AHORA O NUNCA

AHORA O NUNCA

Desde hacía unos días sobrellevaba las naúseas en silencio; conocía su significado y deseaba ocultarlo. Aquella mañana, a los síntomas de su incipiente embarazo se añadió la sensación de llevar en su garganta un volcán a punto de lanzar sus piroclastos y, junto a ellos, las vejaciones que ocultaba.

Aprovechando la tranquilidad del momento se dejó caer sobre el sofá, cerró los ojos y comenzó a respirar de forma pausada. Estaba dispuesta a todo con tal de preservar el fruto de sus entrañas.

***

Llegó bravo cual semental, tras unos días sin aparecer por casa. Ella sabía lo que le esperaba, pues su característico olor y su turbia mirada lo presagiaban.

Creo que tengo fiebre y me duele la garganta —se atrevió a decir, por si esta vez le servía de algo, pero su voz no fue escuchada.

Como otras veces, intentó convertirse en una marioneta de trapo y esperó a que todo terminara. ¿Qué otra cosa podía hacer? se preguntaba, una y otra vez, al borde de la locura,

Su madre la dejó huérfana de forma extraña y su padre ocupaba un cargo de elevada responsabilidad en la sociedad.

Creció rodeada de hombres importantes, al menos de esos que aparentan serlo y visten bien. En una fiesta de alta sociedad, a la que fue invitada por ser hija de quien era, se lo presentaron como un joven cualificado y con un futuro prometedor.

Cuando el recién llegado consideró que ya no quedaba una gota más de fluido en su interior dejó de sodomizarla o de ejercer su derecho, según él; se incorporó y tras darle unas palmaditas en la cara se dirigió al baño canturreando.

Ella quedó agazapada a los pies de la cama recuperándose de la agresión, abrazando su vientre y privando de libertad a las lágrimas que reclamaban ser liberadas.

Sintió que los pasos de su flamante pareja se dirigían hacia la puerta de entrada, el perfume que la sedujo en su primera cita la envolvió, aunque esta vez le provocó una reacción distinta. Tras cerciorarse que solo el sonido de su llanto ahogado la acompañaba, pudo llegar al inodoro donde vomitó con ganas.

El ambiente le era hostil para pedir ayuda, así que decidió que esta vez no sería ella quien doblegara su voluntad; por primera y última vez los vencería.

Corrió las cortinas y abrió la ventana quedamente; no había prisa. Recordó al pequeño petirrojo que la visitaba a diario para picotear unas miguitas de pan, mientras ella lo observaba sentada en el alféizar de la ventana envidiando su libertad.

La noche había extendido su negro manto; no sentía miedo, tan solo una gran soledad. Una estrella fugaz cruzó el firmamento y ella aprovechó la invitación. Junto a ella viajaba un pequeño mensaje enrollado a su dedo anular y sujeto por la alianza: “Mi opinión cuenta en las urnas, pero en mi familia no”.

***

Se despertó alterada por aquel sueño premonitorio que parecía llegar del más allá. Miró el reloj y comprobó que el tiempo jugaba a su favor.

Marcó un teléfono de tres cifras que guardaba en su memoria y cogiendo lo imprescindible abandonó la casa.

Los ángeles en este mundo andan escasos y, tal vez fuera ésta su última oportunidad —se dijo para sus adentros.

***

Añoraba a su madre aunque fueran pocos los momentos que vivieron juntas. Aquel día, tal vez por ser su aniversario evocó su serena belleza, sus abrazos y su armoniosa voz.

¡Cuánto la echó a faltar en su adolescencia y durante su época de sumisa esclavitud…!

Mami, mami, mira que ángel he dibujado para ti —la voz de su hija la volvió a la realidad.

Qué bien dibujas, cariño, ¿por qué has dibujado un ángel?

Mami, tu siempre dices que todos tenemos un ángel que nos protege.

Abrazó a su hija y, emocionada, le dio gracias.

RETAZOS DE UNA VIDA

RETAZOS DE UNA VIDA

Como otros muchos niños, el protagonista de esta historia, junto a su hermana, fue testigo presencial, protagonista y víctima de una época en la que la sinrazón, las intrigas y la violencia cabalgaban tanto de norte a sur, como de este a oeste del país.

