LA GALLINA Y SUS POLLUELOS

LA GALLINA Y SUS POLLUELOS

Había una vez una singular gallina que vivía con otros animales en una confortable corraliza. Participaba en los típicos juegos del corral, disfrutaba con el canto de los gallos anunciando el nuevo día y hacía saber a todos, con su escandaloso cacareo, la alegría que sentía cuando se desprendía de uno de sus huevos.

Pero, aparte de las tareas y juegos cotidianos, la protagonista de la historia intentaba aprender todo lo que podía. Su esfuerzo era comprendido y elogiado por muchos de sus compañeros, pero la gran mayoría no entendía para qué quería aprender, si nunca dejaría de ser una gallina de corral.

A nuestra amiga, esto la dejaba indiferente, sabía que tenía una misión en la vida y ella deseaba cumplirla lo mejor posible.

Un día sintió la llamada de la maternidad, sería difícil, pero se sentía feliz, pues iba a colaborar en la perpetuación de su especie.

Empezó dando calor y protección a los huevos, a la vez que reflexionaba sobre su decisión y se fortalecía emocionalmente.

Cuando llevaba veintiún días de recogimiento, algo se movió bajo su regazo, el corazón se aceleró. ¡Su primer hijo pedía paso a la vida!

El amor que ya sentía por ellos y la impaciencia por conocerles le impulsaba a ayudarles, pero no lo hizo, sabía que no debía hacerlo, salvo que ellos se retrasaran más de lo normal y éste no era el caso.

En las horas siguientes nacieron todos los demás ¡qué orgullosa se sentía!

Les enseñó a asearse, a comer, a compartir sus juegos, a respetar a los demás, a dar amor y a saber recibirlo; sus hijos aprendían con rapidez, porque sus enseñanzas no eran meras teorías, sino la forma de vida que ella había adoptado y que ellos aprendían por pura y simple imitación.

Un día comprobó que apenas cabían bajo su regazo; ya no eran las pequeñas bolitas de algodón, suaves y temblorosas, que un día fueron. Junto a una gran satisfacción, un ligero dolor cruzó su corazón. Pronto no la necesitarían…

Finalmente llegó el momento, ya no podía cobijarlos bajo sus alas y ellos reclamaban ocupar su propio lugar en el gallinero. Todavía estaría vigilante por si algún peligro les acechaba, pero entendía que deseasen estrenar su independencia, pues formaba parte del proceso de la vida.

Con estos pensamientos ocupando su mente y con el corazón henchido de amor se dispuso a dormir, no sin antes comprobar que aquellos a los que un día cobijó bajo su regazo ya dormitaban en brazos de Morfeo.

..…..

Este sencillo cuento, está dedicado a todas las mujeres que han de conciliar su vida familiar y laboral y que, en la mayoría de los casos, su esfuerzo no es valorado en su justa medida.

Aprovecho la oportunidad para recordar que, desde mi humilde punto de vista,  celebrar el “día de la mujer trabajadora” o el “día de la madre”, es significativo pero no suficiente, pues una madre nunca deja de velar por sus hijos y es difícil imaginar un solo día en el que una mujer no trabaje dentro o fuera de casa.

Por un mundo más justo y mejor.

UNA DECISIÓN TARDÍA

UNA DECISIÓN TARDÍA

En aquellos momentos no recordaba nada, ni siquiera dónde estaba. Solo sabía que estaba desorientada, agitada, obnubilada.

Sí, se encontraba ante una plaza, pero ¿había paseado alguna vez por aquella plaza? Un sudor frío la envolvía, no se ubicaba.

La gente pasaba y no la miraba, ella los miraba y apenas los veía, se sentía cansada, excesivamente cansada, desfondada.

Decidió avanzar, sin elegir dirección y al moverse sintió un dolor que la mareaba y fue aquel dolor que le permitió intuir algo de lo que pasaba.

La nube que ocultaba la verdad pareció disolverse un poco; su estómago hizo arcadas y sus piernas temblaban.

-¿Qué es ésto que resbala por mi cara? -Se preguntó, mientras se tanteaba. La mano cambió de color, se vistió de rojo escarlata.

Fue en aquel momento, cuando la cruda realidad se hizo evidente.

La había estado acechando, cual depredador, oculto y agazapado, hasta que la tuvo a su alcance y entonces salió con la rapidez y la fuerza de un animal impulsado a matar; vomitaba palabras que la salpicaban, que mancillaban su honor y a la vez la golpeaba con rabia.

Había ocurrido otras veces, pero siempre en la intimidad; esta vez era distinto, no lo podría ocultar…

Su visión solo alcanzaba a ver sombras y una sombra se le acercó.

