ANIMALES CON CORAZÓN (I)

Este sencillo, emotivo y simpático cuento está dedicado, en general, a todo el “mundo mundial” y en especial a los niños y a los protectores y amantes de los animales.

LAS VIVENCIAS DE SOL Y LUNA

 

CAPÍTULO UNO:  PRIMEROS RECUERDOS DE SOL

 

Hola!, me llaman Sol y os voy a contar en este capítulo los primeros recuerdos que tengo de mi vida y cada semana os iré contando cosas nuevas; después será mi hermana Luna la que os contará su punto de vista.

Nacimos en un lugar deshabitado. Nuestra madre era una gata de esas que llaman callejeras, nuestro padre fue un total desconocido para nosotros.

Creo que soy el mayor de los cuatro hermanos, porque siempre fui un poco más desarrollado que ellos.

Nuestra madre se sentía muy orgullosa de nosotros, pues a todos los gatos que venían por donde estábamos les decía que éramos preciosos, claro que eso lo deben pensar todas las madres… Mi único hermano era gris atigrado, muy guapo, con razón fue al primero que adoptaron. También tenía dos hermanas, una casi toda blanca y otra siamesa, con la que, actualmente, comparto mi vida y mis juegos.

Lo único que recuerdo del lugar donde nacimos fue que, pese a estar algo resguardado, desde él se oían muchos ruidos de esas máquinas que los humanos llamáis coches; también había suciedad, pero eso lo sé ahora que puedo comparar con el lugar en el que vivimos, antes pensaba que eso era lo normal.

Nuestra madre era una muy buena madre, aunque fuera callejera, estaba siempre pendiente de nosotros, nos lamía, nos acicalaba, nos daba de mamar leche calentita y nos abrazaba, como solo saben hacerlo los gatos ¡Qué bien se estaba entre las patitas de nuestra madre!

Pero, una noche, salió a cazar para poder tener leche con la que alimentarnos, tras lamernos con cariño y advertirnos como siempre: no salgáis de aquí, la calle es muy peligrosa, volveré pronto y de nuevo estaremos juntos. Nosotros quedamos allí, los cuatro acurrucaditos, hechos un ovillo, dormitando mientras esperábamos su regreso. Pero ese regreso nunca se produjo y de pronto se hizo evidente para los cuatro que nuestra madre tenía razón, la calle era un lugar  muy peligroso.

Al principio, como éramos muy pequeños, no sabíamos qué hacer, así que nos apretábamos bien los cuatro para darnos calor y ésto nos consolaba, pero nuestros estómagos seguía vacíos y reclamaban la dosis de leche de nuestra madre. No solo teníamos hambre, también teníamos frío y nuestras fuerzas iban desapareciendo.

 

Nos encontró un señor que no parecía andar muy sobrado, pero se apiadó de nosotros, nos colocó dentro de una caja y nos llevó a su vieja furgoneta. Nosotros no estábamos acostumbrados a ese movimiento. Todo temblaba y dos de mis hermanos casi vomitaron y digo casi, porque si hubieran tenido algo en el estómago lo habrían sacado, pero de un saquito vacío poco o nada puede sacarse. Como no teníamos a nadie para consolarnos, nos relajaba el contacto de nuestros cuerpos y los gemiditos que salían de nuestras pequeñas gargantas.

Aquel cacharro con ruedas iba y venía, o tal vez solo iba, porque no sabíamos si se dirigía hacía algún lugar determinado o solo circulaba con su vieja furgoneta en busca de hierros torcidos y otros trastos viejos con los que la iba llenando. De vez en cuando nos ponía un poco de leche que sacaba de una botella. El hombre hacía lo que podía y, al menos, sabíamos que alguien se ocupaba de nosotros. No obstante, todos sabéis que la falta de una madre no se compensa con nada.

Si os ha gustado el primer capítulo, no dejéis de leer el siguiente la próxima semana y por favor compártelo con los amantes de los gatos y con las personas sensibilizadas con los animales.

Gracias!!!

 

 

LA VOZ DE SU AMO

LA VOZ DE SU AMO

 

Hoy comparto con vosotros un sencillo relato sobre un asno que, cuando tenía una edad en la que ya poco o nada podía esperar, su vida dio un giro de ciento ochenta grados, gracias a la decisión de un humilde labriego. También quiero resaltar que cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia.

La historia comienza así:

Hace ya unos cuantos años, en un pueblo de la Ribera del Ebro, vivía un viejo asno, al que más tarde  llamarían Platero, pero no adelantemos acontecimientos.

La vida del animal transcurría con abrumadora monotonía en un pequeño cubículo, de la casa de un labriego. Pero, hete aquí que un día, mientras dormitaba, pues poco más podía hacer, escuchó a su amo hablar con una visita acabada de llegar; orientó bien las orejas para captar mejor lo que decían y descubrió que la conversación giraba en torno a él. Fue grande su asombro aunque, a decir verdad, solo se inquietó lo que un asno entrado en años podía inquietarse.

Hacía tiempo que no servía para nada, pues los asnos habían sido desplazados por los coches, los tractores y otras máquinas que hacían más fácil los trabajos del campo. Sus antepasados fueron valorados porque se utilizaban en los pueblos, para  subir el agua de los ríos o de las acequias, para tirar de los carros y transportar objetos de un lugar a otro y para otras labores similares, pero hoy estas tareas habían desaparecido y con ellas también estos dóciles animales.

