ANIMALES CON CORAZÓN (V)

CAPÍTULO QUINTO: LA LLAMADA DE LA NATURALEZA

Como ya sabéis Luna y yo somos hermanos y siempre hemos sido muy buenos amigos. Pese a ello, durante unos días sentí dentro de mí una fuerza desconocida que me impulsaba a hacer cosas que nunca antes había hecho.

De pronto, veía a mi hermana y me tiraba encima, la agarraba del cuello y la montaba, como si fuera un caballo. Ella no entendía mi actitud y se tiraba al suelo emitiendo un maullido de desaprobación.

Los dos terminábamos jugando hasta que me volvía la fuerza arrebatadora.

Si nuestra “amita Osa menor” nos sorprendía en esos momentos, decía mi nombre en un tono más fuerte del habitual, como si me reprendiera, luego se acercaba y me decía: “Solete” pórtate bien, no le hagas eso a “Lunita” (casi siempre nos llama así). Es tan cariñosa que a mí me hubiera gustado complacerla, pero cuando me llegaba el impulso, no era capaz de controlarlo.

En ese periodo estábamos, cuando, un día, “Osa menor”, delicadamente, nos metió en el transportín, nos volvió a rociar con el líquido relajante y salimos los tres a la calle.

Nosotros estábamos inquietos, no sabíamos adonde íbamos, pero confiábamos en ella y el líquido relajante, que llamáis spray, hizo milagros. En realidad, ella también se lo debería haber rociado por encima, porque la notábamos preocupada.

Cuando quisimos darnos cuenta, “Osa menor” estaba con la primera “amita” que tuvimos, la que nos daba el biberón ¡qué alegría nos dio verla! Ella también se alegró de vernos y nos hizo unas cuantas caricias a los dos.

Al poco rato, entramos, nuestras dos “amitas” y nosotros, en un lugar en el que había gente con batas azules y olía un poco raro; nosotros seguíamos muy relajados, pero vimos que, tras saludar y hablar con alguien, nuestras “amitas” se marcharon.

No tardaron en venir hacia nosotros dos personas con bata azul y mascarilla, nos cogieron con mucha delicadeza y nos colocaron sobre una mesa. Solo recuerdo un ligero pinchacito. Cuando pude volver a abrir mis ojos gatunos me encontré en la cajita con ruedas y, aunque me sentía algo mareado, fui consciente de la ausencia de mi hermana.

Un poco más tarde llegaron nuestras dos “amitas”, me tranquilicé al verlas y sobre todo al recibir sus caricias. Pasados unos segundos, una de las persona con bata azul trajo a mi hermana, estaba dormida y su lengua asomaba por su pequeña boquita.

Su aspecto impresionaba; no tardó en despertar, pero entonces le pusieron una cosa parecida a una campana alrededor de su cuello.

Cuando salimos de la casa de las batas azules, que ahora ya sé que se llama clínica veterinaria, hicimos el viaje de regreso, mi hermana no venía conmigo, la llevaba nuestra primera “amita” en otra cesta, con mucho cuidado.

Llegamos a casa ¡hogar dulce hogar! Yo estaba bien, solo un ligero dolor entre las patas traseras, algo más abajo de la cola, nada importante, los gatos somos fuertes.

A mi hermana, por el contrario, le faltaba pelo en la barriguita, donde tenía una pequeña herida y con aquel artilugio en la cabeza parecía un extraterrestre en miniatura, aunque no sé por qué digo ésto ya que nunca he visto ninguno. Luna pasó unos cuantos días con aquella cosa alrededor de su pequeña cabeza;  estaba incómoda y al principio se la quería quitar, incluso yo le ayude en la tarea, pero no lo conseguimos. Cuando llegó el momento, “Osa menor”, se la quitó en un”plis plas” y mi hermana Luna, por fin, quedó liberada.

Es curioso, pero desde que visitamos la casa de las batas azules no he vuelto a sentir la necesidad de subirme encima de mi hermana, aquel impulso desapareció y solo quedó el vínculo de sangre y el de la amistad, que cada día potenciábamos más lamiéndonos el uno al otro.

Gracias a todos los que estáis siguiendo nuestros relatos. Sabéis que están recogidos en un librito solidario, hecho para fomentar las adopciones y ayudar a las personas que en grupo o en solitario asumen la noble labor de protegernos.

Arrumacos de Sol y Luna y feliz año nuevo!!!