LA MUÑECA DE TRAPO

 

Pobre víctima de la sinrazón, ¡qué pena de verte! Tus manos vacías, tu mirada ausente y el hambre y el frío enturbian tu mente.

Hace apenas nada perdiste a tu madre, hoy vagas por los caminos, polvorientos y anegados, de la mano de tu padre.

Una pequeña mochila, cuelga de tu espalda; apenas contiene nada, pues con tu corta edad hasta de recuerdos estás falta y de los que guardas, algunos están confusos y otros prefieres no recordarlos.

Si pudieses leer lo que estoy escribiendo, sin duda precisarías: mi mochila no está vacía, dentro llevo a “Clarita”.

Sí, ahí guardas a Clarita, tu muñeca de trapo, único recuerdo de lo que antes tuviste, de lo que antes fuiste, de lo que un día existió, roto por el odio, el afán de poder, la avaricia y la incomprensión.

Tienes razón pequeña, dentro de la mochila va tu pequeña muñeca, hecha con cariño por tu madre, poco antes que la enfermedad, acelerada tal vez por un gran temor, la hicieran emprender su último viaje.

Esa muñeca te colmó de dicha el día del cumpleaños. Tu madre se había esmerado, tal vez presintiendo que sería su último regalo…

Hoy, la proteges en la mochila, según dices, para que no se fatigue, aunque tal vez sea para tenerla cerca de tu corazón, para que en un momento extremo de cansancio no se abran tus dedos y caiga sin remisión.

¡Pobre pequeña…! ¿Qué harías tu sin Clarita? Vagar por la oscuridad, que por algo se llama Clarita, tu pequeña muñeca, tu amiga y único vínculo de unión maternal.

Guarda bien a tu muñeca, que no se pierda, para que siempre haya en tu vida una chispa de luz y un poquito de amor.

Y cuando seas mayor, pequeña, no nos guardes rencor, por esa gran “sinrazón”, que te ha robado la infancia y tal vez la juventud.

Perdónanos pequeña y habla con tu muñeca, a quien también pido perdón, porque en el forzado viaje se le rompió un poco el traje y también se le manchó.

CUENTO DE NAVIDAD

 

 

CUENTO DE NAVIDAD (Una petición especial)

El pequeño Ric, inquieto y vivaracho, había cumplido ya seis primaveras; todo él rebosaba alegría y amor pero, últimamente, en sus ojos asomaban ciertos signos de tristeza y preocupación.

En estas fechas, los niños con los que solía jugar hablaban de cenas familiares, pero él no podía disfrutar de este privilegio. La Nochebuena la pasó solo con su madre, pues su papá trabajaba en una fábrica en turno de noche. La Nochevieja se presentaba igual y luego llegaría la Cabalgata de Reyes, a la que no podría ir, pues su madre llevaba una hermanita dentro y no lo podía llevar en brazos.

Al ver la tristeza en su mirada la madre le preguntó:

—¿Qué te pasa Ric? ¿Por qué estás triste?

—Mamá, necesito hacer una petición a los Reyes y no sé como hacerla —respondió el niño, preocupado.

—Pero si ya escribimos la carta con todo lo que querías ¿qué más quieres pedir?

—Disculpa mamá, pero preferiría que fuera un secreto entre los Reyes y yo. El problema es que no sé como hacerles llegar mi petición.

—Dicen que si se desea algo con mucha fuerza se consigue; además los Reyes Magos tienen emisarios invisibles, así que si lo pides, puede que tu petición les llegue —le dijo abrazando al niño al tiempo que preguntaba.

—¿Quieres que te cuente un cuento? Tal vez te ayude

—Sí mamá —respondió Ric —y se sentó junto a ella dispuesto a disfrutar del cuento y del amor maternal.

La madre sonrió gozosa, al abrazar a su hijo sintió unos leves movimientos en el interior de sus entrañas.

El cuento que te voy a contar —le dijo — ocurrió hace muchos, muchos años, en un país muy remoto en el que reinaban las tinieblas.

—Mamá, ¿qué significa tinieblas?

—Oscuridad

—Y si siempre había oscuridad, siempre sería de noche.

—Así es cariño —respondió —acariciando la cabeza del niño.

—Gracias, mamá, ya puedes empezar.

« Bien, pues los habitantes de aquel país de tinieblas caminaban sin cesar en busca de luz, guiados por Agad, el hombre más anciano y más sabio del lugar.

Pero, en un momento dado, Agad enfermó y estaban tan asustados que no sabían qué hacer; caminaban sin sentido ni dirección, emitían sonidos, hacían gestos, gruñían, pero no conseguían comunicarse, porque todos sabían que Agad era el único que conocía el camino que les permitiría alcanzar su objetivo.

—Mamá ¿por qué no hablaban? —interrumpió el niño.

