LA EVOLUCIÓN DE LA SEMILLA

 

No sé de donde vengo ni sé hacia donde voy.

Aunque aparentemente libre, no tengo capacidad de decisión; fuerzas externas me mueven; he dejarme llevar.

Siento que estoy descendiendo hasta que, en un momento dado, algo me detiene.

Pasa el tiempo, llegan las lluvias; la tierra se ablanda y me acoge; estoy tranquila, poco o nada puedo hacer, salvo esperar…

El caparazón que me protege es, al mismo tiempo, el muro que me aísla.

Continúo pasiva, aunque mi sensibilidad va despertando; ya percibo el amanecer, el cálido abrazo del sol y también el ocaso.

Una fuerza desconocida está despertando en mi; una fuerza interior que invita a la expansión.

Desconozco el resultado, tengo miedo. He de romper la coraza que siempre me ha protegido, pero es una fuerza irreprimible que me impulsa al movimiento.

Es hora de buscar luz, he de salir, ¡salgo!

Poco a poco voy percibiendo el entorno.

¡No estoy sola! Descubro otras plantas;  somos diferentes, pero tenemos mucho en común: todas buscamos la luz, nos alberga la misma tierra y nos  calienta el mismo sol.

Voy creciendo en altura y en fuerza.

He dejado de ser la intrépida y vulnerable semilla germinada. Siento dentro de mí un gran potencial por desarrollar.

No sé cual es mi meta, tal vez pueda ofrecer flores y frutos o, tal vez,  mi humilde servicio quede reducido a dar cobijo a las aves que se acerquen y sombra al incansable peregrino.

Que el nuevo año nos permita desarrollar nuestro potencial de capacidades y cualidades.

Feliz reflexión!

CARTA DE UN HUMANO A UN ANIMAL

CARTA DE UN HUMANO A UN ANIMAL

Desconocido y sufrido animal,

Tengo el privilegio de responder a tu carta, publicada hace unos días en este blog y dirigirme a ti, así como a todos los animales maltratados o abandonados.

Sinceramente, confesaré que mi primera reacción al ver la carta fue la de no leerla, pero por alguna razón que desconozco no lo hice ¡se ve tanta publicidad y tanta basura hoy en día…!

A partir de leer tu sentir y tu agradecimiento hacia quienes os protegen y os ofrecen una segunda oportunidad, empecé a sensibilizarme y a documentarme sobre el maltrato que muchas veces se os da.

Partimos del hecho de que, jurídicamente, no tenéis derechos, puesto que no se os pueden exigir obligaciones, pero nadie podrá negar que, como seres vivos, os merecéis un respeto y  sentís dolor, hambre, sed, miedo, tristeza, alegría y un montón de emociones más.

Si los humanos presumimos de ser animales racionales, es justo que se nos exija vivir como tales y si utilizamos el raciocinio, sin duda, comprenderemos que entre nuestras obligaciones o deberes se encuentra el de proteger los reinos inferiores con los que convivimos en el planeta.

Te diré que al igual que en tu reino existen animales que son más agresivos que otros, en el reino de los engreídos humanos también hay muchos niveles de desarrollo, nada menos que 777 niveles, según aseguran quienes saben más que yo.

Esto cuesta mucho de entender, porque parece que los coetáneos hayamos de estar todos al mismo nivel de evolución, pero no es así, porque estos niveles de desarrollo no se refieren a la evolución tecnológica, ni siquiera la evolución biológica de la especie humana, sino a la evolución de la conciencia, hecho que, la mayoría de los llamados homo sapiens, pasan su vida sin saber lo que es.

En nombre de todos los que sentimos así hoy y en el de aquellos que un día lo sentirán, quiero pedirte perdón por tantos y tantos animales del reino humano que os maltratan, que os abandonan, que os utilizan como máquinas de producir dinero, sin ser conscientes de vuestro desgaste, de vuestro dolor y de vuestros miedos.

