EL ESPANTAPÁJAROS

Hoy toca una pequeña reflexión disfrazada de relato, sobre un espantapájaros. Deseo que os guste.

EL ESPANTAPÁJAROS

Si amigos, yo pensaba que era el centro de lo que me rodeaba. Día tras día me esforzaba por demostrarlo, o quizás ni me esforzaba, tal era el grado de convencimiento que yo tenía.

Era alto, mi figura impresionaba y una simple ráfaga de viento hacía que cobrase vida y mi poder se manifestara.

Pero, tras la exuberante primavera y el cálido verano, el otoño llegó y con él las lluvias y vendavales.  Quedé maltrecho y, sin saber cómo ni por qué, dejé de tener protagonismo y fui apartado a un cobertizo, sin apenas vestiduras.

No recuerdo qué ocurrió en ese espacio de tiempo. Permanecí inmóvil, sin actividad alguna y en la más completa oscuridad. ¿Dónde quedó mi poderío? ¿Será ésto el fin de mi existencia?

Pero, hete aquí que un día, el mismo personaje que me formó y me vistió (no con demasiado gusto, todo ha de decirse) abrió la puerta de la cabaña y me cogió. Mi corazón se aceleró, pero… ¡ay, señor! Si yo no tengo corazón… ¡Disculpadme la licencia! Aún así algo pasó dentro de mi, algo que me hizo comprender que no estaba olvidado, solo inactivo. Nuestras miradas se cruzaron y, sin palabras, nos comprendimos.

Tenía preparadas nuevas ropas para mí, tampoco eran glamurosas, pero al menos cubrían mi desnudez y me otorgaban una cierta autoridad. Hecho ésto, volvió a mirarme y de nuevo me llevó al centro del campo.

La primavera había llegado una vez más. La belleza me rodeaba, pero debía llevar a cabo un objetivo, ahora ya lo había comprendido.

Tuve que vestir unos cuantos trajes antes de que entendiera que no estaba allí para dominar, ni por ser el más alto, sino para llevar a cabo una función, en mi caso ahuyentar a los pájaros.

Ahora sé que formo parte del paisaje en estas épocas, y que con apenas una volada de aire mi cuerpo toma vida, mis brazos se mueven y las aves se van hacia los árboles en busca de seguridad. Y yo sigo balanceándome día tras día para conseguir mi objetivo.

Llegará otro otoño y de nuevo mi ocaso, pero ya he aprendido que, igual que tras la tempestad llega la calma, las pausas no significan fin, sino reposo porque como dijo Pitágoras: “La vida no es más que una anilla en la larga cadena de la evolución del alma”.

Firmado:

El espantapájaros.