—Porque los hombres, primero, se comunicaron con gestos y sonidos. El ser humano aprendió a comunicarse con palabras mucho tiempo después.

—¡Cuánto sabes mamá! Algún día me gustaría saber tanto como tú; continúa con el cuento, por favor.

Bueno, pues un poco apartado de aquel desorden, había un niño de una edad parecida a la tuya que observaba preocupado, porque, al igual que tú, quería hacer una petición y no sabía cómo hacerla.

De pronto, recordó las enseñanzas de Agad. Muchas veces le había oído decir que si se pensaba algo con mucha fuerza y se deseaba desde el corazón se cumplía y también decía que para tener derecho a pedir había que aprender a dar.

¡Agad era un hombre sabio! así que el niño, cerró los ojos y se acostó sobre un montón de hojarasca que había cerca, haciendo un ovillo con su cuerpo.

Encontrada la postura adecuada, pidió con todas sus fuerzas que Agad recuperara la salud y que los pudiera conducir al camino de la luz; también prometió que él se prepararía para seguir los pasos de Agad y mantener a su pueblo en el camino correcto.

Tras haber hecho la petición y la promesa, el niño se durmió y, a través del sueño, visitó otros lugares, se comunicó con otros seres y penetró en el camino que le condujo a la luz, la luz de la que hablaba el consejero.

Cuando despertó estaba desorientado, recordaba el sueño con claridad, pero, de nuevo, le envolvían las tinieblas.

  No obstante, algo había cambiado, ahora, reinaba el silencio y todos parecían estar relajados.

El consejero se había recuperado y, con esfuerzo y colaboración, encontraron el camino que les condujo a la luz »

El pequeño Ric, que parecía dormido, abrió los ojos y emocionado abrazó más fuerte a su madre.

—Gracias, mamá —le dijo —esta noche yo haré lo mismo que el niño del cuento.

Cuando la madre fue a darle el beso de buenas noches, Ric estaba dormido, con el cuerpo hecho un ovillo y una lágrima indecisa resbalaba por su cara.

***

Aquella noche, un joven empresario tuvo un sueño un tanto «raro». Al despertar, una idea revoloteaba sobre su cabeza: mañana preguntaría a sus empleados si alguno quería cambiarse al turno de día.

Como ya imagináis, Ric disfrutó de una Nochevieja especial y asistió a la Cabalgata de Reyes subido en los hombros de su padre.

También cumplió lo prometido, llevó el coche de bomberos que tanto le gustaba a un orfanato, porque él pronto podría jugar con su hermana.

CARTA A MI PADRE

CARTA A MI PADRE

Querido y recordado papá.

Hoy hace tres años que un tsunami encharcó tu cerebro, billete necesario y suficiente para emprender un particular viaje hacia lugar cierto, aunque desconocido. Desde entonces, y poco a poco, nos vamos acostumbrando a vivir sin tu presencia. Quedamos muy tristes, aunque aceptando el proceso, porque lo que termina es la forma, no la vida de la forma.

Tu organismo, deteriorado por la edad y por los pequeños, pero repetidos ictus  que te daban, ya no ofrecía la oportunidad de nuevas experiencias para el desarrollo de tu conciencia. Finalmente, fue el día ocho, de un caluroso mes de agosto, durante la hora de la siesta, cuando el gran tsunami llegó sin avisar; fue en esos momentos, pero podía haber sido en otros, pues la enfermedad y la muerte no hacen vacaciones, forman parte del proceso de la vida.

Decidí no llevarte al hospital, hice lo que me gustaría que hiciesen conmigo. Nada de pruebas, de medicamentos, nada de alargar la vida artificialmente, nada de “estaciones” impersonales y frías para emprender el gran viaje. ¡Qué mejor que una “estación” conocida: tu cama, tu casa y tu más cercana familia!. Traté de ser coherente con mis ideas, solo música para el alma, la llama de una vela encendida y el aroma del sándalo quemado, sin olvidar el amor de los que te rodeábamos. Por tu cuerpo ya nada podía hacer, intenté facilitar el tránsito a tu alma.

Tras tu partida y, desde el apego a la forma, descubrí el significado de dos sencillas palabras “siempre” y “nunca”. ¡Con que facilidad e imprecisión las pronunciamos…!  ¡ Qué difícil es comprender lo ilimitado a través de una mente limitada…! Pese a ello, sé que, aunque tu forma física ya no esté, tu esencia permanece en algún plano de la existencia.

Descansa en paz, papá, los que te quisimos no te olvidamos.