Por aquel entonces, era difícil encontrar algo con que llenar el estómago, si pertenecías a la clase humilde de la sociedad. Pero en un momento dado, el destino sorprendió a la familia ofreciéndole la oportunidad de hacerse cargo de la barca de un pequeño pueblo, hecho que supuso una tregua a la difícil situación por la que estaban atravesando.

Si hasta ese momento, poco más que el miedo, el hambre, la incertidumbre y la soledad fueron sus compañeros, en esta época de bonanza, una frondosa arboleda, un caudaloso río y cientos de pájaros que habitaban en el entorno se convirtieron en sus amigos.

De vez en cuando, algún juego compartido con otros niños del cercano pueblo, pero lo cotidiano, lo habitual era la incomunicación humana en medio de un idílico lugar.

Con apenas ocho años, tuvo que hacerse cargo de un pontón para pasar al otro lado del río a las personas que lo solicitaban, por ser el camino más corto entre dos pueblos. Su hermana cuidaba de la madre enferma y de la casa; su padre pasaba la barca y hacía algún esporádico trabajo, cuando alguien lo solicitaba.

El amanecer llegaba cada mañana acompañado del canto de los pájaros que marcaba el ritmo de sus infantiles jornadas.

Cuando llegaba la noche, caían rendidos en un colchón de paja y eran los sonidos de las aves e insectos de hábitos nocturnos quienes los acunaban.

La falta de otros estímulos o quizás el entorno privilegiado permitieron al niño desarrollar su fantasía.

Un día se sorprendió imaginando que se comunicaba con todos aquellos pájaros que diariamente le acompañaban. Ellos le contaban sus experiencias y el niño se adentraba en un mundo que le gustaba más que aquel que la vida le había mostrado.

Había pájaros que migraban a lugares lejanos y, cuando regresaban, le contaban vivencias difíciles de aceptar.

Los que permanecían en el lugar, unos anidaban a ras de suelo y allí tenían sus experiencias; otros anidaban en árboles o en lugares altos y, curiosamente, sus vivencias se diferenciaban de los anteriores mucho más que sus trinos.

Él escuchaba a todos y de todos aprendía, pero con el tiempo comprendió que cada pájaro le contaba la realidad que había vivido y fue aprendiendo que en la vida todo es relativo y que nadie está en total posesión de la verdad.

El niño fue creciendo, las circunstancias que rodearon su infancia forjaron su carácter solitario e inconformista y en su interior fue germinando la semilla del idealismo.

Más tarde, descubrió con cierto dolor, que la práctica siempre es más difícil que la teoría, que los hombres no siempre viven conforme a las ideas de las que hablan y quizás comenzó a intuir que la vida no es un fin, sino un camino.

Sus dos grandes aficiones fueron la música y el ciclismo.

No podía ser de otra manera, porque música al fin y al cabo era lo que los pájaros ofrecían diariamente a sus infantiles oídos.

Si por aquel entonces hubiera existido el vuelo libre seguramente lo hubiera practicado; pero, como esto no existía, le gustaba correr en bicicleta, pues tenía aptitudes para ello y el deporte le ofrecía libertad; pero un grave accidente le quitó la oportunidad.

En otro momento de su vida y con cierta nostalgia volvió a recurrir a su imaginación y pensó en construir un espacio en su jardín-huerto para que múltiples aves pudiesen cobijarse en él y, tal vez, volver a comunicarse con ellas.

Su fantasía, por razones evidentes, no pudo llevarse a cabo y entonces, cuando su cabello negro azabache ya no poblaba su cabeza, cuando de nuevo la soledad se convirtió en su inseparable compañera, encontró tiempo para leer y reflexionar sobre ciertos matices de su accidentada vida y descubrir la diferencia que hay entre causa y efecto, entre filosofía y práctica, entre creencia e hipótesis, entre la inconsciencia y la reflexión.

Hoy, la compañera de vida del protagonista de esta historia ya pasó a otra dimensión y él espera que llegue su momento en la sobria habitación de una buena residencia de ancianos, al otro lado de los Pirineos, porque le faltan las fuerzas para alzar el vuelo y atravesarlos.

