TESTIGO PRESENCIAL

TESTIGO PRESENCIAL

julio 30, 2018 16 Por Ana Palacios

 

 

 

Se advierte al acusado que tiene derecho a guardar silencio y a no confesarse culpable. Si decide declarar, ha de responder a las preguntas formuladas de manera precisa, clara y conforme a la verdad.

¿Cuál es su actividad habitual?

Practico el parasitismo, aprovechándome de los demás sin remordimientos.

Le recuerdo que no estamos ante un caso de corrupción, sino de asesinato.

Perdón, señoría, pero ya ve como me encuentro…

Nos referimos a hechos producidos cuando usted disfrutaba de buena salud.

Cierto, señoría, pero juro por mi honor que yo no lo maté.

Bien, entonces, sea conciso y cuente lo que vio.

Mi amigo Facundo -yo lo llamaba así porque su nombre indica…

¡Vaya al grano, por favor!.

Perdón, señoría. Como decía, mi amigo y hospedero, fue invitado a una «fiesta cultural» , o eso le dijeron. A él le extrañó, porque no sabía bailar ni cantar; no era humorista, tampoco tocaba ningún instrumento musical y, por supuesto, no era un intelectual. Provenía del campo y valoraba mucho la libertad. Era tranquilo, pero podía perder el control con facilidad, cuando se sentía acorralado.

¿Dónde estaba usted en el momento de los hechos?

Señoría, me acojo a mi derecho de no responder a esta pregunta. Tan solo diré que estaba junto a él.

Más bien pegado, diría yo.

Así es señoría, estaba pegado a él, pero a la vez observando. Le hicieron creer que sería protagonista de una fiesta y le tuvieron horas encerrado en la más completa oscuridad. Cuando se abrió la puerta, la luz casi lo cegó y harto ya de esperar salió sin demasiado control, todo ha de decirse. El pobre, no entendía nada, asustado iba de un lugar para otro, tal vez buscando a su pareja de baile.

Continúe, por favor, y no saque conclusiones.

Bien, pues de pronto mi hospedante se preguntó:

«¿Qué es eso que viene hacía mí? ¡No hay derecho! Ellos equipados y engalanados y yo a pecho descubierto y afeitado» .

Señoría, mi amigo no había terminado la frase, cuando sintió un fuerte pinchazo en su cuerpo y protestó ofendido:

«¡Eh! No seas bárbaro, que estoy invitado a una fiesta cultural».

Pero, señoría, nadie pareció comprender lo que decía su mirada. Yo, desde mi ubicación, sentía su fuerza debilitada y humillada su virilidad.

¿Su amigo no se defendió?

Sacó su carácter un poco, pero recibió otro pinchazo más profundo. Él sentía el dolor, pero sobre todo le dolía ser burlado. Facundo pudo haber pasado a la historia, porque no le faltaba bravura, pero andaba sobrado de nobleza…

¿Cree usted que hubo ensañamiento?.

Señoría, yo diría que sí, pero solo soy un parásito que, desde un lugar estratégico y privilegiado, presenció toda la faena.

Confieso que me aproveché de él e intentaba no molestar en exceso, más por egoísmo que por generosidad. También confieso que he sentido su final, especialmente, porque veo acercarse el mío, salvo que encuentre otra oportunidad, algo así como una puerta giratoria… Pese a todo, prometo que yo no fui el responsable de su muerte.

Su confesión es creíble, dada su naturaleza. Pero, ¿no podía encontrar una forma de vivir algo más honrosa?.

Me gustaría, señoría, pero el poder de los genes es muy fuerte.

Podría probar con una relación simbiótica, en este caso usted se beneficiaría de su hospedero y él recibiría de usted algún servicio.

Si sobrevivo, lo intentaré.

Su profesión no es ejemplar, eso es evidente, pero las pruebas confirman que usted no lo mató. Queda libre de cargos.

  • Este relato quedó finalista, junto al de otra compañera, en la Comunidad Relatos Compulsivos. El tema era: “El toro de lidia”.