-Señora ¿necesita ayuda? -le preguntó.

No pudo responder. Las fuerzas la abandonaron. Se desmayó, pero aún llegó a escuchar el sonido de la sirena de una ambulancia que se acercaba ¿sonará quizás por mí? -se preguntó

Después, todo se precipitó, apenas oyó una dura aseveración: “aquí, por favor, está mujer está perdiendo mucha sangre, ha sido brutalmente golpeada”.

Antes de que una nube mucho más densa la envolviera, un pensamiento cruzó su mente: “Si no hubiera ocultado tanto tiempo su maltrato…, si hubiera tomado antes la decisión…”

………..

En recuerdo de la última víctima de la violencia doméstica y de todas las que la han precedido.

Por una sociedad en la que se condenen todas las facetas del maltrato y no solo se regulen los derechos sino que también se articulen las medidas necesarias para que puedan ser ejercidos sin temor a perder la vida en ello.

“LOS DÍAS DE…”

“LOS DÍAS DE…”

A través del mensaje de una amiga, he sabido que hoy se celebra el “día de los abuelos” y, como padezco del “síndrome de la reflexión”, que es algo parecido al síndrome de las piernas inquietas, pero en relación a la mente, sin poderlo evitar me he puesto a “reflexionar”.

¿Por qué celebramos “los días de…?. Si me guardas el secreto, te diré que tengo un cierto grado de perversión y me encantaría que el síndrome que padezco se le contagiara a alguien más, por eso de que “mal de muchos consuelo de tontos”.

Volviendo a “los días de…”. Hoy al parecer se celebra el día de los abuelos ¡Pobres abuelos si solo se reconoce su mérito un día…! Nunca saben si dispondrán de tiempo para ellos, porque la mayoría tienen “dedicación exclusiva”, es decir, que las veinticuatro horas están disponibles por si los necesitan. Celebrar el día de los abuelos, no voy a decir que esté mal, pero ni un solo día hay que olvidad el cariño que ofrecen y el esfuerzo que hacen y están dispuestos a hacer por sus hijos y por sus nietos.

Otros “días de …” que se celebran:

“Día de la madre y día del padre”. ¿Cuándo una madre o un padre dejan de ejercer como tal?

“Día de la mujer trabajadora”. ¿Hay algún día que la mujer no trabaje? ¿Por qué no tienen los hombres un día del hombre trabajador? porque eso ya “se les supone”.

Alguien puede estar pensando, que soy una exagerada y que se festeja para recordar los logros conseguidos por la mujer. Tal vez tenga razón y yo esté equivocada, porque mi padre ya de niña me decía: “hija mía eres más rara que una pelota cuadrada” .

“Día de los enamorados”; otro día tonto como el que más, desde mi humilde opinión, claro está.

Así podría ir enumerando unos cuantos más “días de…”, con los que no me identifico absolutamente nada. En determinados casos, desde mi humilde opinión, son puro esnobismo, en otros casos una justificación y en todos un invento de la sociedad consumista para que compremos ese día un detalle, cuando no hay mejor detalle que recordar, reconocer y agradecer cada día la generosidad de unos padres, el esfuerzo de los abuelos, el trabajo sin interrupciones de la mujer, etc. etc

No nos dejemos manipular, si se nos concede celebrar “un día de…”, es que, en realidad, los 364 días restantes es dudoso el reconocimiento que tenemos de ese derecho; a quienes realmente se les reconoce no necesitan recordarlo mediante “un día de…”.

Y como yo también tuve abuelos, aprovecho para poner aquí la poesía que hice a uno de ellos. Estos sencillos versos surgieron, hace muchos años, en un autobús que hacía la línea Barcelona-Zaragoza; yo estaba ya sentada y vi que venía un señor mayor, bastante apurado porque la hora de salida estaba próxima. Cuando lo vi, me recordó a uno de mis abuelos, así que busque un papel y un bolígrafo en mi bolso y me puse a escribir, mientras unas lágrimas se deslizaban silenciosas por mis mejillas.

Tu ausencia
Hicieron que te recordara,
su cuerpo enjuto,
su boina calada,
sus manos torpes y algo deformadas.
Abuelo! Quise decir,
pero la voz no me salió,
sabía que no eras tu,
que era solo una ilusión.
Y es que te fuiste, abuelo,
sin escucharme decir lo mucho que te quería,
te fuiste y me dejaste,
un gran vacío en la vida.
Hoy, superada ya tu ausencia,
mitigado ya el dolor,
quiero decirte:
Abuelo ¡te quiero!, ¡Adiós!.