Curiosamente, para su cumpleaños le han regalado un comedero de aves con el que da de comer a los pájaros que se acercan a su ventana y pasa los días escribiendo versos a su esposa para decirle, tal vez, lo que nunca le dijo en vida; también toca el laúd, lee y escucha música en una tablet y está aprendiendo a utilizar un ordenador y, cuando le queda tiempo, entra en mi humilde blog.

Os dejo estos versos salidos del corazón de un idealista de 87 años. ¡Mi tío!

A Laura

Un día me levanté
con el corazón partido
al ver que con quién soñé
ya no estaba conmigo.

***

Soñé que estaba aquí
sentada al lado mío
y cuando abrí los ojos
vi el espacio vacío.

***

Te imagino diciendo:
arregla la cama,
cierra la puerta del baño
y así, mientras te obedezco,
pienso que estás a mi lado.

EL BANCO DEL PARQUE

EL BANCO DEL PARQUE

No dejen que mi imagen les engañe, hoy solo soy un banco, pero ayer fui un ser vivo y todavía conservo cierta sensibilidad.

Ocupo un lugar privilegiado dentro de un tranquilo parque; a mi lado un esbelto árbol proporciona la sombra necesaria y una papelera ofrece la oportunidad de mantener limpio el espacio.

Recibo múltiples visitas y soy testigo de promesas, confesiones y silencios, pero añoro a un amigo que llegaba casi a diario, apoyándose en su bastón, por el sinuoso camino que conduce hasta mí.

El último día, acudió a la cita a la hora acostumbrada y, cuando le vi, intuí que aquello era una despedida.

Apenas llegó, se dejó caer como si llevara una pesada carga sobre su espalda; hacía tiempo que no hablaba con nadie, tal vez, porque lo impedía el nudo que anidaba en su garganta.

Antes me visitaba con su esposa y en mi presencia se cogían de la mano y hablaban con los amigos, pero de aquel entonces solo quedan los recuerdos, los pajarillos y un servidor. Yo siempre le esperaba en el mismo lugar, forzado por las circunstancias; las aves se acercaban al verle llegar emitiendo gorjeos, mientras él las obsequiaba con unas miguitas de pan.

Aquel día, antes de partir, unas lágrimas rebeldes cayeron por sus mejillas. No pude hacer nada salvo ofrecerle mi apoyo, remedando el gesto de un amigo. Se levantó con la ayuda del bastón y el temblor de su mano sobre mi respaldo hizo que me emocionara.

Le vi marchar con la espalda encorvada y tuve claro que no le vería más. Así fue, días más tarde me enteré que una noche mientras dormía, en el asilo al que lo llevaron, había hecho el tránsito para reunirse con su amada.

Cuando el relente y la oscuridad de la noche proporcionan el ambiente adecuado, desde mi fija posición, observo el firmamento e imagino a mi amigo convertido en polvo de estrellas.

Este sencillo relato está inspirado en la fotografía que lo ilustra y, además, debía contener las tres palabras que he señalado en negrita: relente, remedar y nudo.

Deseo que os haya gustado.

LA PLAZA DE INVIERNO

LA PLAZA DE INVIERNO

Un día más se encontraban en la plaza de invierno, como ellos la llamaban, aunque su nombre fuera otro.

Era un lugar resguardado del posible viento, donde el sol caldeaba el frío que se dejaba sentir en sus deteriorados cuerpos.

Él se llamaba… ¿qué importa como se llamara? él era uno más de los ancianos que llenaban la plaza de recuerdos, de vivencias pasadas y sin duda de añoranzas.

El griterío, la alegría, las risas, los juegos, los correteos estaban a cargo de los niños, no podía ser de otro modo.

Tras quedarse viudo y ser consciente de la realidad, decidió retirarse a una residencia, la que ahora era su casa; sus actuales amigos algún residente y sus compañeros de plaza y su familia… su familia seguía siendo la que era, aunque apenas la viera.

