EL LIBRO DE SU VIDA

EL LIBRO DE SU VIDA

¡Conscientemente!

De este libro podía decirse que no era grande, tampoco pequeño; que no era hermoso ni feo; que no era atractivo, aunque podía resultar atrayente; que su lectura, a veces, tenía tintes graciosos, otras veces serios y que desprendía cierto aroma reflexivo.

Todo ésto y mucho más podía decirse de este curioso libro, pero él se sentía solo y olvidado entre otros libros de una ordenada y pulcra estantería.

A su dueña, una enamorada de la lectura y de los libros, le gustaba estar en su pequeña pero cuidada biblioteca, su santuario, su lugar preferido.

Mantenía los libros impolutos, a veces, hasta les acariciaba el lomo a unos cuantos privilegiados, pero, pese a ser el libro más antiguo de los que poseía, él no era visto ni tampoco acariciado.

Cuando la veía entrar, el libro emocionado se decía:

— Tal vez ha llegado el momento.

Pero el momento se hacía esperar, de nuevo la soledad lo envolvía y en silencio se decía.

—Si tuviera voz o pudiera moverme, me acercaría a ella y le diría, estoy aquí, tómame entre tus manos y escribe «conscientemente» las páginas que tengo en blanco. Pero no puedo hacerlo, ha de ser ella la que me descubra, la que por mí se interese.

Un día, el libro estaba algo despistado, cuando sintió que alguien lo cogía. Su corazón se aceleró, ¡estaba tan acostumbrado a permanecer olvidado…!

El contacto de las manos lo estremeció.

— ¡Me ha encontrado! —se dijo.

La joven lo descubrió por casualidad, pero ¿acaso existe la casualidad?

Quedó sorprendida al verlo; no recordaba haberlo comprado; quizás, alguien se lo había regalado.

—¿Qué haces aquí ? —le preguntó

—Te estaba esperando —respondió el protagonista del relato.

—Perdona, no sabía que existías y tampoco que me estabas esperando.

—Quedas disculpada, solo era cuestión de tiempo, más tarde o más temprano sabía que me encontrarías.

La joven lo acarició.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

—Desde que naciste voy donde tu vas. Cada día de tu vida queda grabado en mis páginas —dijo el libro, con voz entrecortada.

Ella sorprendida lo abrió y empezó a leer; poco tiempo después lo acercó a su corazón.

Pequeñas gotas de sabor salado cayeron sobre las hojas del libro; él disfrutó del regalo, ¡por fin se habían encontrado!.

—A partir de ahora caminaremos juntos y yo «conscientemente» escribiré las páginas que quedan en blanco —dijo la joven, ya con voz firme y sosegada.

El libro se sintió feliz, ya servía para algo.

 

¡Feliz reflexión!