EL CARTERO

EL CARTERO

Corrían los años cincuenta y el cartero, con la puntualidad de un buen reloj, hacía su aparición en la entrada del pueblo, haciendo su recorrido por la única calle que había, con su bicicleta y su gran cartera cruzada al pecho.

¿Alguien guarda un recuerdo similar de su infancia?

En aquellos años carecíamos de móviles, televisión, Internet o tecnologías sofisticadas, pero para comunicarnos teníamos la mejor herramienta de todas: el cara a cara.

—Mamá, voy a casa de Teresa.

—No tardes que pronto vamos a comer.

—¡Hola Teresa! ¿Qué hacemos esta tarde? ¿Te apetece que vayamos al río a comer mengranas de tu campo?

—Sí, ¡qué buena idea! Vamos a decirlo a las otras.

Y allá que íbamos correteando como “cabras un poco locas” a casa de nuestras amigas para ver si les apetecía el “botellón” que habíamos pensado.

En aquel entonces, nuestro botellón consistía en ir a la orilla del Ebro, sentarnos unas junto a las otras y hablar mientras pelábamos con dificultad unas ricas mengranas, las cuales, tras un laborioso trabajo, nos ofrecían sus exquisitos granos perfectamente colocados; se me olvidaba, también jugábamos, desde aquel lugar privilegiado, a dar nombre a las formas que las nubes iban adoptando.

¡Momentos inolvidables!

¡Qué poco se necesita para ser feliz!

El tiempo fue pasando, nosotras fuimos creciendo y con nosotras crecieron también nuestras ilusiones, despertaron los primeros amores y se hicieron patentes nuestros miedos.

Ya no bajábamos tantas veces a la orilla del río, nuestra ilusión estaba centrada en la figura del cartero.

Recuerdo que, cuando llegaba la hora en la que pasaba por la casa de mis padres, buscaba cualquier pretexto para salir a su encuentro. El corazón palpitaba ¿llegará hoy la carta? -me preguntaba.

No tenía que ser de algún incipiente novio, cualquier carta era portadora de noticias que rompían la monotonía y el cartero, en su cartera, transportaba las novedades, las esperanzas y las ilusiones de todo un pueblo.

—¡Buenos días! ¿Hay algo para mí, señor Ramón?

—No Ana, hoy no tienes nada o

—Sí, hoy tienes una o dos cartas

Y tras coger en las manos el exclusivo tesoro, buscaba un lugar tranquilo para saborearlo.

¡Qué bonitas eran las cartas!

¡Qué importante, me parece ahora, la figura del cartero!

Hoy todo eso se ha perdido y casi cayó ya en el olvido.

Hoy las noticias van rápidas y la mayoría de las veces son impersonales. Te colocan en un grupo y cuando les llega algo que impacta le dan al “enviar”; todos lo recibimos a la vez; solo falta confirmar el recibido con un  OK o algún emoticono y así hasta que se recibe el siguiente.

¡Qué bonitas eran las cartas!

Sí, ya sé que puede parecer que me repito más que el ajo, pero es que me gustaban y me gustan tanto las cartas…

Los jóvenes podéis pensar ¡que horror!. Tener que esperar una carta, cuando en un instante escribes un whatsapp y al momento te llega la respuesta.

Es cierto, pero ¿y el contenido? ¿y el amor que puso quien la escribió? Porque, no solo se recibía el papel lleno de letras, el sobre también contenía la ilusión, el cariño y la parte de su vida que compartía el autor.

Ahora, lo más parecido a las cartas son los “mensajes” mediante el correo electrónico, el cual también está siendo desplazado por otros llamados “medios de comunicación”.

Hace unos días unos amigos, a los que no les gusta el whatsapp me enviaron un mensaje con un adjunto que no voy a copiar por su extensión, ni siquiera voy a hacer un extracto de él, pero sí compartiré un párrafo, solo un párrafo referente a Patánjali, un maestro hindú.

¿Qué quién es Patánjali?

No es una entrada para hablar sobre él, te invito a buscar la información en Internet y sacar tus propias conclusiones.

A lo que iba. Según este “sabio hindú”, para tener paz interna y serenidad debemos cultivar cuatro cualidades, a saber:

  • alegría ante la felicidad de los demás.
  • alegría por sus méritos.
  • compasión ante sus miserias e
  • indiferencia ante sus defectos

Como en estos tiempos que corren, creo que andamos faltos tanto de paz, como de serenidad, he pensado que, ya que estamos en el mes de la Navidad, podríamos abonar un poco estas cualidades y olvidarnos de tanto consumismo y tanta banalidad.

Yo lo comparto con vosotros “en la intimidad de mi blog”, pero por favor no lo divulguéis mucho porque si esto fructificara tendrían que suprimir ciertos programas de la “tele” y quedarían sin contenido determinadas redes sociales.

¡Sed discretos! y si intentáis cultivar estas cualidades y alguien os pregunta la razón, podéis aprovechar que estamos en diciembre y simplemente decir que el espíritu de la Navidad es fomentar el Amor.

“Qué la voluntad al bien florezca entre los hombres”

Feliz reflexión!!!

QUE LA LUZ DESCIENDA A LA TIERRA

QUE LA LUZ DESCIENDA A LA TIERRA

Al leer esta entrada me gustaría que sonara la música de la canción “Imagine de John Lennon”, pero el dominio que tengo de informática es tan básico que no he sabido hacerlo, así que, imagina que la escuchas, como él dice: “es fácil, si lo intentas”. Esta canción es una de mis favoritas y hoy, por las razones que todos conocéis, su mensaje viene “como anillo al dedo”. Me he levantado con ganas de jugar “imaginando…”; alguien “puede decir que soy una soñadora, pero no soy la única”, por esta razón me atrevo a invitarte. Por respeto a Lennon no utilizo la palabra “Imagina”, sino la palabra “Supongamos”. ¿Quieres jugar conmigo?. Solo tienes que escribir el nombre de esa cualidad que estás dispuest@ a ofrecer al mundo y por supuesto a “trabajarla”, para que brille con luz propia. No importa si la palabras que tu piensas ya ha sido escrita por otra persona (cuando se encienden velas, hay muchas que son iguales). Este juego solo pretende ser un homenaje y un deseo de cambio. Gracias tanto si decides jugar, como si no.

 

Supongamos que en el firmamento solo queda un punto de luz.

Supongamos que las estrellas se han ido apagando por la negatividad, las manifestaciones de odio y el radicalismo de nuestros pensamientos, emociones, palabras y acciones.

Supongamos que está en nuestras manos volver a disfrutar de un firmamento limpio y estrellado.

Supongamos que pido tu colaboración y estás dispuest@ a ofrecerla.

Supongamos que en lugar de darle al “me gusta”, escribes el nombre de la cualidad que deseas compartir con toda la humanidad.

Supongamos que todos colaboramos y el firmamento vuelve a brillar.

Supongamos que contestas y compartes este mensaje.

¡Gracias por colaborar!

La palabra que yo elijo es COMPASIÓN

¿Cuál eliges tú?