EL RENACIMIENTO

EL RENACIMIENTO

 

Hoy mi reflexión la he ligado al arte pero, como no es una entrada sobre “Historia del arte”, solamente daré unas pocas “cinceladas” para que quien esté interesado tome el cincel en sus manos y comience a dar forma a su propia obra.

No hace falta ir al un diccionario etimológico para saber que la palabra “renacimiento” significa “renacer”, bien pues el Renacimiento, como fenómeno cultural surgido en Italia en el siglo XV, y cuya característica esencial era su admiración por la antigüedad greco-romana, significó “volver a dar vida” (renacer)  a los ideales que habían servido de inspiración a los clásicos, representando el paso del mundo Medieval al mundo Moderno.

Para llevar a cabo el trabajo que me propongo partiré de una obra mundialmente conocida y reconocida que, a mi humilde entender, es el “summum” de la perfección.

La escultura en cuestión, símbolo del Renacimiento italiano, es el  “David” de Miguel Ángel, esculpida durante los años 1501 – 1504, en un solo bloque de mármol blanco en el que existían diversas fracturas y que tiene más de 5 metros de altura y pesa 5,5 toneladas. ¡Ahí es nada!

La obra representa al David bíblico que se enfrenta y vence al gigante Goliat, solo con algunas piedras y su inteligencia, llegando a convertirse después en el Rey David.

La genialidad de Miguel Ángel es que supo plasmar en una obra, aparentemente sin acción, el triunfo de la inteligencia humana sobre la fuerza física bruta.

Musculoso, bello, con lo ojos fijos en el objetivo, el ceño fruncido, gran concentración, movimiento contenido, el David de Miguel Ángel es considerado el ejemplo perfecto de una escultura en posición de contrapposto (posición de estar de pie con una pierna soportando el peso total del cuerpo mientras que la otra pierna está relajada), permitiendo esta dicotomía encontrar el equilibrio al conflicto emocional entre relajación y tensión, entre el descanso y el estado de alerta para cualquier acción.

La cara de David tiene una mirada seria, penetrante, equilibrada e impregnada de fuerza, capaz de intuir al enemigo mostrando plena auto-confianza, una virtud muy apreciada en el hombre renacentista.

Se dice que la escultura tiene unas desproporciones hechas por Miguel Ángel intencionadamente subrayando con ellas los medios necesarios para ganar una gran batalla: concentración e inteligencia (representada por una cabeza excesivamente grande) y la ponderación en la acción (representada por unos brazos muy largos y unas manos también desproporcionadas)

Al parecer, Miguel Ángel no quiso “vestir” con ninguna prenda esta escultura porque la desnudez simbolizaba al hombre en armonía con la naturaleza, aunque, según dicen, en un principio la escultura contenía algunos elementos de oro en su base que se excluyeron posteriormente y que simbolizaban la nobleza, el esplendor, la sabiduría, la magnanimidad, el poder y la luz en el hombre. Según dicen, el gran artista reconocía que en el interior de cada bloque de mármol había un alma latente cubierta por trozos de piedra y que él, con su trabajo, solo la recuperaba.

Vista la grandeza de esta obra y de su artista, sin ningún afán de compararnos con él, os invito a que, en algún momento de calma, nos imaginemos como un bloque de mármol en el que hay deterioros sufridos, en algún caso, tal vez por la acción de otros, pero en todo caso por nuestra propia ignorancia, negatividad, malos hábitos, odios, repulsas, incomprensiones y un largo etcétera.

Cada vez que decimos “yo soy así”, huimos del esfuerzo que hemos de hacer para evolucionar, para permitir que aflore ese ser cuyo potencial sigue esperando ser activado.

No imagino a Miguel Ángel diciendo ante el descomunal bloque de mármol que no podía hacer nada digno porque estaba fracturado y tenía perforaciones, él con su esfuerzo y conocimiento supo sacar de las imperfecciones la gran obra que hoy todos admiramos.

De aquella gloriosa etapa han pasado aproximadamente 500 años y, sin poderlo evitar, me pregunto qué haría el artista florentino hoy ante del bloque de mármol.