Pero él no estaba triste, siempre tenía una sonrisa, un inocente chiste, una frase para decir en el momento oportuno; apenas veía, pero se las arreglaba bien para orientarse desde la cercana residencia hasta la plaza, cuando no había algún ángel sin alas que le acompañara.

En compañía de los ancianos o te deprimes o aprendes a disfrutar de las cosas pequeñas, las cosas grandes pocas veces llegan y menos a esa edad, pero hay un gran abanico de pequeñas cosas que pueden alegrar el día.

En la plaza se encontraba con un compañero centenario: excelente persona, gran caminante mientras sus piernas lo permitieron y buen narrador de chistes y de historias de su infancia y su juventud.

Tanto la mente como el cuerpo del compañero centenario, pese a estar muy bien cuidado por la familia, acusaban ya los años, pero allí estaba, tomando unos ratos el sol y otros la sombra, pues de todo se cansaba.

Todos hacen lo mismo, como su futuro anda escaso, recuerdan su pasado, por si encuentran vivencias desubicadas y estuvieran a tiempo de recolocarlas.

Aquel día comería en la residencia la comida que tan poco le gustaba pese a ser su cumpleaños. ¿Por qué si tenía familia? porque el destino, o vaya usted a saber qué, lo había dispuesto así, pero todos sabemos que cuando el destino cierra unas puertas abre otras, porque por algún sitio hemos de pasar, aunque sea a tientas como él.

Cuando ya era hora de regresar a su actual hogar, una de las hijas del amigo centenario, se presentó con una tarta de queso de las que a él tanto le gustaban.

Le emocionó el detalle, aunque intentó disimular; prometió repartir el delicioso postre entre sus compañeros, pues todos ellos padecían, quien más, quien menos, de la misma enfermedad: la soledad.

Desde hacía un tiempo una compañera nueva de residencia le acompañaba a la plaza, ambos se hacían compañía durante el camino.

La compañera, tenía una insignificante planta que, aunque no recordaba quien se la había regalado, para ella era su jardín botánico; pero la planta crecía y arrastraba ya en el suelo; no sabía qué hacer, lo comentó en la plaza y alguien le acercó un bote de plástico con el que poderla elevar; algo insignificante, pero para ella y para la planta fue como un hermoso pedestal.

¿Qué haría cuando la plantita creciera y volviera a rozar el suelo? Aquel día seguro que llegaría otra solución, ¿por qué preocuparse hoy de lo que todavía estaba por llegar?

Y así, recordando tiempos de atrás, pasan los día los ancianos que con la mirada un tanto perdida, proporcionan los tonos cálidos y cierto aire de realidad a las plazas; de los colores vivos y alegres se encargan los niños y los jóvenes, que no piensan que un día la vejez también les llegará.

Este sencillo escrito es mi pequeño homenaje a todos los abuelos que ahuyentan su soledad en las plazas y en concreto a unos abuelos muy especiales a los que, desde aquí, les envío un fuerte abrazo.

UN PROPÓSITO PARA EL NUEVO AÑO

Tras dos días de permanecer en casa aquejada de una fuerte jaqueca y utilizando la mejor medicina para superar el dolor: oscuridad, silencio y calma, decidió salir a la calle, pese a que ya anochecía.

Quedó impactada ante las luces que adornaban la gran avenida donde vivía. No esperaba que hubiera empezado tan pronto la campaña navideña.

Por un lado sintió alegría y por otro una gran añoranza.

¡Hacía tanto tiempo que no disfrutaba del espíritu de la Navidad…!

Por razones que no vienen al caso, hacía un tiempo que la “soledad” compartía piso con ella y desde que esto ocurrió estaba un tanto “adormecida”.

Sabía que necesitaba avivar el interés que le permitiera llenar de actividades su vida, en vez de matar el tiempo, vagando.

El interés que proviene de dentro, produce satisfacción y alegría y es más duradero que el interés efímero por las cosas externas.

Sabía que debía despertar de su adormecimiento, pero no lo conseguía.

Sí, — se prometió, al iniciar el nuevo año, llenaría su soledad mediante la creatividad y actividades con sentido.

Recordó que su “adormecimiento” se originó un día que estaba colapsada y gritó para sus adentros:

—¿Quién eres?

