EL VIEJO DESVÁN

EL VIEJO DESVÁN

Aquella tarde tediosa de verano Sophie pudo acceder al desván de su abuela. Nunca le permitían subir sola y su imaginación infantil le hacía presentir que aquella estancia escondia secretos que debía descubrir.

Se sentía feliz por la oportunidad y durante un tiempo indeterminado, la niña pudo ser la reina de aquel pequeño imperio.

Con cierta excitación levantó la tapa del primer arcón y tomando en sus manos la concha de una caracola marina se la aproximó al oído; siempre le decían que en su interior guardaba el sonido del mar al que un día perteneció y, para ella, eso era todo un enigma.

En un momento dado, los viejos trastos cobraron vida, el desván agrandó sus dimensiones y Sophie, a sus anchas, pudo contemplar todos los rincones.

Como nada es solo lo que parece, ante la inocencia de la niña y la atención que les prestaba, los olvidados objetos se sinceraron con ella, permitiendo que afloraran las emociones que durante tanto tiempo mantuvieron silenciadas.

Con cara de asombro fue directa hacia el lugar donde permanecían los muñecos ¡nunca había visto tantos dormilones y peponas juntas! pronto se dio cuenta que tenían los rostros marchitos, los ojos llorosos y las miradas sin esperanza.

—¿Tenéis nombre? —les preguntó, tras mirarles con atención.

Pero la mayoría no recordaba el nombre, de tanto tiempo que hacía que nadie lo pronunciaba.

Algunos recordaban vivencia del pasado; otros preferían no recordar, pues el recuerdo hacía más dura su triste realidad.

—¿Cómo habéis llegado hasta aquí?

—Creemos que nuestro pecado es tener demasiada edad —se permitió decir uno; los otros no pudieron contestar.

La protagonista, tras dedicarles un tiempo de atención, se despidió prometiendo regresar. Ellos ilusionados le dieron las gracias.

En otro rincón estaban los peluches. Pronto Sophie se vio rodeada por multitud de animales, entre otros: perros de diferentes razas, gatitos sin apenas voz para maullar, caballos, elefantes, osos, todos con ojos tristes por el dolor que produce el maltrato y el abandono.

Y, sin poderlo evitar, la niña volvió a preguntar:

—¿Por qué estáis aquí?

—Porque nos hicimos viejos —dijo un galgo de cuerpo esbelto y largas patas.

—Yo no soy viejo, pero, al parecer, daba trabajo y gasto —maulló un gato mientras restregaba su cuerpo por las piernas de la niña buscando afecto.

Uno tras otro o todos a la vez, explicaban sus duras experiencias, sus miedos y sus decepciones. Y Sophie, que amaba a los animales, prometió volver otro día para jugar. Ellos, con sus mejores sonidos, la corearon.

La niña con cara de estupor observó en otro lugar multitud de objetos arrinconados. Se acercó a ellos y, antes de darle tiempo a preguntar, un envejecido libro, que no había perdido detalle de lo ocurrido, exclamó:

—Observa como dejaron mis hojas de tanto usarme. Conmigo aprendieron a leer.

—Si ya no nos necesitan, podrían darnos para que otros nos usaran; nos tienen aquí abandonados y hay muchas personas que no nos pueden comprar —exponían quejosos otros objetos.

La niña escuchaba en silencio mientras se preguntaba cómo era posible que existiera tanta insensibilidad.

El tacto de una húmeda y fría nariz rozando su mejilla la despertó. Sophie  abrazó a su gato, que ronroneaba a su alrededor, al tiempo que le prometía que en su casa nunca habría desván.

Siempre cumplió su palabra.

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ANIMALES CON CORAZÓN (II)

LAS VIVENCIAS DE SOL Y LUNA

 

 

CAPÍTULO SEGUNDO: GRUPO DE AYUDA A LA PROTECTORA

 

En una de esas idas y venidas con su furgoneta, nuestro desconocido protector nos sacó de ella y nos puso al sol; supongo que para que recibiéramos algo de calor. Agradecimos el detalle, porque, aunque no lo he dicho antes, nacimos en la montaña a finales de septiembre y el frío ya se dejaba sentir en nuestros débiles cuerpos.

