LA MUÑECA DE TRAPO

 

Pobre víctima de la sinrazón, ¡qué pena de verte! Tus manos vacías, tu mirada ausente y el hambre y el frío enturbian tu mente.

Hace apenas nada perdiste a tu madre, hoy vagas por los caminos, polvorientos y anegados, de la mano de tu padre.

Una pequeña mochila, cuelga de tu espalda; apenas contiene nada, pues con tu corta edad hasta de recuerdos estás falta y de los que guardas, algunos están confusos y otros prefieres no recordarlos.

Si pudieses leer lo que estoy escribiendo, sin duda precisarías: mi mochila no está vacía, dentro llevo a “Clarita”.

Sí, ahí guardas a Clarita, tu muñeca de trapo, único recuerdo de lo que antes tuviste, de lo que antes fuiste, de lo que un día existió, roto por el odio, el afán de poder, la avaricia y la incomprensión.

Tienes razón pequeña, dentro de la mochila va tu pequeña muñeca, hecha con cariño por tu madre, poco antes que la enfermedad, acelerada tal vez por un gran temor, la hicieran emprender su último viaje.

Esa muñeca te colmó de dicha el día del cumpleaños. Tu madre se había esmerado, tal vez presintiendo que sería su último regalo…

Hoy, la proteges en la mochila, según dices, para que no se fatigue, aunque tal vez sea para tenerla cerca de tu corazón, para que en un momento extremo de cansancio no se abran tus dedos y caiga sin remisión.

¡Pobre pequeña…! ¿Qué harías tu sin Clarita? Vagar por la oscuridad, que por algo se llama Clarita, tu pequeña muñeca, tu amiga y único vínculo de unión maternal.

Guarda bien a tu muñeca, que no se pierda, para que siempre haya en tu vida una chispa de luz y un poquito de amor.

Y cuando seas mayor, pequeña, no nos guardes rencor, por esa gran “sinrazón”, que te ha robado la infancia y tal vez la juventud.

Perdónanos pequeña y habla con tu muñeca, a quien también pido perdón, porque en el forzado viaje se le rompió un poco el traje y también se le manchó.

UN CLÍMAX ESPECIAL

  UN CLÍMAX ESPECIAL

Nunca nadie nos presentó, pese a ello, yo conocía de su existencia y la buscaba; ella, al parecer, deseaba ser encontrada.

Un día la descubrí, no había duda, su fragancia, su frescura y su poder de atracción la hacían inconfundible.

Mi pulso se aceleró, le sonreí, cruzamos nuestras miradas y le tendí mis brazos.

Ambas nos reconocimos sin necesidad de palabras.

A nuestro primer encuentro, allá en mi juventud, siguieron otros momentos de juegos amorosos con mucho fuego y pasión.

A veces, ella llegaba cuando yo no la esperaba; me dejaba desconcertaba pero, ante su fuerza y su ardor, poco o nada podía decir yo, salvo: “heme aquí”, poséeme hasta la locura.

Querer ser poseída por quien no pretende poseer te coloca en una posición de aparente subordinación, pero, cuando llega el clímax, nada de ésto importa, porque eres transportada a otra dimensión. Cuanto más descendía ella, más alta volaba yo.

Nuestros encuentros fueron cíclicos, ya que es difícil mantener ese estado de perturbación, sin llegar a perder la cordura.

En los periodos de sequía yo la buscaba con ansia, pero nunca llegué a encontrarla; siempre era ella la que decidía el momento, la que me sorprendía, la que me alcanzaba.

Los años fueron pasando, aquellos encuentros amorosos y apasionados se fueron distanciando. La vida, a veces, presenta oportunidades difíciles de rechazar y una amante como ella no puede comer en la mesa que come la mediocridad.

Cuando ya había perdido toda esperanza de volverla a encontrar, un día reapareció. Yo no la esperaba y tampoco estaba preparada.

Nunca te olvidé —me dijo.

Yo, con los ojos húmedos y el corazón acelerado, me disculpé por haber sucumbido a lo mediocre, por mi falta de perseverancia, por haber dejado de buscarla y le di a entender que no estaba preparada.

Permite que lo intente —susurró.

Yo le permití y me envolvió, como solo ella es capaz de hacerlo.

Ya no tengo fuego —le advertí en voz baja.

No importa —respondió —aprendamos a disfrutar ahora desde la calma.

Tal vez desde ahí lo pueda conseguir —asentí sumisa, pese a que siempre me caracterizó un punto de rebeldía.

Curiosamente, pese a tener un sabor distinto al de años atrás, nuestro encuentro alcanzó un grado de equilibrio que le permitió fructificar.

Nada me ha prometido, ella es siempre la que manda, la que me posee, desde la pasión exaltada en mi juventud o, ya en mi madurez, desde la calma.

Si he de ser sincera, y aunque pudiera parecer excesivamente pretenciosa, me gustaría que nunca se ausentara, que fuera siempre mi amiga, mi amante, mi compañera, pero, desde mi humilde posición, solo puedo agradecer que me siga visitando y ofreciendo la oportunidad de disfrutar desde un punto de quietud y de calma, cualidades éstas más cercanas y propias del alma.

Hasta que llegue el nuevo encuentro, seguiré escribiendo a mi manera, para que, cuando tenga a bien visitarme, me encuentre preparada. Porque ahora ya he aprendido que la inspiración anda muy buscada y cuando llega no lo hace para quedarse, tan solo para ser disfrutada.

………..

Este humilde escrito está dedicado a todas las personas que, con perseverancia, dedican parte de su tiempo a conectar con una amante llamada “inspiración”. La experiencia les dice que, muchos días, su espera será infructuosa, pero también saben que, cuando ella los posea, el clímax se producirá y con su fruto podremos disfrutar el resto de los mortales.

¡GRACIAS A TODOS AQUELLOS QUE NOS ENRIQUECEN CON SU ARTE!