Mientras ponía toda su atención en la conversación de los dos campesinos, el viejo animal se preguntaba ¿Por qué éste hombre estará interesado en mí?

Continuó atento y pronto lo descubrió. No podía dar crédito a lo que escuchaba. ¡Lo quería comprar para que fuera mascota de sus nietos! Sus emociones estaban divididas, por un lado temía no tener fuerzas para cumplir las expectativas de su ilusionado y futuro amo, por otro lado le hacía muchísima ilusión salir de aquel cubil, ser útil y dejar de estar olvidado. Con el corazón un tanto acelerado, observó que se acercaban los dos hombres, lo miraban, lo tocaban y finalmente se daban fuertemente la mano. Era la forma de sellar el compromiso, el “trato” estaba cerrado.

El nuevo amo le puso en la cabeza el aparejo adecuado, tomó con su mano la correa y palmoteó el lomo del animal; desde ese momento los dos “empatizaron”.

Tras caminar con dificultad durante más de media hora llegaron al nuevo destino. El hombre iba tan ilusionado que, sin saberlo, contagiaba con su ilusión al asno. Finalmente llegaron a una corraliza en la que había gran variedad de animales.

El recién llegado resultó ser el más alto de todos, los otros tenían que alzar la cabeza para mirarlo, pero ésto no supuso ningún distanciamiento entre ellos, pues todos descubrieron que se ocultaba un gran corazón, tras la tierna mirada de aquel asno.

La mayor diversión del hombre de campo que lo compró consistía en estar con su familia y con sus animales; a éstos los observaba mientras comían y reconocía a cada uno de ellos, aunque para el resto de los mortales todos parecieran iguales.

He de decir que si bien nunca pudo desempeñar trabajos  propios de asno, en parte por su edad y en parte porque sus pezuñas necesitaban herrarse y tampoco quedaban profesionales de ese oficio en la comarca, desempeñó de forma excelente su oficio de mascota y, al fin y al cabo, para eso lo habían comprado. No solo disfrutaron con él los nietos de su amo, también los de algún familiar lejano, cuando venían de vacaciones y los niños pequeños del pueblo. Fue una curiosa mascota, muy querida y fotografiada.

Sin necesidad de calendario, Platero, con cuyo nombre lo habían bautizado, parecía saber cuando llegaba el fin de semana, tal vez por la alegría que su amo derrochaba o tal vez por un instinto especial que tienen los animales. El viernes, cuando la familia llegaba, el asno estaba preparado para compartir su cariño y los recibía con ruidosos y alegres rebuznos.

Nació una gran conexión entre la nieta del nuevo amo y el asno, hasta el punto que a esa conexión bien podría llamarse amor. Pero ¿acaso los animales aman?

El tiempo iba pasando, el dueño y su esposa pasaban largas temporadas lejos de su casa y cuando regresaban, su primera visita era al corral; sus animales lo esperaban y él entre rebuznos, cacareos y  balidos, parecía recibir una transfusión de sangre renovada. Los tocaba, los acariciaba, les hablaba, a veces con palabras, otras veces en silencio desde el corazón y esos eran los mensajes que mejor les llegaban.

Pero como nada dura eternamente, aunque a veces nos gustaría, llegó un momento en el que Platero notó que su amo estaba preocupado, porque cuando regresaba, tras unos meses de ausencia, con tristeza se preguntaba ¿qué hará mi hijo si fallece Platero cuando yo no esté?

El amo del asno no era un hombre acostumbrado a pedir opiniones, sin duda en esto se equivocaba, pero ¿hay alguien perfecto? De lo que nadie podía dudar, era del amor que sentía por su familia, por sus animales y por su pueblo. No siempre lo demostraba, tal vez, las experiencias que le tocaron vivir le enseñaron a ser reservado en sus expresiones, pero si se le miraba a los ojos, si se observaba la expresión de su cara, no hacían falta palabras para saber lo que pensaba.

Un día, tomó en solitario una difícil decisión y Platero fue vendido casi por nada.

La familia al completo lloró, no estaban de acuerdo con la decisión. El anciano labriego también lloró, aunque éste las lágrimas se las tragó.

 Aquella hermosa etapa había llegado a su fin. No hicieron falta palabras, se despidieron desde el corazón.

El protagonista de este cuento, comprendió la decisión de su amo y siempre supo que no le había olvidado. El anciano, cuando se encontraba fuera de su pueblo, hablaba a sus amigos con orgullo de Platero, el burro que un día tuvo y contaba como le gustaban los caramelos y la relación que se estableció entre su nieta y el burro y cuando terminaba el relato, parecía que todavía faltaba algo más por contar, aunque ya no contara nada, porque la emoción lo embargaba y siempre emanaba un sentimiento de amor hacia su familia lejana, hacia su casa, hacia su pueblo y hacia su burro Platero, al que tanto recordaba.

Un día, el anciano pasó a la dimensión en la que ya se encontraba el asno y éste no tardó en escuchar una voz conocida diciendo: Platero, Platero que ya estoy aquí, que ya he llegado y el obediente y dócil animal  rebuznó “hi-aaa, hi-aaa” y corrió alegre en busca de su amo, porque los dos sabían que, pese a todo, siempre se amaron.