Éste es el lugar en el que nacimos.

Estábamos desorientados y sin saber qué sería de nosotros. Mis hermanos me miraban en busca de respuestas ¡qué para algo ejercía de hermano mayor! Pero yo estaba asustado y débil como ellos y aunque intentaba no transmitirles mi miedo, dudo que lo consiguiera. Con los ojitos aún casi cerrados y flacuchos como estábamos, teníamos más cabeza que cuerpo y cuando miraba a mis hermanos pensaba: ésto se acaba, si no se produce un milagro.

Como nadie parte de este mundo hasta que no es su hora, el milagro se produjo. Para nosotros aquella persona fue como un ángel, aunque careciera alas. También iba en una cosa de esas que llevan ruedas y sacan humo por detrás. Cuando nos vio, se detuvo, se acercó a nosotros y se fue directa en busca del señor que recogía trastos viejos. Aunque lo intenté, no pude escuchar lo que decían, pero lo importante es que regresó al lugar donde estábamos y con mucho cuidado nos llevó con ella.

El hombre de la furgoneta, había hecho poco por  nosotros, no por mala intención, sino porque tenía otras obligaciones que atender, para conseguir el sustento diario; nosotros más bien éramos un estorbo para él, pero aún así nos recogió, protegiéndonos sobre todo del frío. No pudimos decirle adiós, así que desde aquí le doy las gracias por lo que hizo.

El ángel sin alas que nos recogió pasó su mano por encima de nuestros débiles cuerpos, nunca antes nos habían acariciado, los gatos nos lamemos, pero vosotros los humanos tenéis otra forma de demostrar afecto, en aquel momento lo descubrí.

Nuestro recorrido por la vida no había hecho más que empezar. Al parecer, aquel ángel, del que desconozco su nombre, no tenía sitio para cuidarnos y nos llevó a otro lugar. Estábamos temblorosos, sin apenas energía y con un gran interrogante ¿dónde iríamos a parar?.

Cuando, finalmente, llegamos al lugar, nos estaban esperando otros dos ángeles. Al parecer en la tierra hay más ángeles de los que pensaba. Ya tenían preparado un lugar bastante amplio y confortable, donde nos colocaron con mucho cariño. Nosotros solo podíamos dar pequeños gemiditos para demostrar nuestro agradecimiento. Al poco rato nos vimos sorprendidos con un biberón de leche templadita que nos resucitó y aclaro algo nuestra percepción.

Mis tres hermanitos y yo

Pasamos unos días muy bien atendidos, en aquel hogar. Cuando recuperamos las fuerzas se nos permitió salir y pasear por la casa. ¿Sabéis  qué descubrimos? Que había  muchos juguetes y seis gatos más, todos grandes y rollizos!

Con aquellos dos ángeles de acogida pasamos casi dos meses y nos cuidaban muy bien, pero, diez gatos en un piso, son demasiados gatos… Les tomamos cariño y ellos a nosotros, aún sabiendo que tenían que buscarnos un nuevo hogar.

Curiosamente, los gatos grandes que vivían en la casa, no se alegraron al vernos, nos bufaban y desde el primer momento dejaron claro que ellos eran los dueños de aquel territorio.

En el silencio de la noche se hacían más evidentes nuestros miedos.

-¿Qué pasará con nosotros? -Decía mi hermana pequeña, algo angustiada.

-Seguro que estaremos bien -le decía yo, aunque no lo tenía tan claro como aparentaba.

Mi hermano atigrado, confirmaba mis palabras, tal vez, para disminuir el temor de nuestra hermana.

La siamesa, con sus ojos redondos y azules, nos miraba y apenas decía nada; creo que a ella, nuestras palabras no la engañaban.

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Creo que la ternura y el amor no distinguen si el corazón del que brotan está sostenido por cuatro patas o por dos. Por favor, disculpad mi falta de objetividad, ésta es solo la opinión de un gato común y nada versado en ciencias profundas.

Os esperamos la próxima semana, que publicaremos el capítulo de la adopción.

Arrumacos de Sol y Luna