¿Encontraría en la sociedad actual valores dignos de representar en su impresionante obra o volvería a representar los valores inspiradores de los clásicos de la época grecorromana?

Los valores dominantes en la sociedad actual son fáciles de resumir: el deterioro de la capacidad de convivencia entre los seres humanos y de éstos con la naturaleza, la competitividad, el egoísmo y los valores de la ética del mercado, es decir: la naturaleza y el ser humano son “inútiles” salvo que se puedan transformar en capital al ser explotados.

Ante el superfluo y desmedido consumismo, el egoísmo humano permitiendo que medio mundo muera de hambre, mientras el otro medio tira la comida, la manipulación, la violencia, el maltrato, la corrupción y su aceptación, lo tengo claro, Miguel Ángel optaría por modelar la misma escultura, porque no puedo ni quiero imaginar una que represente los principios que rigen hoy nuestra sociedad.

Sí, ya sé que hay muchas personas y grupos que están trabajando a favor de la evolución, y que lo bueno hace menos ruido que lo malo, pero aún así, estaría bien reflexionar y trabajar nuestro propio bloque de mármol para que, con perseverancia y muchas “cinceladas”, podamos llegar a convertirnos en reyes de nuestras propias vidas, consiguiendo que la razón dirija nuestra emociones y podamos vencer algún día a los grandes gigantes que hoy nos manipulan.

Con esperanza,

Feliz reflexión!

EL ESPANTAPÁJAROS

Hoy toca una pequeña reflexión disfrazada de relato, sobre un espantapájaros. Deseo que os guste.

EL ESPANTAPÁJAROS

Si amigos, yo pensaba que era el centro de lo que me rodeaba. Día tras día me esforzaba por demostrarlo, o quizás ni me esforzaba, tal era el grado de convencimiento que yo tenía.

Era alto, mi figura impresionaba y una simple ráfaga de viento hacía que cobrase vida y mi poder se manifestara.

Pero, tras la exuberante primavera y el cálido verano, el otoño llegó y con él las lluvias y vendavales.  Quedé maltrecho y, sin saber cómo ni por qué, dejé de tener protagonismo y fui apartado a un cobertizo, sin apenas vestiduras.

No recuerdo qué ocurrió en ese espacio de tiempo. Permanecí inmóvil, sin actividad alguna y en la más completa oscuridad. ¿Dónde quedó mi poderío? ¿Será ésto el fin de mi existencia?

Pero, hete aquí que un día, el mismo personaje que me formó y me vistió (no con demasiado gusto, todo ha de decirse) abrió la puerta de la cabaña y me cogió. Mi corazón se aceleró, pero… ¡ay, señor! Si yo no tengo corazón… ¡Disculpadme la licencia! Aún así algo pasó dentro de mi, algo que me hizo comprender que no estaba olvidado, solo inactivo. Nuestras miradas se cruzaron y, sin palabras, nos comprendimos.

Tenía preparadas nuevas ropas para mí, tampoco eran glamurosas, pero al menos cubrían mi desnudez y me otorgaban una cierta autoridad. Hecho ésto, volvió a mirarme y de nuevo me llevó al centro del campo.

La primavera había llegado una vez más. La belleza me rodeaba, pero debía llevar a cabo un objetivo, ahora ya lo había comprendido.

Tuve que vestir unos cuantos trajes antes de que entendiera que no estaba allí para dominar, ni por ser el más alto, sino para llevar a cabo una función, en mi caso ahuyentar a los pájaros.

Ahora sé que formo parte del paisaje en estas épocas, y que con apenas una volada de aire mi cuerpo toma vida, mis brazos se mueven y las aves se van hacia los árboles en busca de seguridad. Y yo sigo balanceándome día tras día para conseguir mi objetivo.

Llegará otro otoño y de nuevo mi ocaso, pero ya he aprendido que, igual que tras la tempestad llega la calma, las pausas no significan fin, sino reposo porque como dijo Pitágoras: “La vida no es más que una anilla en la larga cadena de la evolución del alma”.

Firmado:

El espantapájaros.