Existen muchos bárbaros que cometen atrocidades con los seres más débiles: niños, enfermos, ancianos, mujeres, animales, pero si ellos fueran conscientes de lo que hacen con toda seguridad dejarían de hacerlo, pero no lo saben porque por las circunstancias vividas o porque han venido aquí a destruir, tal vez, para que otros construyamos, actúan como animales devastadores y piensan que el poder, la fuerza y la brutalidad son sinónimos de grandeza, cuando no hay mayor grandeza que trabajar con humildad a favor de la evolución de todos los seres del planeta.

Los humanos podemos hacer cursos para aprender a gestionar vuestras emociones, para sonreír cuando por dentro estamos maldiciendo, para comportarnos de forma políticamente correcta, pero vosotros no mentís, no chantajeáis, vosotros sois lo que sois y así se percibe en vuestra limpia mirada.

Perdonadnos porque no sabemos hacer más, la evolución es lenta; los castigos, a mi entender, sirven de poco o nada; todo es cuestión de conciencia, de evolución, de educación y mientras nos dejemos llevar por las emociones y la sinrazón presumiremos de ser animales racionales, pero seguiremos estando muy cerca de las cavernas aunque llevemos en la mano el último modelo de móvil y tengamos la vivienda domotizada.

Desde mi insignificante posición, poco o nada puedo hacer, pero a partir de ahora, uniré mi voz a la de vuestros ángeles protectores.

Desconocido, pero respetado y querido animal, recibe el cariño, el reconocimiento y las disculpas de un humano que aspira a un mundo más justo y mejor.

EL ESPANTAPÁJAROS

Hoy toca una pequeña reflexión disfrazada de relato, sobre un espantapájaros. Deseo que os guste.

EL ESPANTAPÁJAROS

Si amigos, yo pensaba que era el centro de lo que me rodeaba. Día tras día me esforzaba por demostrarlo, o quizás ni me esforzaba, tal era el grado de convencimiento que yo tenía.

Era alto, mi figura impresionaba y una simple ráfaga de viento hacía que cobrase vida y mi poder se manifestara.

Pero, tras la exuberante primavera y el cálido verano, el otoño llegó y con él las lluvias y vendavales.  Quedé maltrecho y, sin saber cómo ni por qué, dejé de tener protagonismo y fui apartado a un cobertizo, sin apenas vestiduras.

No recuerdo qué ocurrió en ese espacio de tiempo. Permanecí inmóvil, sin actividad alguna y en la más completa oscuridad. ¿Dónde quedó mi poderío? ¿Será ésto el fin de mi existencia?

Pero, hete aquí que un día, el mismo personaje que me formó y me vistió (no con demasiado gusto, todo ha de decirse) abrió la puerta de la cabaña y me cogió. Mi corazón se aceleró, pero… ¡ay, señor! Si yo no tengo corazón… ¡Disculpadme la licencia! Aún así algo pasó dentro de mi, algo que me hizo comprender que no estaba olvidado, solo inactivo. Nuestras miradas se cruzaron y, sin palabras, nos comprendimos.

Tenía preparadas nuevas ropas para mí, tampoco eran glamurosas, pero al menos cubrían mi desnudez y me otorgaban una cierta autoridad. Hecho ésto, volvió a mirarme y de nuevo me llevó al centro del campo.

La primavera había llegado una vez más. La belleza me rodeaba, pero debía llevar a cabo un objetivo, ahora ya lo había comprendido.

Tuve que vestir unos cuantos trajes antes de que entendiera que no estaba allí para dominar, ni por ser el más alto, sino para llevar a cabo una función, en mi caso ahuyentar a los pájaros.

Ahora sé que formo parte del paisaje en estas épocas, y que con apenas una volada de aire mi cuerpo toma vida, mis brazos se mueven y las aves se van hacia los árboles en busca de seguridad. Y yo sigo balanceándome día tras día para conseguir mi objetivo.

Llegará otro otoño y de nuevo mi ocaso, pero ya he aprendido que, igual que tras la tempestad llega la calma, las pausas no significan fin, sino reposo porque como dijo Pitágoras: “La vida no es más que una anilla en la larga cadena de la evolución del alma”.

Firmado:

El espantapájaros.