Al igual que yo perdí a mi padre, cuando  faltaban dos meses para que cumpliera 94 años, hay muchas personas que han perdido y pierden diariamente a seres queridos mayores, jóvenes, por enfermedad, accidente, vejez, etc. No tengo el antídoto para detener ni siquiera mitigar el dolor que se siente. El duelo ha de hacerse, cada cual a su manera, pero me atrevo a exponer el título y el autor de unos libros que hablan sobre este tema y que nos han ayudado a muchas personas a tener una visión distinta de eso que llamamos “muerte” y que sería más adecuado, desde mi punto de vista, llamarlo “transición” . Seguramente, habrá muchos más libros y tal vez mejores, pero solo puedo compartir los que conozco.

Por si te interesan y te pueden ayudar, los libros a los que me refiero son éstos:

  • “La Muerte: un amanecer”, de Elisabeth Kübler-Ross.
  • “Sobre la muerte y los moribundos”, de Elisabeth Kübler Ross
  • “Crónica de un acompañamiento”, de Meurois-Givaudan
  • “La Muerte: una gran aventura”, de Djwhal Khul, Recopilación
  • “El libro tibetano de la vida y de la muerte”, de Sogyal Rimpoché

 

Que, tanto los que se van, como los que quedamos, encontremos el Camino que nos ha de conducir de la oscuridad a la Luz, de lo irreal a lo Real, de la muerte a la Inmortalidad.

“LOS DÍAS DE…”

“LOS DÍAS DE…”

A través del mensaje de una amiga, he sabido que hoy se celebra el “día de los abuelos” y, como padezco del “síndrome de la reflexión”, que es algo parecido al síndrome de las piernas inquietas, pero en relación a la mente, sin poderlo evitar me he puesto a “reflexionar”.

¿Por qué celebramos “los días de…?. Si me guardas el secreto, te diré que tengo un cierto grado de perversión y me encantaría que el síndrome que padezco se le contagiara a alguien más, por eso de que “mal de muchos consuelo de tontos”.

Volviendo a “los días de…”. Hoy al parecer se celebra el día de los abuelos ¡Pobres abuelos si solo se reconoce su mérito un día…! Nunca saben si dispondrán de tiempo para ellos, porque la mayoría tienen “dedicación exclusiva”, es decir, que las veinticuatro horas están disponibles por si los necesitan. Celebrar el día de los abuelos, no voy a decir que esté mal, pero ni un solo día hay que olvidad el cariño que ofrecen y el esfuerzo que hacen y están dispuestos a hacer por sus hijos y por sus nietos.

Otros “días de …” que se celebran:

“Día de la madre y día del padre”. ¿Cuándo una madre o un padre dejan de ejercer como tal?

“Día de la mujer trabajadora”. ¿Hay algún día que la mujer no trabaje? ¿Por qué no tienen los hombres un día del hombre trabajador? porque eso ya “se les supone”.

Alguien puede estar pensando, que soy una exagerada y que se festeja para recordar los logros conseguidos por la mujer. Tal vez tenga razón y yo esté equivocada, porque mi padre ya de niña me decía: “hija mía eres más rara que una pelota cuadrada” .

“Día de los enamorados”; otro día tonto como el que más, desde mi humilde opinión, claro está.

Así podría ir enumerando unos cuantos más “días de…”, con los que no me identifico absolutamente nada. En determinados casos, desde mi humilde opinión, son puro esnobismo, en otros casos una justificación y en todos un invento de la sociedad consumista para que compremos ese día un detalle, cuando no hay mejor detalle que recordar, reconocer y agradecer cada día la generosidad de unos padres, el esfuerzo de los abuelos, el trabajo sin interrupciones de la mujer, etc. etc

No nos dejemos manipular, si se nos concede celebrar “un día de…”, es que, en realidad, los 364 días restantes es dudoso el reconocimiento que tenemos de ese derecho; a quienes realmente se les reconoce no necesitan recordarlo mediante “un día de…”.

Y como yo también tuve abuelos, aprovecho para poner aquí la poesía que hice a uno de ellos. Estos sencillos versos surgieron, hace muchos años, en un autobús que hacía la línea Barcelona-Zaragoza; yo estaba ya sentada y vi que venía un señor mayor, bastante apurado porque la hora de salida estaba próxima. Cuando lo vi, me recordó a uno de mis abuelos, así que busque un papel y un bolígrafo en mi bolso y me puse a escribir, mientras unas lágrimas se deslizaban silenciosas por mis mejillas.

Tu ausencia
Hicieron que te recordara,
su cuerpo enjuto,
su boina calada,
sus manos torpes y algo deformadas.
Abuelo! Quise decir,
pero la voz no me salió,
sabía que no eras tu,
que era solo una ilusión.
Y es que te fuiste, abuelo,
sin escucharme decir lo mucho que te quería,
te fuiste y me dejaste,
un gran vacío en la vida.
Hoy, superada ya tu ausencia,
mitigado ya el dolor,
quiero decirte:
Abuelo ¡te quiero!, ¡Adiós!.