esfuerzo, cerró la ventana. Su inseparable silla y él, volvieron a la realidad.

Era la hora de comer y no podía permitir que se enfriase la sabrosa y humeante sopa que le estaría esperando.

Mañana, volvería a sentarse junto a la ventana. Mañana, volvería a revivir y a sentirse libre durante un tiempo. Mañana, sería otro día.

ABSURDA CONVERSACIÓN, ¿O NO?

ABSURDA CONVERSACIÓN, ¿O NO?

Hace unos cuantos años asistí a una reunión de personajes «raros». Sí, yo también fui invitada, porque también me han tildado muchas veces de rara, incluso mi padre, de cuyo amor nunca dudé, me regalaba a menudo la frase de «hija mía, eres más rara que una pelota cuadrada»

Bien, a lo que íbamos ¿o acaso no íbamos a nada?

Como digo, acudí a aquella reunión un tanto expectante e intrigada y, ya en la primera vuelta por la sala, acerté a pasar cerca de dos «peculiares invitados» (me gusta más esta palabra) y generaron en mí tal curiosidad que decidí permanecer cerca para no perderme detalle.

—¡Hola! ¿Cómo te llamas? A mí me llaman «Alegría»

—¡Hola Alegría! A mi me llaman «Estrés», pero… ¿no eres demasiado joven para asistir a esta fiesta?.

«Alegría», esbozando una fresca sonrisa respondió:

—No soy tan joven como crees, de hecho tengo más edad que tú.

—Eso es imposible y no te pavonees, porque yo también me cuido y ya ves como estoy —respondió «Estrés», algo alterado.

—No me pavoneo «Estrés», es cierto lo que te digo, tú naciste mucho después que yo.  ¿Qué has hecho para encontrarte en este estado?

«Estrés», con el gesto todavía algo fruncido contestó:

—Llevo deprimido bastante tiempo, me encuentro desmotivado, abatido y hundido en el pesimismo. No le encuentro sentido a la vida, todo eso influye negativamente en mi día a día y, por las noches, me cuesta conciliar el sueño y duermo mal. He entrado en un círculo vicioso del que no puedo salir.

—Debe ser muy duro vivir así, ahora entiendo tu aspecto. No me gusta dar consejos, pero si quieres te contaré la fórmula que empleo yo.

—¡Cuéntame, por favor! —respondió «Estrés» nada convencido, pero algo intrigado.

—Desde mi punto de vista, sufres de «sobreexposición».

—¿Sobreexposición? ¿a qué?, apenas me da el sol ni el aire y el agua no digamos…

—Me refiero a «sobreexposición a la información», es muy común en los tiempos que corren.

—Nunca había oído hablar de esa enfermedad ¿es curable?

—Es curable, pero al mismo tiempo difícil de tratar.

—No me líes por favor, que me entran taquicardias.

—«Estrés», intenta relajarte, si pones de tu parte, seguro que mejorarás tomando unos cuantos comprimidos de “información alternativa”

—«Alegría», tengo la sensación de que hablamos en otro idioma, nunca he oído hablar de esa medicación.

—Bueno, ya sabrás que apenas hay publicidad de los productos alternativos, pues no son bien acogidos por ciertos sectores de la industria.

—No lo sabía, el tema «alternativo» no va mucho conmigo. Intentaré probarlo, pero ¡dime ya de qué se trata, que me estoy impacientando!.

—Yo tomo cada día tres comprimidos de «realidad alternativa». Uno antes de cada una de las principales comidas.

—¿No necesita receta médica?

—No. Está recomendado para los que manifiestan síntomas similares a los tuyos (aburrimiento, hastío, falta de motivación personal, sensación de no ser más que un número en la vida, etc).

—«Alegría», no creo que sea ésa medicación la razón de tu buen aspecto y salud, pero ¿tiene contraindicaciones? Porque todos los medicamentos las tienen y yo soy algo hipocondríaco.

—Sí «Estrés», he de ser sincera contigo, está especialmente contraindicado para los homófobos, xenófobos, clasistas y también para quienes sufren de incapacidad manifiesta para pillar los chistes o carecen de humor.

—¡Uf! No sé, no sé, tiene muchas contraindicaciones —masculló «Estrés», quien aún así preguntó:

—¿Hay que tomar altas dosis de esa medicación?

—Yo, como te he dicho, tomo tres comprimidos al día, aunque tal vez en tu estado hayas de aumentar la dosis.