—Soy yo —le respondió una voz.

—Y ¿quién es ese yo? ¿No tienes nombre? —Insistió ella

—Me llaman “identificación”

—¿Qué quieres de mí?

—Poseerte —le contestó la voz.

Y ella, ilusionada, se dejó.

A partir de aquel día, necesitaba identificarse con alguien o con algo, para llenar su vacío y, de esa forma, olvidarse de si misma.

¡Qué soledad sentía, si no se identificaba!.

Tenía suerte —pensaba. La sociedad en la que vivía ofrecía muchas oportunidades: noticias impactantes, programas de cotilleo, ofertas de viajes, ropa de diseño, comidas adictivas, vinos de marca…

Sí, lo sabía. Tendría que pagar un precio por la felicidad que le proporcionaba sentirse “identificada” pero, en estos momentos, lo necesitaba y estaba dispuesta a pagar el tributo que le pidieran.

Se dirigió hacia un centro comercial bellamente decorado: bullicio, luces, tumulto, objetos de regalo de todos los tamaños.

Era época de Navidad y su actitud parecía estar justificada, pero ya lo había decidido: con el nuevo año, eliminaría la soledad que sentía fomentando capacidades y dejaría de utilizar a los demás para llenar su vacío.

Una cierta dosis de esperanza e ilusión, entró en su corazón y aligeró su camino.

¡Feliz reflexión!

EL LIBRO DE SU VIDA

EL LIBRO DE SU VIDA

¡Conscientemente!

De este libro podía decirse que no era grande, tampoco pequeño; que no era hermoso ni feo; que no era atractivo, aunque podía resultar atrayente; que su lectura, a veces, tenía tintes graciosos, otras veces serios y que desprendía cierto aroma reflexivo.

Todo ésto y mucho más podía decirse de este curioso libro, pero él se sentía solo y olvidado entre otros libros de una ordenada y pulcra estantería.

A su dueña, una enamorada de la lectura y de los libros, le gustaba estar en su pequeña pero cuidada biblioteca, su santuario, su lugar preferido.

Mantenía los libros impolutos, a veces, hasta les acariciaba el lomo a unos cuantos privilegiados, pero, pese a ser el libro más antiguo de los que poseía, él no era visto ni tampoco acariciado.

Cuando la veía entrar, el libro emocionado se decía:

— Tal vez ha llegado el momento.

Pero el momento se hacía esperar, de nuevo la soledad lo envolvía y en silencio se decía.

—Si tuviera voz o pudiera moverme, me acercaría a ella y le diría, estoy aquí, tómame entre tus manos y escribe «conscientemente» las páginas que tengo en blanco. Pero no puedo hacerlo, ha de ser ella la que me descubra, la que por mí se interese.

Un día, el libro estaba algo despistado, cuando sintió que alguien lo cogía. Su corazón se aceleró, ¡estaba tan acostumbrado a permanecer olvidado…!

El contacto de las manos lo estremeció.

— ¡Me ha encontrado! —se dijo.

La joven lo descubrió por casualidad, pero ¿acaso existe la casualidad?

Quedó sorprendida al verlo; no recordaba haberlo comprado; quizás, alguien se lo había regalado.

—¿Qué haces aquí ? —le preguntó

—Te estaba esperando —respondió el protagonista del relato.

—Perdona, no sabía que existías y tampoco que me estabas esperando.

—Quedas disculpada, solo era cuestión de tiempo, más tarde o más temprano sabía que me encontrarías.

La joven lo acarició.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

—Desde que naciste voy donde tu vas. Cada día de tu vida queda grabado en mis páginas —dijo el libro, con voz entrecortada.

Ella sorprendida lo abrió y empezó a leer; poco tiempo después lo acercó a su corazón.

Pequeñas gotas de sabor salado cayeron sobre las hojas del libro; él disfrutó del regalo, ¡por fin se habían encontrado!.

—A partir de ahora caminaremos juntos y yo «conscientemente» escribiré las páginas que quedan en blanco —dijo la joven, ya con voz firme y sosegada.

El libro se sintió feliz, ya servía para algo.

 

¡Feliz reflexión!