—Tampoco te pases —respondió «Estrés» y continuo diciendo ¿qué pasaría si tomara más dosis de la necesaria?

—Una sobredosis de «realidad alternativa» puede hacerte perder el miedo a vivir y restarle importancia a cosas que en realidad no la tienen.

—Eso es muy peligroso, el miedo es una señal de alarma que nos avisa del peligro. Pero, en el caso de que esto ocurriera ¿cómo se manifiestan los posibles efectos adversos?

—Podrían manifestarse con la indiferencia, la sonrisa desdeñosa, la risa floja, la risotada y la carcajada.

—«Alegría» no comprendes mi situación ¿sabes cuánto hace que no río a carcajadas?

—Perdona «Estrés», yo solo intento ayudarte, si quieres me callo.

—No, ¡sigue! ¡sigue!, es que soy muy susceptible; pero anda, dime si a mi edad se puede tomar.

—Por supuesto que puedes, todos pueden beneficiarse de la “realidad alternativa” independientemente de su edad, raza, credo, condición sexual, situación económica o social. El único requisito imprescindible es poseer un alto nivel de autocrítica, alta capacidad para reírse de sí mismo y no tomarse la vida demasiado en serio.

—Ya decía yo que no me serviría, estoy condenado a seguir así.

—¿Qué parte de lo que he dicho no te convence? —Dijo «Alegría» disimulando una sonrisa.

—Es que eso de la autocrítica no va conmigo. Son los demás los que me estresan. Serían ellos los que deberían hacerse la autocrítica. Yo solo soy una víctima de su sinrazón.

Pese a ello, «Estrés» preguntó:

—¿Cómo se toma esa medicación?

—Con la mente abierta —respondió «Alegría», al tiempo que sonreía y abría sus brazos, como si pretendiera abrazar al mundo.

—Ése es otro problema añadido, yo me acatarro fácilmente y está llegando el invierno, por cualquier cosa que se abra se cuela el frío. Pero, ¿dónde puedo encontrarlo, si me decido?

—Es un producto muy abundante, pero no todo el mundo lo ve. Se presenta, en estado puro en la Naturaleza, pero sus principios activos también se encuentran en las obras de todos aquellos que ponen su talento e inspiración al servicio de la Humanidad, creando obras inmortales capaces de abstraernos de la maldad y la gilipollez que nos rodea.

—¿Al servicio de la Humanidad, has dicho? Parece que hables en chino. Seguro que en su composición hay algo peligroso.

—Depende de lo que llames peligroso, sus ingredientes son: Curiosidad, inteligencia, cultura, ironía, cierta dosis de sarcasmo, respeto hacia los demás y alguno más que no recuerdo.

—Bueno, miraré el «Vademecum», son ingredientes desconocidos para mí.

—Lo que tú digas «Estrés», estoy encantada de haberte conocido —dijo «Alegría» acercándose a «Estrés» afectuosamente.

—Adiós «Alegría» —dijo«Estrés» alargando su mano; perdona que te haga la «cobra», pero tengo cierta aprensión a tu forma de ver la vida y temo que se me contagie. Ahora, me voy a casa que, con tanta información, siento palpitaciones.

—Adiós «Estrés», —se despidió «Alegría» poniendo su mano en el corazón, como gesto de afecto y ofreciéndole una de sus mejores sonrisas.

—¡Qué personaje más curioso! —susurró «Alegría», ¿será así o estará representando un papel? En cualquier caso, ha sido divertido.

—¡Qué personaje más raro! ¡Mira que decir que he de cambiar yo…! No sabría ni por donde empezar. Y eso de abrir la mente, justo ahora que acaba de llegar el frío… ¡Qué ideas tan absurdas tiene la gente…! —refunfuñaba «Estrés», mientras partía.

Tras esta «curiosa» conversación, salí al jardín y, cuando el aire de la noche me dio en la cara, comprendí que era hora de regresar a casa, tomar una dosis de “información alternativa” y, tal vez, reflexionar…

Feliz reflexión!!!

…………….

Este diálogo me lo inspiró un relato escrito por un “alma bondadosa” que me va guiando en las redes. ¡Gracias, Pedro!

Si queréis pasar un buen rato podéis leer sus relatos de “humor absurdo” tras los que esconde, con maestría, alguna crítica social o económica.

Para comprobarlo, podéis visitar su blog: Absurdamente de Pedro Fabelo.